viernes, 27 de febrero de 2009

Man on wire




Me la recomendó mi amigo, el periodista, escritor, novelista, performer, poeta, blogger, viajero y practicante de spoken word Bruno Galindo. "Tenéis que ver esto, chicos. Es un pasote". Y de eso hace un mes y medio o así. Pero no habíamos tenido tiempo de verla. Anoche fue la ocasión. Recién ganado Man on Wire el Oscar al mejor documental y después de una rica cena con crema de calabacines, envuelta Miranda en mantitas y yo a su lado, le dimos al play. Y allá que comenzó la narración y reconstrucción de una de las odiseas poéticas contemporáneas más hermosas que puedan imaginarse. La historia de un hombre, Philippe Petit, de alma y profesión funambulista, y de un grupo de amigos y cómplices que lograron el 7 de agosto de 1974 que el hombre del alambre, Man on Wire, el propio Petit caminase durante 45 minutos por un alambre tendido por el equipo, sin que nadie de la seguridad del World Trade Center se diera cuenta, entre las dos Torres Gemelas de Nueva York.
Hablamos de un acto poético. Visual y conceptualmente fascinante. Hablamos de la determinación de un hombre que sólo sabe vivir como si cada minuto fuese el último de su vida. Un genio del vacío y el equilibrio, un ser romántico. Un poeta guerrero. Un artista sobrenatural que ejecuta el sueño que desde adolescente se marcó como objetivo durante la espera en la consulta de un dentista. Ese día Petit leyó en un periódico que iban a construirse en Nueva York las torres más altas del mundo. Y él, que siempre había soñado con las alturas y el alambre, decidió que no pararía hasta lograr cruzar el cielo de la Gran Manzana mediante un cable tendido entre las dos moles hoy desaparecidas.
Petit, su esposa y su hija en 1988
Más allá del efecto catárquico que sobre los neoyorquinos y estadounidenses, y casi sobre todo el mundo occidental, tenga el hecho de recordar esta hazaña lírica y circense sobre el símbolo de su poderío devastado, Las Torres Gemelas, la acción de Petit es casi un cuento budista. Y el documental de James Marsh, nutrido de imágenes de la época -Petit y sus cómplices sabían de la magnitud de la hazaña y la documentaron perfectamente- y de recreaciones muy logradas, es capaz de mantener a la par el pulso poético de la acción rememorada -no fue la única que hizo Petit, pero sí la más grande y la que culminó su obsesión- y la tensión de filmes de robos o asaltos del tipo Oceans eleven o Atraco Perfecto. Y es también una película de amor. El amor y la admiración que los miembros del equipo de Petit -su novia de entonces, Annie, y uno de los amigos que más luchó por ayudarle y hacerle desestimar de su loco intento- profesaban al hombre que era capz de flotar en el aire. Cuenta Petit en una escena del film cómo para realizar una tarea así es absolutamente fundamental no tener ningún apego ni a la vida ni a las personas. Tanto su novia como su amigo enamorado en secreto de él intentaron toda suerte de "argumentos, ternuras, chantajes, presiones" sin éxito. "Para lograr algo así no hay amor que pueda cruzarse en tu camino", añadía el hombre que caminaba entre las nubes.
Petit y el director del documental, James Marsh, durante la presentación del mismo en el Festival Tribeca de NY.
Y es el filme, en definitiva, una historia sobre la verdadera pulsión humana: el hombre frente a la muerte. La lucha de Petit entre el miedo a perder la vida y la determinación por desafiar su muerte, tan posible como magnífica y llena de justicia poética es la sobrehumana fuerza que le permitió a los 24 años llevar a cabo una de las hazañas más aparentemente inútiles de todas las perpretadas por un ser humano. Aquel hombre casi andrógino en sus rasgos, absolutamente máscara, un mimo superdotado, no permitió a nadie más beneficiarse de sus conquistas, ni siquiera poder repetir lo mismo. Cómo eludieron durante semanas a la vigilancia del edificio sin que nadie sospechara nada en absoluto, más de 30 años después y tras los atentados del 11-S, demuestra hasta qué punto la seguridad es un camelo. Terror o amor son capaces de filtrarse por cualquier fortaleza por inquebrantable que parezca. Es quizás por eso que nos conmueve y nos inspira tanto. Petit pudo haber puesto mil bombas en el edificio. Pero no luchó contra el símbolo. Sólo se inspiró en él para volar. Petit, un poeta, nio destruyó nada: construyó una metáfora en el vacío, un instante de eternidad. Al Qaeda sólo supo crear horror en el mismo lugar. Miranda y yo -que mira que hablo- nos quedamos tan arrobados como silenciosos tras la película. Con una extraña sonrisa que parecía flotar sobre todo. Un instante de levedad, tan similar al paseo entre las nubes de este extraordinario artista, nos devolvió al lugar donde los hombres no temen nada, no esperan nada y crean su único destino: vivir para morir. Id a verla.
Buscando fotos sobre Petit he encontrado un hermoso y documentado post en este blog (http://rrose.espacioblog.com/post/2006/09/24/philippe-petit-y-domadores-del-vacio) sobre la relación entre el vacío y wel arte contemporáneo. Recomiendo su lectura.

