sábado, 31 de enero de 2009

Televisión: el templo de la nueva ficción

A dos metros bajo tierra. HBO


Big Love. HBO.


El guionista y gurú de series Alan Ball


Mad men. De Matthew Weiner. O cuando se fumaba para ser alguien respetable.

Comencemos con una declaración de principios: hoy en día, en EEUU, la mejor ficción se está haciendo en televisión, en series, y no tanto en cine, salvo el independiente. Primera recomendación: hoy en día ver una serie de televisión doblada y masacrada entre anuncios es como querer hacer dedo para bajara al centro teniendo dinero de sobra para el autobús, salvo que quieras someterte a una experiencia antropológica y hacer un estudio de la desesperación. Teniendo internet, una mínima capacidad de descarga en el adsl y conectándote a la mulita o a las descargas directas que te ofrecen multitud de páginas puedes verlas en versión original con los subtítulos correpondientes apenas unas horas o un día después de que se emitan por primera vez por cable en EEUU. En blogs como Espoiler, una guía que dirige el perioidsta teleadicto argentino Hernán Casciari (http://blogs.elpais.com/espoiler/ y http://espoiler.tv/) tienes referencias artículos, tutortioales, links y diversas fórmulas para descargarte las mismas por bittorrent. O bien te puedes pasar por http://darkville.blogspot.com/ para descargarte los capítulos de tus series favoritas en versiones comprimidas y subtituladas. Así que quien quiera que empiece a darle trabajo a su disco duro. Luego, eso sí, estaría bien tener un buen disco duro para cargar el material y conectarlo a tu televisor para poder cargar sin tino las temporadas completas de las mismas. La resolución y el sonido, aunque normalmente comprimidos, suelen ser bastante aceptables. sí eliminamos la puñetera publicidad y el hecho de hurtar la voz original de los actores, que es algo tan absurdo como cambiarle los colores a un cuadro de Rothko cuando se exhibe fuera de sus país o que Bustamante doble a Bob Dylan cuando éste cante en Las Ventas. Hay quien dice que le cuesta leer subtítulos mientras ve la historia porque le distrae hacer dos cosas al mismo tiempo. Conforme en que al principio puede resultar difícil para el que no esté acostumbrado, pero un poco de esfuerzo -nada que merezca la pena se consigue sin un poco de esfuerzo, amigos- se logra que el cerebro se acostumbre a hacer simultáneamente ambas cosas sin complicación.



Los Fisher al completo (falta papá).

Brenda baila con Nate. Al fondo David y Keith.



Estamos pues. Tenemos todos los aperos y el cerebro entrenadito. Pasemos ahora a dar un listado de favoritas. Antes que nada, dado que ya acabó hace unos añitos y la considero La comedia humana de la nueva televisión, recomendaría 1. Six feet under, o tal y como en España se ha titulado, A dos metros bajo tierra. Seguro que muchos la conocéis ya: la historia de una familia norteamericana que dirige una pequeña funeraria y que ve desde el primer episodio cómo la muerte trastoca las vidas de sus componentes al fallecer el padre de familia. Esta serie, creada por Allan Ball, el guionista de aquella joya que se llamaba American Beauty, y dirigida por realizadores de la talla del propio Allan Ball, Kathy Bates o Rodrigo García, es un tratado contemporáneo, lleno de inteligencia e ironía sobre la muerte, sus formas, sus efectos y su impacto emocional y metafísico, que se pasea por la comedia, el melodrama, la saga, la tragedia de la mano de un conjunto de personajes que van apegándose tanto a ti como tu propia familia. Aunque cada episodio repite un esquema similar y comienza con una muerte -en los 63 episodios de que consta la obra completa , hemos podido ver todo tipo de muertes, desde las absolutamente descacharrantes a las sobrecogedoras; desde las serenas a las más truculentas-, en realidad lo que nos va arrastrando es la vida y tramas sentimentales de la familia Fisher y sus aledañas, tan aparentemente marciana como profundamente real. Sobresalientes los actores, componen un abanico de personajes afrontando situaciones hasta no hace muchos años vetadas para la televisión -drogadicción, incestos, compulsión sexual, homosexualidad- dibujadas con tanta objetividad como mala leche e ironía. Aquí una lista: Michael C. Hall -el protagonista de Dexter, otra serie muy interesante, también de la cadena HBO- como David Fisher, Frances Conroy como Ruth Fisher, Lauren Ambrose como Claire Fisher, Peter Krause como Nate Fisher, la fabulosa Rachel Griffiths como Brenda Chenowith, Mathew St. Patrick, Freddy Rodríguez, Kathy Bates, Richard Jenkins, James Cromwell, Joanna Cassidy -recuerden el personaje de Zhora, la replicante de Blade Runner, que bailaba con serpientes artificiales-, Justin Theroux, Lily Taylor, Jeremy Sisto y hasta Robert Foxworth (sí, el Chase Gioberti de Falcon Crest). Las dos veces que vi la serie completa -cuando se estaba aún emitiendo y compré la primera temporada en DVD y no pude parar hasta que terminó y este verano en compañía de Miranda, casi del tirón en un par de meses- me quedé luego con el mono de seguir viendo a aquella familia que habías hecho tuya con todas sus aparentes disfuncionalidades.





Sólo por el tema principal de la serie, compuesto por Thomas Newman -de nuevo el compositor del tema principal de American Beauty- merecería la pena ver sus 63 episodios. Pero es que yo creo que es la Comedia Humana del siglo XXI, la serie que demostró que la televisión es sólo un medio y que por sí misma no crea idiotez. La idiotez la tiene ya el espectador o la sirven los que la programan. En tu mano está elegir. Hay quien dice que la mejor serie es Los Soprano. Yo no creo que sean incompatibles. Personalmente yo estoy hasta el capirote de sagas de mafiosos italianos, aunque Los Soprano sea inteligente, divertida, llena de guiños cinéfilos, magníficamente interpretada y precisamente actúe como desmontador de tópicos del género. Así que me quedo con este monumento a la vida a partir de la muerte.




Gabriel Byrne, protagonista de In treatment.



Llevando la terapia de Laura. Ay, la transferencia erótica.




