lunes, 9 de junio de 2008
domingo, 1 de junio de 2008
Marlangueando

Hace un par de domingos Miranda -que es fotógrafa y artista- y yo estuvimos marlangueando, esto es, que fuimos al concierto que dio Marlango (http://www.marlango.net/) en el teatro Cervantes de Málaga, toda vez que menda era el promotor del mismo. Leonor (Watling) llegó cansadísima, que a la pobre se le notaban unas ganas impresionates de tirarse dos semanas como Heidi en el prado a ver pasar las nubes. Pero lo que son los artistas profesionales, estuvo estupenda, como suele, guapísima con un vestido rojo caperucita y unos tacones elegantísimos y repasó toda la producción básica de su grupo -el suyo y el de Óscar Ybarra (trompeta) y Alejandro Pelayo (compositor, teclados y guitarra)- que ya se sabe que va de pop melancólico y onírico/opiáceo cantado en inglés. Buenas versiones -el grupo ha mejorado muchísimo, vamos que suenan que te mueres con la incorporación de Huma a la guitarra, Manuel Bagüés al bajo y un gran Gonzalo Maestre a la batería- de los temas de sus discos Marlango, Automatic Imperfection y el nuevo, The Electrical Morning. Bueno, casi todo en inglés que regalaron la versión que hicieron de Semilla negra de Radio Futura en aquel disco de homenaje a Santiago Auserón, amén de un bis final de mi adorada The beats goes on, aquella canción que Sonny y la Cher de antes de las cien cirugías cantaban en los sesenta. Una versión, todo hay que decirlo, muy pegada a la que el fantástico batería Buddy Rich grabara en su día (http://www.lastfm.es/music/Buddy+Rich/+videos/+1-vHubVL0tIh8), con su hija Cathy Rich cantando, con mucho más swing y más oscurita, como les gusta a los marlangos. Nada de Britney Spears, ¡oiga! Después de servirles a todos un caterin que Miranda y yo preparamos en casa (¡la crisis!) que se dejaron casi entero, (¡qué bien curran todos los de la gira!) nos sentamos en uno de los palcos de escenario con lo que disfrutamos en primera línea de la voz de Leonor en un concierto absolutamente lleno que fue del sotto voce a un crescendo fantástico. Saludaron dos veces, bisearon, hicieron los chicos vestidos de chaqueta negra un a capella con el público, Alejandro metió samples al piano de La cucaracha, recordando que lleva a un pianista de hotel de David Lynch en su interior, tuvieron al público entregado y pendiente de los contoneos y microgestos de Leonor y al fin ella recordó que fue en el Cervantes donde Marlango hizo su primer concierto como banda: cierto, hace cuatro años, donde también actué de promotor y donde Leonor hizo primero una sesión del ciclo que dirijo desde hace nueve años, La Música Contada ®. Sí, allí nos recordó algunas de sus canciones favoritas. Entre ellas, claro, dos de sus adorado Tom Waits Downtown train (http://www.youtube.com/watch?v=1OLA6AiZlVw) y Waltzing Matilda (http://www.youtube.com/watch?v=XrkThaBWa5c&feature=related), llamada realmente Tom Traubert's Blues.

Momento del discofórum de la Música Contada. Teatro Cervantes. Málaga. 23-06-04.
Luego hubo tiempo para poco más, que todos tenían unas ganas de irse al hotel que te mueres. Eso sí, Leonor, Óscar y Alejandro tuvieron tiempo de dejar sus huellas en los murales que el Teatro Cervantes tiene para los artistas que pasan por allí. Aquí dejo constancia gráfica del acto, con una foto más de aquella vez en la que Leonor vino a hacer el discofórum de La Música Contada ®. Me saco con ella para fardar, qué coño.