Y ahora, dos vídeos: en el primero veis el momento en que recibe el premio al mejor documental en la pasada ceremonia de los Oscar y en el segundo un tráiler subtitulado. A disfrutar.


viernes, 20 de febrero de 2009

Vals con Bashir




Fue Eva, amiga de Miranda y, poco a poco, aún menos, mía también, quien hace un par de semanas pasó por casa para quedarse en el mimódromo (1) que montamos de cuando en cuando. Comiditas, pelis, cómics, libros y músicas para aburrirse, mimos, chimenea, conversación y aliños aspirados es un buen menú para que de higos a brevas a uno le dé por pasarse por nuestro spa particular y desconectar del laburo agotador. Y llegó Eva con cosas grabadas en sus dvd's y con hueco en la mochila para que le nutriéramos de material para los cineclubs improvisados que monta en un bar de Granada, donde vive, trabaja y se ama con Laurent. Quería cosas de Kim-ku-Duk para hacer un ciclo de cine y de nuestra deuvedeteca fue extrayendo lo que necesitaba para completar su ciclo: Time, Samaritan Girl, Domicilio Particular, Aliento y alguna más que no recuerdo. Como Eva es hija de vinateros tinerfeños sabe lo que valen las cosas y no es tan alegre como servidor para gastarse los duros en películas originales y tira lo que puede de las mulas de la Red. Así que, como esa circunstancia no le quita criterio, gusto y curiosidad, ofreció a cambio algunas delicatessen pirateadas por si yo no las tenía. Y ahí entre sus pelis encontré varias joyas: Las misteriosas exploraciones geográficas de Jasper Morello, de Anthony Lucas (http://es.wikipedia.org/wiki/The_Mysterious_Geographic_Explorations_of_Jasper_Morello), la peli colectiva que se hizo en homenaje a los Hermanos Lumiére con motivo del centenario del cine y alguna cosa más. A Eva le encanta la animación, como a Miranda y a mí. Así que le pusimos Princess, una peli del danés Anders Morgenthaler, durísima, sobre los abusos a los que se ve sometida una niña hija de una jovencísima prostituta y la venganza que perpreta el tío de la chiquitina en plan ángel exterminador contra la industria pornográfica que al convirtió en adolescente estrella del porno. Debería hablar también de esta tremenda película pero no quiero desviarme demasiado.


Nos quedamos con mal cuerpo tras la peli. Comentamos la peli. Hablamos de la asombrosa Persépolis -magnífica película, excepcional cómic- y al fin preguntó Eva:

-¿No tienes Vals con Bashir? Me han dicho que es tremenda. Estoy muerta por verla.




No. Había leído sobre la peli que se estrena hoy en España, pero ni la había visto ni la tenía. Me fui a la mulita, la encontré, como debe ser, en VO y subtitulada en español y me puse a bajarla. No dio tiempo a que estuviera lista para que la grabase Eva. Al día siguiente ya la tenía en el disco duro. Miranda y yo hablamos de verla. "No tengo el cuerpo ahora para que nos den un palo; mejor otro día". Y así, hasta anoche. En ese tiempo ya habíamos visto la peli de animación del libro que le regalé de Mixelanxelo Prado, De Profundis, otra maravilla, y había salido un especial en Babelia que la situaba en portada Vals con Bashir como "la película más impactante del año". Todas las quinielas de los oscar la sitúan como la más que probable ganadora del premio a la mejor película extranjera. Un filme fascinante. Blablabla. Así que al disco duro. Conectarlo a la tele y noche de cine. Miranda arropada con las mantitas, un cigarrito aliñado y la tele a buen volumen.