2. In treatment (En terapia). Otra de la HBO. Vale, hay quien anda acusando a esta cadena de ser la televisión para los listillos, los pedantes y que esta serie basada en las sesiones de terapia psicoanalítica que un psiquiatra -excelentemente interpretado por Gabriel Byrne, el de Muerte entre las flores de los hermanos Coen- da a varios pacientes y recibe a veces es alimento para intelectualoides trasnochados obsesionados por el Ello freudiano. Lo cierto es que la serie, recintemente concluida tras 43 episodios de 25 minutos de duración cada uno, es una adaptación -muy mejorada según dicen los que han visto ambas- de la serie israelí Be ' tipul, que fue un éxito masivo y popular en su país (cierto es que los isráelíes están para pasar todos por el diván, con eso de repetir los patrones de conducta sufridos). La cosa va de teatro filmado y producción muy barata basada en guiones inteligentes, actores sobresalientes y muy buenos directores (de nuevo, a la cabeza, Rodrigo García, el hijo de Gabriel García Márquez y autor de dos películas que a mí me encantan y que demuestra su maestría para dirigir actrices: Cosas que diría con sólo mirarla y 9 vidas; Passengers, aún no la he visto). En una época donde los efectos especiales y las explosiones dominan la producción audiviosual, se agradece esta vuelta a lo esencial. Aún no la hemos terminado de ver -vamos por el episodio 14- y lo mismo pasa como con casi todas las series, que de pronto la cosa cae en picado por intentar rizar el rizo de las tramas. De momento, resulta un enganche ver cómo se entrelazan las pesquisas del terapeuta para intentar distanciarse de sus pacientes y ayudarlos y cómo, inevitablemente, mienten, en un desesperado intento de adquirir ventaja y no mostrar su debilidad ante los deseos más profundos que nos estructuran. Además de Gabriel Byrne, el psiquiatra que nos va apareciendo ante nuestros ojos como ora un dios, ora como un pusilánime, ora como un hombre confundido y perdido, aparecen Melissa George, Blair Underwood, Mia Wasikowska (qué actriz, esta chica adolescente), Josh Charles, Embeth Davidtz o Diane Weist (la fabulosa actriz woddyallenesca). Cada capítulo es una sesión de terapia con un paciente -o con dos a la vez, como el caso de Jake y Amy, el matrimonio en crisis-diferente que se repite cada cinco, mientras lo vemos avanzar y retroceder en su lucha por sacar a la luz lo voluntaria o inconscientemente oculto que rige sus acciones. No quiero contar nada más. En los últimos emmys y globos de oro ganaron varios premios. Haceros con ella.




Giamatti de John Adams y Wilkinson de Benjamin Franklin.


3. John Adams. Otra serie muy premiada en los últimos globos de oro y emmys. Creo que la están echando por el Plus. Nosotros ya nos la hemos visto. Es uan miniserie histórica, de siete episodios de uan hora, magníficamente interpretada y amabientada, sobre la vida del que fue uno de los padres de la constitución americana y segundo presidente de los EEUU, el abogado y folósofo político John Adams, aquí interpretado por el inigualable histrión Paul Giamatti (Entre copas, The Man of the moon, American splendor, La joven del agua...). A los que gusten de las series históricas, ésta cuenta con el beneficio de enseñar una historia del origen de los EEUU nada edulcorada y muy lejana a la forma en que desde el cine nos contaron su historia a la manera de vaqueros y forajidos y héroes sin mácula. Me chirría un poco el uso de dos piezas musicales ya usadas con maestría por Kubrick en su film Barry Lyndon -soy de los que lo adoran; luego están los que les parece un coñazo esteticista: para gustos...-, la sarabanda de Haendel y la adaptación que se hizo para la película del segundo movimiento del concierto para piano, violín y chelo op. 100 de Franz Schubert. Es como usar el O Fortuna de los Carmina Burana cada vez que se filma una escena de luchas medievales porque a John Boorman le funcionó en Excalibur. ¿No hay más músicas que puedan ilustrar el espíritu estético y decadente de la trassición entre los siglos XVIII y XIX? Excepto esta pijada, resulta estimulante ver cómo los yanquis -algunos- son capaces de revisarse una y otra vez su historia y de admitir que los hombres no son sólo blancos y negros y que un hombre fundamental para tu historia puede ser a la vez brillante, inteligente, mezquino, feo, huraño, torpe, maleducado y extremadamente vanidoso. Magníficos también los actores John Wilkinson -magnífico en películas como Normal o Michael Clayton-como Benjamin Franklin, Laura Linney como Abigail, la sensata y amorosa esposa de Adams o Sarah Polley -sí, la de Mi vida sin mí de Isabel Coixet- como hija de los Adams.

Los principales protaginistas de Mad men.


4. Mad Men. Ésta es de la NBC, dirigida y creada por Matthew Weiner, y se han emitido hasta ahora dos temporadas. Ahora mismo la están echando por Canal Plus, si no me equivoco. Con una producción visual exquisita, cuenta las tramas sentimentales e intrigas palaciegas en una compañía de publicidad estadounidense en el inicio de los años sesenta. Hubo quien definió las técnicas publicitarias como el arte de separar a la gente de su dinero -hay una serie documental muy buena presentada por Dennis Hooper que se llama precisamente así- y en esta serie vemos el inicio de técnicas publicitarias que han mantenido el capitalismo que hemos sufrido hasta hoy así como el envés del American Way of life que con tanto terrón de azúcar nos vendían en las películas de Doris Day y Rock Hudson. Es una serie que cuenta con un actor principal -Jon Hamm- que es casi el prototipo del hombre que derrite a las mujeres con sólo encender el cigarrillo.




Don y Betty Draper: tras el matrimonio modelo se esconde mucho secrerto de estado.


Una especie de Cary Grant de planta pero en macho heterosexual y lleno de secretos. En la serie apenas existe un plano donde los actores y actrices no estén fumando y bebiendo -signos de distinción del hombre moderno de entonces: ¡cómo hemos cambiado!- para hacer caulquier cosa. Es una serie sobre quién eres realmente, qué se esconde tras las apariencias. Y, sobre todo, sobre la ambición. Seis emmys, dos globos de oro, un elenco excelente, las curvas venusinas de la actriz Christina Hendricks, y unos títulos de crédito excelentes la avalan. Una serie que ilustra con precisión en qué nos hemos convertido después de casi 50 años de que la imaginación y la creatividad se pusieran en manos del mercado para generar deseos e insatisfacción. Otra que hay que ver.