Crónicas de la Vida Tinta
Marihache y Pepe Trueno en el templo del Orellana, promocionándose each other
El pie que a María le chupa que lo suyo no sea ni relato, ni crónica, ni reseña ni ná. Con todas sus uñitas pintadas
Familiares, amigos, escritores y un desconocido hombre al fondo al que no se le hizo el vacío y acabó comprando
Más público. Entre ellos, gente chipén de Málaga
Y, de perdidos al río, en el Orellana, Marihache simbolizó sus armas de mujé
Con un servidor, meditando presentarse juntos al certamen regional de cejas levantadas jueves, 29 de mayo de 2008
Mirandita der Perché en medio del Orellana
viernes, 16 de mayo de 2008
lunes, 5 de mayo de 2008
La tinta de la vida patética
Vida Tinta. María H. Martí. Editorial Almuzara. 188 páginas.Vayamos por partes. ¿Qué tenemos entre las manos? Un libro de relatos. Bueno, no exactamente relatos. Más bien artefactos breves de estructura narrativa. Piezas contantes. Híbridos del cuento tradicional; mutaciones de fragmentos de conversaciones de messenger; cruces de e-mails; falsos reportajes; monólogos de mujeres desesperadas; diálogos descacharrantes entre amantes de ceja levantada, casi piezas que firmarían guionistas de Paramount o discursos imposibles de mujeres ganadoras del concurso de Vida Patética. Una suerte de muestrario –muy coherente y nada abatibuirrillado– de lo que el magín irónico de una autora hasta ahora desconocida (de la que aventuro que a partir de ahora va a dar que hablar) que responde al nombre real de María Hernández Martí es capaz de transformar en materia narrativa. M.H.M: es una mujer treintañera, sobradamente preparada, que es profesora de Geografía en Lanzarote y documentalista que ha trabajado como periodista en El País y en Diario de Córdoba en los últimos diez años. El nombre del libro: Vida Tinta. La recomendación al lector: compre, lea, ría y vuela a recomendar. No, no es Vladimir Nabokov, ni Marguerite Duras. Ni hay manuscritos con huesos de Leonardo, ni mujeres corriendo con lobos. M.H.M. es una escritora que escribe condenadamente bien y que posee una pasmosa habilidad para retratar lo absurdo y ridículo de los seres humanos. Hábil para mirarse a sí misma o a sus trasuntos con una mezcla de ternura e ironía cáustica que te lleva a amar a sus personajes, como uno debería amar a sus propios defectos. Vida Tinta recoge textos que han ido apareciendo en el blog de la autora e incluye otros inéditos (http://lalupe.blog.com/). Ni que decirles tengo que deben entrar al blog porque disfrutarán de cada línea que allí cuelga el alias de la escritora.
Pues entre estas narraciones breves, estas estampas del Macondo borracho en el que María H. Martí transforma a sus personajes insulares, la canaria es capaz de hacernos un reportaje modélico sobre un restaurante –Arbequinamente– que se ha especializado en cocinar madera de olivo con excelentes resultados; un cruce de correos electrónicos entre una pareja recién separada; las crónicas de un orate canario llamado Francisco Araña; las líricas o comiquísimas descripciones que los estragos del desamor provocan en las personas humanas; las formas de convencerse y reponerse de los intentos de ser aquel que siempre hemos querido ser pero no nos sale ni a tiros; o, en fin, las desventuras de dos periodistas mal pagadas que urden un sin fin de idioteces para zumbarse a un vecino que come melocotones sin camisa e irse sin pagar del cuchitril que le alquila su estúpido casero. Hay ecos evidentes en el estilo de la autora de uno de los maestros del periodismo narrativo mágico, el uruguayo Eduardo Galeano. Pero, sin duda alguna, la voz de Martí es suya, suyísima, y propone una ligereza tan medida y aquilatada al narrar que somos capaces de masticar trozos de vida real entre tanto personaje ridículo. El oído de la autora para captar la melodía de lo absurdo en lo real es una de sus mejores armas. Y ese recurso natural otorga una fluidez a su escritura que ya quisieran para sí tantos popes de la Gran Literatura. Vale, sí que ya sabemos que las editoriales suelen considerar al cuento como un género que aspira a crecer hasta convertirse en novela; como los espectadores de cine creen que el corto es un largometraje con bermudas y sandalias. Pero, al menos para el que reseña, sólo existe un talento que debería ser tenido en cuenta como lectores: la capacidad de contar, de atraparte y de emocionarte. Y en Vida Tinta, donde hay pura vida, por muy surreales y patéticas que nos parezcan las peripecias de los personajes, María H. Martí demuestra que el relato es un género que aún puede transmutarse en miles de formas. Y corrobora que para disfrutar de la lectura y de las historias el tamaño no importa un pimiento.
domingo, 4 de mayo de 2008
La vida oculta de los objetos (desechando lo desechable)
Cajita con espejo y lecho de raso que contiene un perfume nunca usado. Regalada por mi tía bisabuela en el año 1980, pocos años antes de su muerte. En otro lugar contaré esta historia. El perfume original era del año 1900. Le acompaña otro bote de perfume de jaspe y metal que Miranda ha aportado. Curiosa coincidencia: ambos tarros estaban vacíos y les separaban 100 años. Pero en ambos aún queda la misma volátil esencia. ¿Milagro, casualidad? Ah, los objetos guardan secretos extraños. En otro lugar contaremos esta historia. Lugar: encimera de la chimenea.
Por Marciano Durán
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los críos. Los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando somieres casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros? Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!¡¡Lo juro!!
¡Y tengo menos de 50 años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma solo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el "guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo" pasarse al "compre y tire que ya se viene el modelo nuevo". Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo). Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y que cosas no.
Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé como no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos. ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!
¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