No puedo decir otra cosa: hay que verla. Y verla en pantalla grande, no vale sólo el vídeo como con las de Brad Pitt. El impacto visual y emocional de la película es tremendo. No ya por la temática -la memoria escondida en un grupo de israelíes que participaron en la Guerra del Líbano en 1982 y participaron en la matanza de palestinos en Sabra y Chatila que al cabo de los años vuelve desde el subsconciente como un fantasma insomne- sino por su factura visual, su carácter de género mestizo y su capacidad de conmover y remover más allá de la evidencia.





Cuenta Ari Folman, director y protagonista del filme, que al intentar hablar de la guerra tuvo claras tres cosas: no hacer una ficción -las películas de guerra le suelen parecer casi pornográficas porque se regodean en el espectáculo visual y emocional y te sitúan en otro lugar-; hacer un documental, y, sobre todo, huir del tostón de tener a varios bustos parlantes con fondo negro hablando de sus recuerdos uno detrás de otro. Así que, como hoy es factible gracias a los programas de software correspondientes hacer animación muy barata, se decidió hacer un filme dibujado. Así pues, Vals con Bashir es un documental animado. O una película de animación con base documental. O un ensayo audiovisual artístico sobre la guerra y su impacto en la memoria. Sí, es un poema sobre la memoria. Una reflexión sobre la violencia y la culpa. Sobre la naturaleza común de los seres humanos. Sobre nuestros mecanismos de defensa ante el horror. Sobre la verdad y el miedo. Es un películón.


Estamos hablando de un filme donde el director lucha con los fantasmas que de repente, merced a una conversación con un viejo amigo que también estuvo en aquella guerra, empiezan a obsesionarle. Su amigo sueña todas las noches con 26 perros. Veintiséis perros que le ladran amenazantes cada noche mientras él los mira desde arriba.

-¿Por qué sabes que son 26 perros, precisamente?

-Porque durante la guerra, como los mandos sabían que yo era incapaz de disparar a hombres me asignaban matar a los perros que había en las entradas de aldeas y ciudades para que no despertaran a la gente cuando hacíamos incursiones nocturnas. Tengo la cara grabada de cada uno de los que maté. Y me amenazan cada noche. ¿Tú no recuerdas nada de la guerra?



No. El Ari Folman de la película, dibujado con técnicas de animación que se aplican sobre modelos preexistentes -muy parecidas a las técnicas que utiliza Rochard Linklater en Waking life y A scanner darkly (otras dos imprescindibles en la biblioteca del cinéfilo animado), pero mejores- no recuerda nada. ¿De verdad estuvo allí? A veces lo duda. Tiene un sueño que se repite: él y dos jóvenes compañeros soldados avanzan desnudos, cada uno con un fusil, desde el mar hacia la orilla durante la noche cerrada, que se enciende con el fulgor de las bombas de la ciudad que enfrente se enciende en llamas. Llegan a la orilla y, como sombras chinescas bajo el fondo naranja, se van vistiendo lentamente. La confesión de su amigo ha abierto la caja de Pandora. La caja azul de Mullholand Drive. El cofre de la memoria.



La película es el intento de un hombre que hace películas por reconstruir qué pasó realmente. Saber por qué no recuerda nada o si son ciertos los recuerdos que tiene. Visita a viejos amigos. Viaja a Holanda. Empieza a contrastar vidas, hechos y memorias. Unos recuerdan. Otros no. Algunos no le recuerdan. Hay contradicciones. Poco a poco el pozo empieza a aclararse y con ello surgen las dudas, las culpas, los miedos enterrados, el porqué del horror y el porqué del olvido.