5. Y, bueno, a mí me gusta Lost. Para un chaval que flipaba con El túnel del tiempo, Tierra de Gigantes, Los Thunderbirds, Perdidos en el espacio, Viaje al fondo del mar y luego con las series y pelis de ciencia-ficción de los sesenta y setenta (Espacio: 1999, UFO, Star Trek, Galactica, El planeta de los simios...) llegar a los 2000 con una serie tan capaz de entredar tramas y jugar como un mago entre flashabacks, falsas apariencias, fastforwards para contarte la historia del accidente de unos náufragos en una isla, Lost, que aaba de empezar su 5º teporada en los EEUU, asegura un buen rato de entretenimiento. Sí, los actores están siempre guapos -salvo Hurley, el gordísimo chicano y Ben Linus, el malo más inquietante que he visto en los últimos tiempos en televisión- y mantener el nivel durante tantos años es muy difícil. Pero Lost es muy adictiva y entretenida y juega con los géneros y el suspense con mucha maestría. Marcará época, seguro. Además es la resposnable del fenómeno de enganche colectivo a una serie a través de la red mayor desde que Internet se inventó. Dentro de unos años, quien no sepa qué es la Inciativa Dharma será tan despreciado como quien no sepa quién es el capitán Kirk en una convención de trekkies.

Big Love: papá y sus increíbles esposas.

6.Big Love. Acaba de empezar su tercera temporada. Otra de HBO. Otra que dirige en algún episodio Rodrigo García (¡levántense!). Una producida por Tom Hanks. Otra vez un punto de arranque marciano: un hombre maduro, empresario americano, trabajador, familiar y honesto, vive y mantienen relaciones con tres mujeres de edades diferentes. Es, al pronto lo descubrimos, polígamo según su condición de mormón. Al pobre Bill Paxton -Bill Henrickson en la ficción- pasamos en apenas 40 minutos de enviadiarlo -"¡hala, tres tías para él solito! Y cada noche le toca con una..."- a tenerle una lástima terrible: "¿cómo puede sobrevivir a tres mujeres conspirando continuamente por su lugar en el (poli) matrimonio y luchando entre ellas?". Los actores -y es cosa habitual, ya vemos- vuelven a brillar con un elenco donde sobresalen el propio Paxton, la intrigante Chlöe Sevigny -pero qué tía más mala malísima-, la abnegada Jeanne Tripplehorn (¿os acordáis de la verdadera asesina en Instinto básico?), la perturbada y magnífica Grace Zabriskie (en Inland Empire de David Lynch ponía su rostro imposible, resentido, histriónico y salido de cien años de alcoholismo al servicio de la pérdida de olla de Laura Dern) o el único Travis verdadero de Paris-Texas, Harry Dean Stanton. Intrigas familiares, miedo al que dirán, leyes frente a ¿libertad? de culto, fe contra razón y, sobre todo frente a ambición de poder y deseo, el poder que se esconde tras las religiones, y el deseo del protagonista de actuar conforme a sus principios religiosos y a su acentuado individualismo yanqui crean una serie muy recomendable que se cisca en el matrimonio desde todos los ángulos. No es una obra maestra, pero nunca baja del notable.





7. True Blood (+ Studio 60, Californication, Heroes, Damages, House, Life on Mars y otras). Hablaría también de Studio 60, un melodrama que no pasó de su primera temporada, a pesar de su calidad, sobre el mundo de la televisión; Damages, con Glenn Close estupenda de abogada; la divertida y rockera Californication protagonizada por un David Duchovny en estado de gracia; la recién estrenada -lleva tres episodios- United States of Tara, que está producida por el mismísimo Spielberg...



Life on mars (versión británica, la buena).




... de House, a pesar de que cada episodio es casi un calco del anterior, ¡cómo me gusta Hugh Laurie cuando dice sarcoidosis o cuando le vacila a Lisa Cuddy!; de Life on Mars -la versión británica- serie de 26 episodios donde un detective de policía, tras un accidente, se despierta en el año 1973 y acaba en una comisaría de policía de Manchester pillando a criminales y todo sin saber si está loco, soñando o ha viajado por el tiempo: bien interpretada y ambientada, aunque para mí el final es algo decepcionante; o incluso de Heroes, a pesar de que lo prometido en la primera temporada ha ido decreciendo con las dos siguientes, resultona para los que le gusten los superhéroes sin capa, mallas ni antifaz. Y, cómo no, de True Blood, que ha acabado su primera temporada en los EEUU y habla de vampiros. De entrada, es una serie donde nada es lo que parece -aunque los listillos siempre acertemos en algo, claro, para eso llevamos siglos vampirizando ficciones- y donde se habla del miedo a lo que desconoces, de adicciones, de deseo, de dominación y de sexo, mucho sexo. Comparto la opinión también de los que dicen que a los personajes, estando bien dibujados e interpretados en general, les falta un hervor interpretativo. Pero logran engancharte. True Blood apunta maneras de serie de largo recorrido que va a ir cogiendo altura a medida que avance. Yo apostaría algo. Y si bien es cierto que el episodio piloto fue de una sosería importante y tampoco me encuentro entre los devoradores de vampiros, al llegar acabar la priemra temporada resulta innegable que hay que darle una oportunidad. Al cabo se trata de una serie sobre las ideas preconcebidas con respecto a lo otro, lo que nos parece diferente y extraño. Yo veo una serie sobre la xenofobia en un sur yanqui donde los vampiros se han convertido en los antiguos esclavos negros. Una serie sobre los prejuicios y la paranoia yanqui. Mención aparte merece el personaje del hermano de la protagonista, un jovencito cachas semioligofrénico obsesionado por su potencia sexual, que empieza representando el odio cerril hacia estos seres extraños y va queriendo poco a poco convertirse en uno de ellos. Es un cretino al que le vas cogiendo cariño por su absoluta simpleza. Y, cosas de freakies, el actor que intepretó en Blade Runner a JF Sebastian, William Sanderson, hace el papel de sheriff del pueblito sureño. Además el tema de cabecera es un blues tomwaitsiano espléndido (Bad Things, magnífico: quiero hacer cositas malas contigo, dice la letra). Vale, se huele que la cosa va de que el más raro aparentemente, el vampiro protagonista, al final va a resultar el más humano. Y se ve también que tampoco pasarán muchos episodios para que veamos que el dueño del bar, el jefe de Anna Panquin, buen mozo enamorado de ella, (Sam Merlotte) se nos revele como licántropo o así y acabemos viendo una rivalidad a muerte entre los dos monstruos por conseguir a la chica. Allan Ball, (el de Six feet under, creador también de esta serie) es un realista paródico. No está a la altura de esa obra maestra que coronó el post, pero es muy entretenida. En fin, ya tienen un menú suficiente. Guarden sitio en el disco duero y en su ocio o desesperación hipotecaria y dejen de ver Gran Hermano, Fama y CSI, por dios, que menudo coñazo.