No quisiera extenderme más porque las crónicas suelen destripar demasiado o bien ocultar los objetos de la metáfora con lo cual suelen ser muy retóricas. Sólo hablo de esta película por el impacto emocional que ha creado en mí y por si a alguien le despierta el interés y se va al cine. Y la recomienda también. Debería hablar de las cualidades artísticas de la animación, del estilo Bashky en algunas secuencias, del poder surreal, la potencia onírica e hipnótica de muchas secuencias. Pero prefiero dejarlo aquí, que luego nadie tiene ovarios de leerse mis posts. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, Miranda, que quería acabar de verla porque anoche cayó dormida antes de terminarla, la ha empezado a ver de nuevo. Así que escucho a mis espaldas el sonido de las bombas, la excelente banda sonora -en una escena suena la canción Enola Gay y recuerdo cómo anoche pensé que es una canción que con un solo compás nos lleva a los años ochenta-, las voces de los personajes hablando en hebreo y pienso en la fonética tan común al árabe que muchas veces tiene el idioma de los judíos... Digo esto porque todo está muy conectado. Siempre es así, pero normalmente no caemos en la cuenta. Hace un par de horas Miranda se preparó un baño lleno de velas y aromas y se puso la banda sonora con los temas que María del Mar Bonet y Emilio Garrido pincharán el próximo martes en la sesión de La Música Contada que celebramos en el Teatro Alhambra de Granada. Lleva una semana malucha. Mareíllos, cansancio acumulado, dolores de estómago. Ha salido del baño mientras escribía el post con una sensación enorme de liberación. Muy feliz y guapa y serena. Ha tenido unas visiones que no voy a reproducir aquí porque son muy suyas e íntimas, que ha escrito en uno de sus cuadernos y luego me ha contado. El agua, el perdón, la memoria, la culpa, el olvido y el pasado que a veces se encadena en tu alma y se va manifestando en sueños, obsesiones y ensoñaciones. El agua como liberación y símbolo. Igual que en varios momentos de Vals con Bashir. Me encantaría contar algunas de esas cosas y extenderme en las profundidades. Pero eso ya es para un foro más personal. Ahora es turno de noche. Tengo que apagar el ordenador y sentarme a cenar con ella. Hablaremos. Nos daremos calor. Dejaremos que la memoria haga de las suyas. Hablaremos del horror y de la culpa. Lo mismo acabamos riendo. Es lo que tiene el primer mundo. Todo es siempre tan lejano, está tan enterrado, tan abisal, tan lejos.


Id a ver la película.


(1): El Mimódromo es uno de los inventos del profesor Androide de Copenhhage. Una especie de lugar de relax donde va la gente que necesita algo, que el cuiden y le mimen un rato. La gente que está allí atendiendo son campeones en dar abrazos, en escuchar, en hacer reír suave, en conseguir relajarte. Pero no son macizas que te dan un masaje en la ciática y lo que hacen en realidad es tensarte otro músculo. No. Hay abuelas y ancianos sabios, señoras y señores que ríen, orondos y son capaces de llevarte el olor de las galletas con colacao en el mismito abrazo. Que te cuentan un cuento y te dejan doprmido con la lámpara. Esas cosas. Si tuviera dinero lo construiría. Siempre que se lo cuento a mis amigas, les encanta la idea. Si es que las chicas para esas cosas lo suelen tener más claro. Bueno, que me marcho a mi mimódromo portátil.

lunes, 16 de febrero de 2009

Antonio Meliveo cuenta su música


Fue el pasado sábado, en la sala Gades de Málaga, a eso de las ocho y poco de la tarde, cuando Antonio Meliveo -compositor, productor, actor, empresario, especialista en iluminación y sonido y uno de los pioneros de la profesionalización de las artes escénicas en Málaga- comenzaba un recorrido audiovisual que duró unas dos horas alrededor de la música y las canciones que han marcado su vida. Llegó armado de un portátil, un micrófono madonero (de ésos que no hay que agarrar del rabo sino que se te quedan pegados a la boca, ésos que usa Madonna para poder hacer contorsiones y gritar al mismo tiempo: creo que la explicación me ha salido aún más guarrilla, ay) y una pantalla de proyección tras de sí. Lo había invitado yo mismamente a mi ciclo (yo y mi, me está saliendo esto muuuy egocéntrico; pero vamos, es real) La Música Contada (http://www.lamusicacontada.com/). El ciclo consiste en invitar a alguien que sea alguien y que tenga que ver con la música como profesional o aficionado, y nos cuente, pinche o cante en directo lo que de verdad le gusta y le ha gustado y han hecho de él lo que es. Por el ciclo ha pasado toda clase de fauna y, poco a poco, ha adquirido un cierto prestigio. Los que van a verlo y los que vienen a hacerlo suelen disfrutarlo. Así que he acabado convenciéndome de que no está mal hecho del todo y que merece la pena seguir convocando a la peña a estos discofórums y conciertos tan desnuditos, donde la pedagogía queda escondida tras el placer de ver a alguien contándote cosas íntimas y sencillas de su vida y sus gustos como si fuera amigo tuyo de toda la vida.