martes, 6 de enero de 2009

Paco Roca: "Los que leemos comics somos la delicatessen de los lectores"



Paco Roca en su estudio de Valencia

Confiesa, mientras pide una ensalada durante el tiempo de su almuerzo, único espacio libre que le queda para conceder entrevistas, que esto del Premio Nacional de Cómic esconde “una maldición”: no parar de hablar desde entonces. “Si esto fuese así siempre, acabaría con tu vida laboral”. Pero no, Paco Roca (Valencia, 1969) está encantado con este reconocimiento que le ha descubierto –no ya para la inmensa mayoría del público que no tenía ni idea de quién era– sino para muchos lectores de cómics a pesar de su dilatadísima trayectoria como dibujante y autor de cómics, ilustrador o diseñador gráfico. Roca, que ha sucedido al gran Max en este premio recién instaurado que ha contribuido a darle un estatus creativo al cómic que en España se le sigue negando empecinada y estúpidamente, tiene ya unos cuantos añitos de autor de viñetas a sus espaldas. Por ejemplo, como dibujante en revistas como Kiss Comix (sí, a buen seguro que a más de uno se le habrá encendido el faro de la libido con sus comics eróticos en esta publicación: Roca tenía la culpa) o El Víbora. Otros álbumes suyos –algunos publicados en Francia, Holanda o en Italia y aún inéditos aquí- han sido Gog, El Juego lúgubre, Las aventuras de Alexander Icaro: hijos de la Alambra (Planeta Agostini) y El Faro. Pero su premio ha resultado más estimulante no sólo por haber logrado que su madre le diga algo más que “vale, hijo mío, muy bonito lo del Saló del Comic de Barcelona, pero ¿tú vas a venir a almorzar el sábado?”. “Me dijo nerviosa que el rey en persona me iba a dar un premio y sentí, casi por primera vez en mi vida, que mi madre reconocía que su hijo estaba haciendo algo importante con los dibujitos. En realidad esta obra me ha permitido conectar a niveles increíbles con todos aquellos que jamás leían un tebeo, personas mayores, como mi madre”, confiesa. Esta obra no es otra que Arrugas (Ed. Astiberri), un multipremiado, sencillo y conmovedor relato gráfico sobre la enfermedad de Alzheimer y sobre la situación que los ancianos sufren en las residencias. Paco se pide un refresco.


Pregunta: Y lleva 17.000 ejemplares vendidos, que para sí los quisieran muchos novelistas.

Respuesta: Sí, es una pasada. Hay temas que, sin saber por qué, tienen mayor difusión y actualidad. Alzheimer y la vejez son dos de ellos.
Página de Arrugas (Astiberri).

P: El protagonista de su historia es una persona real muy cercana.

R: Emilio era el padre de un amigo de la infancia. Un hombre que siempre me había impresionado por su cultura y su gran memoria. Pude ver cómo le afectaba y era impactante. De todas las enfermedades que conozco ésta era la más misteriosa porque te va borrando la identidad. Y encima te das cuenta. Es aterrador.

P: Se ha documentado a conciencia.

R: Cambiando nombres y situaciones, todo lo que cuento es real. Me pasé meses yendo a residencias de ancianos, hablando con ellos y observándolos. Recuerdo que mi amigo me contó una anécdota de su padre que me conmovió. Una noche a las tres de la mañana mi amigo se despertó por el sonido de una maquinilla de afeitar. Era su padre, afeitándose en el cuatro de baño. “¿Qué haces papá?”, le dijo. “Qué voy a hacer, hijo, preparándome para irme a trabajar”. “Pero, papá, si son las tres de la mañana y hace diez años que no trabajas”. Me contó la cara de terror de su padre en el espejo al darse cuenta de que su hijo tenía razón.

P: ¿Qué le conmovió más de su trabajo, el abandono al que sometemos a las personas mayores o la pérdida progresiva de la identidad que supone la enfermedad?

R: Las dos cosas son muy duras. Me ha preocupado que lo que entendemos por realidad depende de sutilezas químicas. Si somos lo que hemos acumulado, si lo que hemos vivido nos define como individuos, esa enfermedad nos deja sin nada. No sólo no sabes quién eres. No sabes qué es ser. Es la más devastadora. Y las residencias son terribles también. Son monumentos a la soledad. Son necesarias en muchos casos, la gente que trabaja en ellas hace labores maravillosas, por eso no juzgo a nadie en el cómic. Pero debemos cambiar de mentalidad. Son ghettos para el olvido. No es ésa la solución.

P: ¿Los hijos de Bruguera ya hemos enterrado a Peter Pan?

R: Sí, yo también crecí leyendo Bruguera. En nuestra generación muchos empezamos con Mortadelo o Zipi y Zape. De allí, saltamos a Tintín. Luego a los superhéroes. Luego a Carlos Giménez, luego a Hugo Pratt y su Corto Maltés. Creces con los cómics porque hay cómics para cualquier edad.

Ilustración para una portada de El Víbora.

P: ¿Qué le diría al que sigue pensando que el cómic es un arte menor?

R: Lo mismo que a la gente que cree que toda la literatura es Código da Vinci. Si somos tan incultos como para no saber que existen Auster, Borges o Cortázar, no es problema de la literatura. No es problema del cómic que tú no sepas que además de manga existe el Maus o el Watchmen.

P: Tengo entendido que su próximo comic está basado en El libro de arena de Borges.

R: Hace referencia al libro, sí. Borges, Kafka o Cortázar. Poseen ese surrealismo mágico con el que puedes parodiar a la sociedad. Habla sobre la memoria y la capacidad de predecir el destino.