El caso es que Antonio, que es viejo amigo real de los años teatrales y al que siempre respetaré por haber inventado y levantado una estructura profesional alrededor de los espectáculos escénicos en una ciudad, Málaga, donde lo más profesional por tradición es tocarse la minga -hay excepciones, vaya, claro que sí, pero lo habitual suele ser el ensimismamiento- con cierto talento para parecer que estás haciendo algo muuuuy innovador y complicado. Y le respetaré también por demostrar con su propia trayectoria profesional que cualquier logro cuesta un esfuerzo enorme. Y, por fin, le agradeceré siempre haberme hecho cantar en la tele. Fue en una serie infantil de Canal Sur, llamada la Fuga del tiempo, tipo Chiripitifláuticos, donde hice un personaje bastante memo que se llamaba Dimomo. Fue al inicio de la emisiones del canal Sur, en el 89. Duró poco más de un año y lo pasé pipa, aunque no me gustase mi trabajo mucho. El caso es que Antonio, decía, logró llenar el sábado la sala Gades de amigos, familia y habituales del ciclo que disfrutamos, y mucho, su particular versión del formato. Quizás una de las más pegadas al guión que del formato se han hecho. Y una, eso doy fe, de las que más han gustado al público.


Cartel realizado por Eva Barranco (http://evabarranco.blogspot.com/) para esta edición de La Música Contada. Eva es una ilustradora granadina magnífica que da clases de dibujo en el instituto donde estudié, Martiricos. La conocí bloggeando. Mira tú...

Primero unas notas profesionales sobre Meliveo. Copio directamente lo escrito para los medios de comunicación al anunciar el ciclo: "la trayectoria profesional de este compositor malagueño está íntimamente ligada al teatro, el cine y la televisión. El Séptimo Arte, precisamente, es el que le ha dado a conocer aún más al público: las músicas de "Fugitivas", "Plenilunio", "Los Novios Búlgaros" o "El Camino de los Ingleses" son suyas. Si bien fue el fenómeno de "Solas" el que descubrió su emocionante trabajo como compositor y director musical (este trabajo le valió además su primera nominación a los Premios Goya en la categoría de Mejor Música Original). Es uno de los personajes seminales del teatro independiente malagueño surgido en los últimos años de la década de los 70. Junto con nombres como Miguel Gallego, Diego Guzmán o Rafael Torán, Meliveo fundó y participó en varias compañías. En el teatro ha tocado con brillantez todos los palos: ha sido actor, director técnico, director escénico, responsable de sonido y luces, productor y compositor. Algunas de sus bandas sonoras originales para teatro ("Farsa musical para un títere", "Rama" o "Casting: A la Caza de Bernarda Alba -el Musical-") demuestran la enorme versatilidad de este artista que siempre se ha considerado a sí mismo como "un actor de la música". Su ligazón laboral y personal con otros malagueños ilustres (los otros dos Antonios: Banderas y Soler) es harto conocida, así como su labor para compañías teatrales independientes (Teatroz, Dintel, Acuario Teatro, Teatro del Mediterráneo, El Espejo Negro, Teatro del Gato, Anthares Teatro) y su colaboración permanente con cineastas locales como Ignacio Nacho y muchos otros. Desde 2004, Meliveo codirige con Banderas Green Moon Producciones, con la que triunfaron en la pasada edición del Festival de Málaga-Cine Español: su película "3 días", cuya banda sonora ha sido unánimemente celebrada por la crítica, se llevó la Biznaga de Oro".




Bueno, ya saben quién es Meliveo. Creo que al empezar Antonio estaba un pelín nervioso. Después de haber hecho 154 sesiones del ciclo es ya ley comprobar que esta idea, que encanta a casi todos cuando se la propones, luego te deja acojonado delante de ti mismo por la dificultad que entraña ponerte delante de 300 criaturas a contar tu vida a través de música y canciones. Qué pongo y qué quito o cómo voy a dejar esto fuera son las pdudas metódicas y recurrentes que todos se hacen mientras preparan su sesión. La Música Contada que no deja de ser un espectáculo en crudo, un híbrido a medias entre la conferencia, el ensayo, la confesión, la improvisación, la charla amigable y la versión desnuda de un espectáculo teatral. Pero los nervios Antonio los despejó armado de horas de curro y ocho vídeos montados con imágenes familiares de su infancia, portadas de discos y, sobre todo, fragmentos de películas, cabeceras de dibujos animados y series de televisión.


Antonio Meliveo durante su sesión en la sala Gades.


El soporte visual es muy socorrido y evita los bostezos y las dispersiones. Si una chica en un escenario se desnuda y al lado poenmos una pantalla grande con otro desnudo, seguramente, la mayoría de la gente miraremos a la pantalla. La cosa es que Antonio sabe cómo manener la atención del espectador, que tiene años a las espaldas de teatro amateur, profesional, televisión, todo tipo de espectáculos en directo y películas para el cine (ha hecho, entre otras, las bandas sonoras de Solas, Fugitivas, La Hija del capitán, Tres días, El camino de los ingleses y es socio de su amigo de la infancia Antonio Banderas en la productora de ambos, Green Moon), y, así, nos regaló un entretenido recorrido por su vida y sus recuerdos musicales que, inevitablemente, resultaron ser los de casi toda la peña que asistió al acto y llenó la sala.

Fotograma de Top Cat, Don Gato, una de las series de dibujos animados cuya sintonía más le gustaba a Meliveo de niño

Tuvo el gusto y la sinceridad de no tirarse el rollo eligiendo músicas que denotaran su erudición y que nadie más conociera. Lo hermosos de este formato es que es una suerte de máquina de la verdad y te retrata tal y como eres. Si quieres ir de enterado, se notará mucho. No se trata de enseñarle al público lo más raro, sino lo que está en la base de tu adn musical, que normalmente, suele ser algo mucho más popular de lo que a priori imaginas. Antonio, que acaba de llegar a los 50 añitos, confesó ser hijo de su tiempo: "la mayor parte de la música que yo he escuchado desde niño ha sido en la televisión; las sintonías de los dibujos animados o de las series de televisión, o de las películas, eran las músicas principales que me han ido influyendo a lo largo de mi vida", dijo. Y dejó que las imágenes de la pantalla, los sonidos tantas veces escuchados y la memoria colectiva hiciera el resto y nos pusiera a reir, aplaudir o intentar adivinar al primer acorde de qué canción, música, banda sonora o sintonía estábamos hablando. El público terminó aplaudiendo de pie, reconociendo el esfuerzo del invitado y reconociéndose compañero en su memoria. Yo me sentí muy feliz por él. Porque es raro ver a la gente de tu ciudad admitiendo con generosidad que eres de los suyos aunque no seas como ellos: nadie es igual que nadie y todos somos como cualquiera. Y porque entre toda aquella memoria colectiva mostró también, con un entrañable homenaje, el palo del que él ha ido haciéndose una peculiar astilla musical: su padre, cantante de ópera y zarzuela aficionado, quien firmaba sus actuaciones y grabaciones como Luis Díez y que tuvo que abandonar su afición para darle de comer a su familia de nueve hijos. Ahí, en la historia única de Antonio Meliveo, en el gen que le llevó de niño junto a sus hermanos a cantar en el Teatro Cervantes y que tildasen en los diarios de la época (años sesenta) a su familia como "una familia Trapp malagueña", es donde la sesión fue única y emotiva.





Me quedo con la cara sonriente y feliz de Antonio -que siempre suele ser serio frente al público, aunque tiene mucho sentido del humor- cuando se dio cuenta de que la gente le aplaudía con cariño, verdad y reconocimiento. En el fondo, La Música Contada es una terapia y te deja desnudo frente al personal: Carlos Tena, el fantástico y veterano crítico musical y radiofonista, que hoy vive en Cuba arreglando para la SGAE los derechos de centenares de músicos cubanos, dijo en su día -entonces era mi socio en el proyecto- que el ciclo era "un streptease musical". Y Antonio se desnudó la noche del sábado. Luego, nos fuimos a cenar rodeados de amigos. Le pregunté entonces qué le habían dicho sus hermanos. Me confesó que en su familia el elogio es un bien escaso y que es habitual exigirse demasiado. Un "bueno, está bien", equivale a un "has estado cojonudo" en cualquier otro contexto. Quizás ahí, en esa enorme exigencia primigenia que le impide dormirse en la autocomplacencia, radique la fuerza que le ha hecho llegar donde está sin ser Mozart, hijo de papá o Robert de Niro. Creo que esa enorme autoexigencia puede llegar a ser un pelín frustrante para el artista que espera el reconocimiento de los suyos. No creo, es seguro. Y cuánto más para los actores, esos seres tan fascinantes en su creatividad camaleónica como a veces insoportables para convivir con ellos. Pero seguro que de ahí ha sacado su entereza para seguir luchando desde esta ciudad tan de vuelta de tantos lugares en lo que nunca ha estado. De ahí ha sacado llegar a vivir de lo que le gusta dedicándole más horas que un jornalero andaluz de antes de la Guerra Civil.