P: ¿Por qué tantos escritores desprecian el cómic?

R: Creo que es envidia porque el cómic es muy accesible a todo el mundo. Un libro exige siempre un pequeño esfuerzo. Esa facilidad de lectura hace que gente que se dedique a la literatura crea que es inferior, como si fuera el esfuerzo del público lo que validara el arte o la capacidad comunicativa de una obra. El cine es igual y nadie lo entiende como menor. Un cómic puede llegar a tocar temas y de forma más profunda que la literatura de manera asequible. Leí un estudio que probaba que el cómic era el medio que más atención lograba del público en temas médicos de prevención, más que cualquier, folleto, spot publicitario o novela.

P: Le voy a preguntar por algunos autores españoles de cómic. ¿Carlos Giménez?

R: Es el Will Eisner [autor estadounidense del personaje Spirit, uno de los más grandes creadores de la historia del cómic] español. Ha creado el cómic para adultos en España. Paracuellos es un master sobre cómo contar una historia.

P: Ibáñez [autor de Mortadelo, Sacarino, Rompetechos…].

R: Me sorprende que alguien siga conectando años después con las distintas generaciones y hacerlas reír. Un maestro.

Ilustración para una portada de la revista de música Efeeme.

P: Max [ganador de la edición 2007 del Premio Nacional de Cómic con Bardín el superrealista].

R: Es uno de mis autores favoritos y parte de la historia moderna del cómic en España. Alguien capaz de reinventarse cada vez. El innovador. Un espejo donde mirarse.

P: Mikel Gallardo [creador junto a Juanito Mediavilla de Makoki]…

R: Es un grandísimo amigo y autor. Es similar su caso al de Max que, trabajo tras trabajo llega a una pureza de líneas sublime. El trabajo suyo que quedó finalista en el nacional, María y yo, es una belleza. Tierno y didáctico. Sabes qué se siente al tener una hija con autismo.

P: Salvador Larroca y Carlos Pacheco [dibujantes españoles que triunfan en Marvel y DC].

P: Admirables. Ahora con Internet es más fácil. Pero ellos fueron pioneros. Aparte de su calidad como dibujantes su energía les ha llevado a conseguir su sueño y ser números uno mundiales.

P: ¿Un menú de viñetas para iniciarse a los 40?

R: Obviamente, el Maus de Spiegelman (Planeta de Agostini); María y yo, de Gallardo (Astiberri); Crónicas birmanas de Guy Delisle (Astiberri), para quienes gusten la literatura de viajes; Barrio lejano de Taniguchi (Ponent Mon) y No pasarán de Vittorio Giardino (Norma).

R: ¿Es de los que desprecia a los superhéroes?


P: Quien desprecie a los superhéroes, que son la base de la industria del cómic, junto con el manga, sólo está tirándose piedras a su tejado. Hemos crecido con ellos y nos han educado con muchas cosas positivas. Además tienes obras maestras, como Watchmen, que trasciende el género. En todo caso, hay cómics que son para sólo entretener y eso ya es suficiente. Son como el cine de acción o los best sellers en literatura: entretener es difícil y respetable.

R: Usted creció en el mundo de las revistas de cómics. Ahora han cerrado casi todas. Sin embargo, se editan muchos más comics books que antes.

P: Sí. Las pequeñas editoriales hacen el trabajo que antes hacían las revistas. Autores que entonces eran difíciles de publicar ahora lo consiguen en Astiberri, Bang, La Cúpula, Sinsentido… El cómic se está haciendo adulto porque hemos conseguido al público de literatura. En un encuentro de cómics reciente se reveló que el 90% de los lectores adultos de cómics tenía estudios universitarios. Un dato comparativamente muy superior al de los lectores de libros o espectadores de cine. Quiere decir que somos un público muy culto. Somos la delicatessen de los lectores.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Superhéroes, mitos y literatura

Portada de la edición de ediciones Vértice de Los Vengadores donde lloraba la Visión. Años 60. De ahí me viene el rollo del blog.


(* Publicado en la revista de libros Mercurio. Enero 2009)

Imaginen sobre la mesa de un niño de lectura precoz el dilema: los cuatro mosqueteros ensartando a los sicarios de Richelieu o Los Cuatro Fantásticos luchando contra el tirano Víctor Von Muerte en la Zona Negativa. Las aventuras de Ulises en la Odisea o las aventuras de Tintín en el Tibet. Jesucristo haciendo de Hamlet en el huerto de los olivos o Spiderman sosteniendo en sus brazos el cuerpo muerto de Gwen Stacy. Ambos superhombres sometidos a torturas interiores. Ambos enfrentándose al hecho de que, aun siendo más poderosos que sus semejantes, ni todo su poder era suficiente para detener el destino.



Spiderman con Gwen Stacy en sus brazos. Ahí entendimos que los héroes también morían. El de arriba, Jesucristo, pues no.


Yo nací al principiar los años sesenta, cuando en Estados Unidos los cómics eran ya una forma de entretenimiento narrativo masivo, un cine barato –“cine para pobres” llamó al cómic Hugo Pratt, autor de Corto Maltés; “cine inmóvil”, lo llamó Cortázar, otro gran admirador del género- repleto de todo tipo de personajes y argumentos fantásticos, paródicos, cómicos, morales o políticos. Eran los años en los que comenzaban a transformarse las tradicionales aventuras de superhéroes surgidos en los albores de la segunda Guerra Mundial –Joe Shuster y Jerry Siegel vieron publicado a su Superman en 1938 por vez primera- en aventuras de mayor calado psicológico, por un lado, y en aventuras colectivas, por otro. Así se empezaron a lanzar las primeras ediciones de grupos de superhombres luchando codo con codo: la Liga de la Justicia de América, creación de DC, y Los Cuatro Fantásticos, X-Men y Los Vengadores, creaciones del guionista Stan Lee para Marvel. Yo nací en lo que llaman la Edad de Plata de del comic-book americano. Yo nací rodeado de superhéroes.




Con mamá en el parque de Málaga, señalándome a Superman por el cielo


Los Vengadores dibujados por John Buscema. Eran los años 60



En aquellos años, en España los tebeos eran –casi siguen siéndolo, que el Premio Nacional de Cómic sólo lleva dos ediciones- un arte menor. Un mero entretenimiento donde el chaval, al menos, leía. Esto es, tu padre se ponía contento si leías tebeos al principio porque se admitía que te enseñaban a leer y además se aseguraba que no le rompieras un jarrón jugando al fútbol en el pasillo. Pero, desde luego, jamás consideró que detrás de toda aquella narrativa articulada en viñetas pudiese alimentarse un cerebro de escritor o fabulador. Vale, Tintín estaba bien. Astérix era divertido. Y los dos tenían perritos: está bien que los niños tengan mascotas. El Capitán Trueno era de los nuestros. Mortadelo y Filemón eran muy graciosos, como Carpanta, Anacleto –esa versión hispana del Super Agente 86- o Zipi y Zape. Pero nada que se hiciera con dibujitos podía ser serio, niño, a ver si dejamos los tebeos y leemos algo de interés, que dicen los maestros que eres muy listo.



El libro de Humbert. Me lo regalaron cuando tenía siete años. Y aún lo conservo.



-¿Y me puedes comprar el libro de Mitología Griega y Romana?
Sí, claro. Un libro es un libro. Y era cosa de sacar pecho ver al niño con el libro de Mitología Griega y romana de Jean Humbert editado por Gustavo-Gili o con otro de animales y hombres prehistóricos donde se explicaban las teorías darwinianas y podías charlar de paleontología con seis añitos.
-Hércules hizo doce trabajos, como los meses del año y como los signos del zodíaco. Los australopitecos son antepasados del hombre actual, que es sapiens.
-¿Lo ves como eres muy listo? Esto es mucho mejor que los tebeos y los dibujos animados. Que luego te pones a hacer mohínes y se te queda una cara feísima.


Thor, el dios nórdico de la Guerra, con su mojlnir, el martillo de poder.



Así que comencé pronto a simultanear libro y tebeo. Y entre éstos ya se camuflaban una serie de volúmenes editados por la editorial Vértice que, bajo el epígrafe de Historietas Gráficas para Adultos, nos traían las aventuras de todos los héroes de la Marvel: Vengadores, La Masa, Dan Defensor, Patrulla X, 4 Fantásticos, Estela Plateada, Capitán América, Spiderman, Hombre de Hierro, Thor... Como las novelas folletinescas del siglo XIX de donde surgieron tantos títulos de Alejandro Dumas, Balzac, Hugo, Stevenson, Dickens, Dostoievski, Flaubert, luego celebrados literariamente, los cómics de superhéroes se adherían a la serialidad del continuará. Y como las novelas que se aconsejaban para mi mente infantil, creadas por Stevenson, Julio Verne o Salgari, estaban llenas de acción, aventuras y elementos fantásticos. Claro, que eso no lo podía apreciar mi padre que ni era capaz de hojear un solo tebeo, ni tampoco había leído jamás 20.000 leguas de viaje submarino, por más que lo recomendara con tesón y hasta con amenaza.




Supermán, años 50.



Amé los superhéroes porque luchaban y no desfallecían. Porque siempre sabían dónde estaban los buenos y, pudiendo tirarse la vida padre, elegían una vida de perros. Porque tenían poderes, como los dioses mitológicos y como el dios que aún había que reverenciar. Y mejores que ellos, dónde va a parar, que entre multiplicar panes y peces y atravesar galaxias en bolas sobre una tabla de surf no había color. Los hombres siempre nos hemos nutrido de mitologías que han devenido en religiones o ficciones simbólicas para explicar qué somos, escapar al temor de la muerte y simbolizar nuestros anhelos de divinidad. Y, de forma tan curiosa como recalcitrante, hemos sido luego capaces de creer reales nuestras propias fábulas. Los vikingos invocaban a Thor con la confianza que les traería la furia del trueno en sus batallas. Según leía yo en mis cómics, en las calles de Nueva York paseaba aún Thor blandiendo su martillo y encomendándose a Asgard, acompañado de otros tipos superfuertes que estaban una y otra vez salvando al mundo de amenazas.



Thor, pero el de la Marvel. Más molón que el otro, fijo.


Entonces ya entendía, aunque no tuviese capacidad para defenderlo, que Teseos y Batmanes estaban cortados por patrones similares. Que Superman era una especie de Jesucristo con malla y capa: inmortales, su reino no era de este mundo y ambos tuvieron padres adoptivos. Que el Capitán América y Prometeo se parecían mucho. Vale, las historias de los superhéroes siempre tenían el mismo esquema: malo-malísimo amenaza al mundo o a una parte de él; bueno-buenísimo lucha contra malo-malísimo para impedírselo; malo-malísimo está a punto de derrotarlo; bueno-buenísimo acaba dándole su merecido hasta el próximo número. Pero es que las mitologías y las religiones también eran siempre parecidas. Y en nombre de todas se había matado alguna vez por pura convicción de que era ésa y no otra la verdadera y fetén. No conozco ninguna guerra que haya traído bajas entre amantes de Magneto y adoradores de Lobezno. Al cabo, los tebeos eran sólo historias. Bueno, historietas, que ni categoría de historias tenían. Y nada malo podían traerte, aunque papá pensase lo contrario.
-Esa mierda sólo te llena la cabeza de tonterías.




La portada del primer número de los Vengadores. Año 64.



El problema de la credibilidad del superhéroe al que su condición de personaje franquicia le ha hecho pasar una y otra vez por situaciones inverosímiles, malos dibujantes, guionistas acelerados y decenas de cambios para seguir asombrando al público, sólo lo solucionarán el tiempo y los concilios. Eso mismo le sucedió a Jesucristo del que sus epígonos contaron y escribieron todo tipo de historias, muchas contradictorias, y del que hoy, oficialmente, y por más que la historia y la arqueología se empeñen en demostrar que la elección de las ipsum verba carecía de más fundamento que el de fijar la imagen deseada por el poder religioso de turno, sólo se admiten cuatro versiones, corregidas y manipuladas. Bueno, eso mismo le pasó al Quijote, del que salieron versiones, precuelas y ediciones apócrifas hasta muchos años después.