Me reencontré esa noche con varios amigos del teatro que hacía tiempo que no veía. También estuvo el promotor y musicólogo aficionado danés Beni Perlmuter, viejo y erudito amigo que conocí cuando yo trabajaba en El País y el dirigía el festival de jazz de Estepona, quien vino su mujer Dolores, profesora de danza. Creo que Dolores es de Nueva York y lo seguro es que es una de las mujeres más elegantes que he visto en mi vida. Ella y Miranda hicieron migas, tuvieron un flechazo y anudaron una próxima cita. Al finalizar la cena, el último escuadrón (el escritor José Garriga, su chica, Blanca Machuca, el escritor Antonio Soler y su pareja, María del Mar Pelegrín, Miranda y yo) acabó en la casa de Antonio Soler jugando al futbolín cuando ya el día siguiente se encimaba. Miranda le dio un puñetazo sin guantes a un saco de boxeo que tienen los Soler-Pelegrín en su garaje. Lleva dos días con los nudillos destrozados. Le regalaron un libro de fotos por la compensación y estuvimos hablando de películas, intercambio de dvd's y de la mala conciencia que algunos tenemos cada vez que nos gastamos el dinero el libros, películas, discos, cómics y cosas así, aunque no podamos parar de hacerlo.




Al día siguiente, Antonio Meliveo me escribió que se sentía un poco frustrado por la experiencia y que sería la depresión-postparto. Que al menos la mitad eran invitados amigos suyos y que se demostraba que en Málaga los compositores importan una mierda. Yo no lo veo así. Quiero decir, claro que en Málaga los compositores importan una mierda. Y los investigadores de células madre. Y los poetas no académicos. Y las abuelas de los estibadores portuarios. Todos importamos una mierda, desde Viberti, Makanaki o Eliseu hasta el cenachero, la torre de la catedral y la cripta de los Condes de Buenavista. Pero yo le diría a Antonio que el hecho de que casi 300 personas dediquen dos horas de su tiempo a compartir tu historia sin parar de sonreir no es una cosa baladí. Tal vez él, que ha estado comiendo al lado de Frank Sinatra en Los Ángeles y que aspira a que la próxima película que podruzca la vean más de un millón de personas para poder seguir haciendo otras, le parezca algo menor. Es comprensible. Pero yo creo que no, Antonio. Una vez más hiciste lo que sabes hacer: dejarte todo en el escenario e intentar entretener al público. Nadie se aburrió, amigo. Al contrario. Nos regalaste una noche impagable. Y encima fue gratis. ¿Qué más quieres, moreno?

sábado, 7 de febrero de 2009

El tiempo de los hombres (Una historia Verdadera)



Un hombre anciano, muy anciano, de nombre Alvin y apellido Straight (en inglés, derecho, recto, claro), qu vive en uno de esos pueblos perdidos del Oeste americano donde las cosas parecen simples sin serlo (Laurens, Iowa), sufre un amago de infarto y una aparatosa caída en la cocina de su casa. Horas después, acompañado de su hija tartamuda y aparentemente retrasada, tras ser advertido por el médico de que a su energía y vida le quedan pocas opciones, recibe la noticia de que su hermano, con el que lleva diez años sin cruzar una palabra, exiliados ambos en el reino del rencor, ha sufrido otro infarto en su casa, a 600 kilómetros de distancia. Alvin debería guardar reposo y cuidarse, debería dejar de fumar, debería operarse de las caderas que en cualquier momento pueden quebrarse para siempre. Pero Alvin es terco y testarudo. Alvin ya tienen edad suficiente y experiencias a sus espaldas para saber qué es lo importante y lo accesorio en la vida. Es Straight por dentro y por fuera. Y Alvin entiende que su único objetivo es ir a ver a su hermano. Lo que sucede es que ya apenas ve con nitidez, se mueve al ritmo de los ancianos, no tiene dinero ni carné de conducir y, sobre todo, es Straigth por dentro y por fuera, terco como una mula del oeste.



Tan ingenioso y valiente como testarudo, Alvin se las ingenia para hacer su viaje de 600 kilómetros con lo único que tiene y en el único vehículo con el que se siente sintonizado en velocidad: su vieja segadora de césped. En vano los intentos de su hija de hacerle desistir. "Sabes que debo hacerlo y que debo hacerlo sólo", le dice Alvin a Rose. Lo intentará una vez y fracasará a la primera. Pero, tozudo y Straight, aprendiendo de sus errores y completamente conscuiente de sus posibilidades y de su destino, volverá por otra máquina a su pueblo. Otra vieja segadora. Esta vez una John Deere del 66. "Una John Deere", comenta Miranda a mi lado. "En el pueblo de mi madre eran las máquinas que se utilizaban para el campo; no se rompían nunca". Alvin se gastará casi lo que tiene en una vieja máquina para hacer su viaje. Un hombre ya maduro, recio y con pinta de ser honrado y justo es quien se la vende. Por 325 dólares. Alvin le pregunta si es una buena máquina. "Lo es, Alvin". Antes de cerrar el trato que a ambos parece justo, Alvin le pregunta por la persona que la usó.