Hasta Will Eisner, el creador de Spirit hizo una versión en cómic de El Quijote



Cuando en el instituto mi profesor de Literatura nos enseñó que El Quijote no fue considerado hasta bien entrado el siglo XVIII el momento literario que ahora es sino un relato paródico donde se contaban las aventuras de dos idiotas imposibles, un libro humorístico, sin gravedad, como si la literatura se midiese por la densidad y oscuridad de sus temáticas o presupuestos formales, empecé a pesar que tal vez todo fuera cuestión de perspectiva. En el fondo, el canijo avejentado vestido con armadura y el gañán regordete y flatulento subidos a sus monturas, eran en su época tan ridículos en su vestimenta como nos parecerían si nos cruzáramos en la realidad con la Bruja Escarlata o Wonder Woman. Cada época crea sus mitos, o actualiza los arquetipos anteriores y también inventa o actualiza su vigencia y significados.



La Bruja escarlata, de los Vengadores, por Frank Cho. Se llegó a casar con la Visión que era un androide. No me preguntéis cómo lo hacían.



Los cómics de superhéroes son un compendio de la imaginación humana, de sus mitologías pasadas y contemporáneas. Hoy los superhéroes, además de franquicias que producen mucha pasta, además de mitologías posmodernas, son nutriente de obras literarias más que estimables como la novela que ganó el Pulitzer en 2001 de Michael Chabon Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Mondadori), un título que describe maravillosamente la situación social y económica de los Estados Unidos donde surgió la llamada edad de Oro de los Cómics (años 30).




Ilustración del gaditano Carlos Pacheco para Los 4 Fantásticos.



A estas alturas, decidir qué narrativa eliges para alimentar tu ocio, tu espíritu o tus Batuecas particulares, si pictórica, cinematográfica, oral, literaria, fotografiada o viñeteada, carece de importancia. Hay novelas capaces de matarte de aburrimiento y cómics que te ensalzan el alma. No lo digo yo, lo dice gente como Auster, Cortázar o Savater. Ahora es el momento de leer Persépolis de Marjane Satrapi (también existe en película), de hacerse con algún álbum de Daniel Cloves –Ice Heaven, puede bastar-; cómo no, devorar lo que sea de Will Eisner; de leer a Chris Ware, a Carlos Giménez, el Maus de Spiegelman, las historias Rutu Modan, las maravillosas historias de Taniguchi, el Ozu del cómic japonés, de la fabulosa Lost Girls de Allan Moore y Melinda Gebbie, una historia paraliteraria donde unas adultas Wendy del Peter Pan de Barrie, Alicia del país de las maravillas de Carrol y Dorothy la protagonista del Mago de Oz de Frank Baum, se encuentran para dar rienda suelta a todas sus fantasías sexuales.



Marjane Satrapi


Carlos Giménez


Ilustración de Art Spiegelman sobre Maus


Ilustración de Chris Ware. El autor de Jimmy Corrigan. Imprescindible.

Y un Icaro de Taniguchi.


¿Y de los superhéroes, qué? ¿Hay alguno que llevarse a la cama pasados los cuarenta? Muchos, les diría. Muchísimos. Pero tal vez baste uno sólo: Watchmen (Planeta) obra creada en los años 80 por el guionista y escritor inglés Allan Moore –posiblemente, el escritor que más ha contribuido a demostrar que la complejidad de las tramas y los personajes puede aplicarse a géneros tradicionalmente considerados menores- y el dibujante Dave Gibbons (exquisita también The Originals, que ha salido este año, una obra exclusiva de Gibbons que recrea en una estética retrofuturista, las peleas entre mods y rockers de los años 60), la primera novela gráfica que ganó el Premio Hugo, hace ahora 20 años. En aquella historia el cómic dejó también de mirar con desdén al superhéroe. Lo dotó de problemas adultos, de artritis, de profundidad psicológica, halitosis, crueldad, complejidad y miserias. Era cuestión de tiempo que los mitos crecieran, pegaran un puñetazo en la mesa y luego les doliese. Todo es mudanza. Vi morir a mi padre en la cama. Como a Alonso Quijano o el Capitán Marvel. Hasta entonces, y hasta que el cuerpo aguante, seguiremos leyendo tebeos. Y novelas. Y poemas. Y mitos. Y ensayos. Hasta prospectos de farmacia. Vaya a ser que algún efecto secundario nos dé un superpoder de chiripa.





Los Watchmen, de Moore y Gibbons. Miller los ha adaptado al cine. Miedo me da.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Más nostalgie televisiva

Ah, amigos -amigas también, y, a veces, sobre todo- los dichosos cuarenta. La década vital donde uno comienza a tirar del hilo de lo que fue, pareció, vió, olió, escuchó... y se regodea comprobando que la cabeza sigue ahí, aún sin alzheimer severo. Tras el alarde técnico que me supuso poner por fin un video der yutú en el blog -ya , ya pondré podcasts, y hasta peepshows on line, dejadme a mí solito, va-, y reconociendo que era tan fácil como pinchar en ayuda y leer "cómo poner un video de youtube en tu blog" y activar el cutypasteador que todos llevamos dentro, me he tirado el barro de lleno, señores -señoras, ante todo-, y he decidido poner más, que hace bonito.

Atendiendo primero a las peticiones de mis lectores -lectoras en este caso- pondré ésos que me ha pedido la audiencia:





El primero, el de Skippy. Skippy, Skippy, Skippy the bush kangoroo, que decía la canción. Una de las series con animalito encantador protagonista de nuestra infancia (que yo recuerde eran Rin-Tin-Tin, Lassie (todo perros), el pato Saturnino,





el oso ben de Mi oso y yo, Clarence el León bizco de Daktari (donde también estaba la mona Judy), Furia (un caballo maravilloso y negro, que podía ser marrón pero que se veía negro en nuestras teles), Skippy, el canguro australiano y, el mejor de todos...







Flipper! (sí, Ginebra, Flipper), el delfín. Que fue una serie que se adaptó de una peli previ y de la que luego se han hecho varios remakes en series y pelis, una con Elijah Wood, el Frodo Bolsón de El Señor de los anillos.


Todo eso si no contamos como animales reales a la perrita Marilyn o la ratita Violeta, de Herta Frankel y sus muñecos, o al inefable Topo Giggio, er topoyiyo, que era más cursi que Doris Day contando pitufos y bastante más gay que los teletubbies, que ya es decir.










De los dibujos animados aún no hablo. Ya lo haré. Ya pondremos algo de Tom y Jerry, de Pixie, Dixie y el gato Jinks, de Patán, "peggo malcgiado, peggo fanático de medaias" y el Escuadrón diabólico. O de los Autos Locos, con Pierre Nodoyuna, Patán, Penélope Glamour y Pedro Bello. Vaya, que no me resisto...





O de los Imposibles: Cangurombre, Multihombre y Fluidombre. ¡Me encantaban! O de Meteoro. ¡Ay, Meteoro!





O los Supersónicos. Popeye. Carlitos. Daniel el travieso. La pequeña Lulú. O de Maguila, Tiro loco McGrow, Huckleberry Hound, la tortuga Dartagnan y Dumdum, La Hormiga Atómica, Yogui, Pepe Pótamo y su hipohuracanado grito, Leoncio León y Tristón, Super Ratón, Don Gato, Félix el gato, el único-único gato, el Pájaro Loco (Loquillo), los de la Warner Bros (esto, amigos, es una producción de la warnerbrothers para televisión y esto es to.., esto es to..., esto es todo, amigos: gran Porky), los de la Disney (desde la tierra de la Fantasía...) y todos los de Hanna-Barbera (Wilmaaaaa, ábrreme la puerrrta, Wilmaaa: ¿no era Pedro Picapiedra el australopiteco de Hommer Simpson?). De los del telón de "koniek" tampoco voy a hablar mucho. Vamos que dejo de hablar del todo en este instante, que hace hambre, hay que trabajar y no es plan.






That's all, folks!



miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mi vida sin mí


Isabel Coixet, además de una mujer muy inteligente que sabe hacer conmovedoras películas, suele presentar unas bandas sonoras admirables en sus filmes. Senza fine, de Gino Paoli, Hope There´s Someone de Antony and the Johnsons, All the world is green, de Tom Waits, Pour vous aimer de Juliette Greco, Gioco d'azzardo de Paolo Conte, God Only Knows por la Langley School Proyect, o Historie d'un amour de Dalida, son algunas de las canciones que se hacen más carnales y emotivas dentro de sus películas. Estoy deseando que venga a La Música Contada, pero creo que esta temporada, que anda en Japón rodando su nueva peli, va a estar complicado.

Pego aquí una de Mi vida sin mí, que siempre me conmovió. Es Sometime Later, de Alpha. Una canción de aire bristoliano y triphopero, que canta Martin Barnard y que fue publicada en 1997 en el álbum Come from heaven (Por cierto, estuvieron en el AV Festival que organizaba Olga Payar en Fuengirola). Sí, en muchos momentos me declaro fan de "la cofradía de la pena", expresión que dijo Christina Rosenvinge caundo estuvo hace años en La Músuica Contada y donde me descubrió, entre otras, a dolientes como Cat Power y Stina Nordenstam. Y esta canción es para días de lluvia. Otoños como el de esta mañana. Sí, se puede estar enamorado, feliz y ser melancólico. Ya lo decía Billie Holiday: "I'm glad to be unhappy". Bueno, "i'm glad to be happy" this morning.

Las series de cuando éramos chaveas



Me encuentro en el Youtube este montaje con las cabeceras y sontonías de la práctica totalidad de las series americanas que veíamos cuando niños. En Málaga se utilizaba entonces la expresión chavea o chavó, para referirse a niño, chaval. Hoy ni somos niños ni chaveas, ni las series son más que un recurso nostálgico. Como estoy en esas edades, me regodeo en el t'acuerdas?

Ay, Jim West, Tierra de Gigantes, Viaje al fondo del mar, El hombre de cipol, Embrujada, Perdidos en el espacio, El túnel del tiempo, Daktari, Tarzán, Bonanza, El virginiano, Diligencia, Daniel Booone, Hawaii 5.0., Rintintin, Flipper, Lassie, Ironside, Mannix, Aquamarina, Los guardianes del espacio, El capitán escarlata... Y lo dejo aquí, que es hora de comer.

martes, 25 de noviembre de 2008

Entrevista, egotrip y algunas joyas

Gary Lucas, visto por Miranda, durante los ensayos de Valladolid.


Bill Plympton. Maestro de la animación sin ordenador.

Me hace Cristina Consuegra, periodista de la revista digital de cultura Antequltura, una entrevista sobre La Música Contada. Así que vamos a darle al egódromo un ratito. (Si os da por ahí: http://www.antequltura.es:80/index.php?mod=verNoticia&id=698).
Y si pincháis aquí, en estos dos links, (http://www.cylcultural.es/cine/seminci/2008/fibla_arbol.htm y http://www.cylcultural.es/cine/seminci/2008/gary_lucas_der_golem.htm) veréis reseñas con vídeos de las actuaciones de Cine y Música que produjimos para la Seminci de Valladolid desde mi productora de El Pez Doble, con el guitarrista neoyorquino Gary Lucas sobre el film mudo de Pail Wegener El Golem y con el duo electrónico Fibla + Árbol sobre la película taiwanesa Goodbye Dragon Inn. Impresionantes. Ahora estamos trabajando para traerlos junto a otras a Málaga en un ciclo más completo.
Gary Lucas, Bruno Galindo, Vicent Fibla, Andrés Argil (Rey Trueno), Miguel Marín y Sara Pérez en la Seminci.
Momento del concierto en directo de Fibla + Árbol durante la Seminci.
Gary Lucas durante su performance musical sobre El Golem en Valladolid. Un pasote lisérgico.
Mientras tanto, dos recomendaciones: una, el documental Goodbye America, de Sergio Oksman, con el protagonismo absoluto del gran Al Lewis, el abuelo Drácula de La Familia Monster, un activista lúcido e inquebrantable que pone a su país en su sitio. Compradlo, bajadlo, haced lo que queráis. Lo vais a dirfrutar. Una lección de vida.

Al Lewis después y durante su etapa en Los Monster. Qué grande.


Y, dos, la película de animación del Bill Plympton, The tunes. Ya sabéis, Plymptom, estuvo nominado al óscar por su corto de animación Guard Dog y es un auténtico genio. Animación a lápiz, dibujo a dibujo, llena de imaginación e ironía. Inaceptable que no os lo veáis. The tune va de un compositor al que la musa le abandona y tiene uan hora para entregar al productor sus canciones. Una delicia. Dos delicias. (Todo es para compensar el egotrip de la entrevista, osea).
Fotograma de The Tune, del gran Bill Plympton.