-Me gustaría saber quién fue su dueño. Saber quién es me dice mucho de cómo es en realidad la máquina. ¿Lo conoces, Tom?
-Por supuesto, Alvin.
-¿Y quién es el tipo?
-Yo.


Una segadora John Deere como la que usa Alvin en su viaje de Iowa a Wisconsin.
Alvin sonríe y le da una palmada en la espalda. El trato está hecho. Al día siguiente Alvin saldrá a 6 kilómetros por hora a buscar a su hermano. La velocidad de Alvin, que ya usa dos bastones, a lomos de su segadora a la que ha añadido un curioso remolque parece la de la tortuga frente a la liebre. Su tamaño frente a los enormes camiones que se le cruzan representa otra escala. Pero Alvin no teme a nada. Sabe quién es y qué va a hacer. Y los riesgos que corre. Es un hombre anciano. Su escala es humana. Su tiempo es el de los hombres.





LYnch: la mejor cabeza borradora del cine

Naturalmente estamos hablando de A Straight story (Una historia verdadera, en España), una de las películas de David Lynch que aparentemente es menos lynchiana -la produjo la Disney, ahí es nada- y más moral. Realmente está llena de Lynch aunque el guión no sea suyo, aunque no haya enanos detrás d elas cortinas, ni ensoñaciones y representaciones teatrales en lugares que están en ningún sitio, aunque no haya orejas cortadas ni cajas azules. Aunque la historia sea la recreación de un hecho real que sucedió en 1994, resulta que Lynch suele ser siempre un autor moralista. Sólo que su maniqueísmo no es el habitual de Hollywood. Sólo que ama a sus personajes con el respeto que se debe a los hombres: éste es así y este asá. ¿Que es repugnante? Sí, bueno, te lo parecerá a ti. Sólo con pensar en Bobby Perú, en John Merrick, el hombre elefante, o en la criatura de Eraserhead, sabemos de qué hablamos.



Richard Farnsworth como Alvin Straight

Ayer volví a verla porque la encontré en Granada, donde estuve para la sesión de La Música Contada de José Miguel López, a euro con el periódico El Público. La vi en cine en su día, la tenía garbada en VHS y bajada de la mula hace poco, pero se veía mal y dfecidí no ponerla. Era una de las de Lynch que Miranda no había visto. Conocía, eso sí, su banda sonora, otra hermosura de Badalamenti. Pero no la peli. Miranda y yo vemos pelis o series casi a diario. Tengo, tenemos, una buena cinemateca, discoteca, comiteca y biblioteca. Tenemos alimento espiritual para afrontar la crisis. Habíamos tenido un día duro. Hasta tenso, incluso. Una historia verdadera era el bálsamo ideal. Una buena película sobre la verdadera medida de los hombres. Una película hermosísima y conmovedora. Una película que no te permite hacer doble sesión.



El compositor italiano Angelo Badalamenti, habitual de las bandas sonoras de Lynch


Mención aparte -además de la música de Badalamenti, la fotografía de Freddie Francis, el guión y el montaje de Mary Sweeney y la planificación inteligente de Lynch; además de sus escenas semisurreales como al de la mujer que atropella ciervos sistemáticamene- merece la interpretación de los actores con una Sissy Spacek tremenda y, por encima de todo, un Richard Farnsworth en estado de gracia en el papel de Alvin. Estuvo nomidado al oscar ese año pero al final se lo llevó nada menos que Kevin Spacey por la increíble American Beauty. También estaban nominados Russel Crowe por El dilema, Sean Penn por Acordes y desacuerdos y Denzel Washington por Huracán Carter. No ganó en buena lid. Pero vistas hoy en la distancia quizás debiera habérselo llevado. No será el primer actor ni director sublime que se queda sin distingo dorado.


Sissy Spacek como Rose

En todo caso, es difícil ver una interpretación sobre el orgullo, el perdón, sobre la dureza de la vejez y sus pérdidas tan serenamente minimalista y sobrecogedora como la de Farnsworth. Hay detalles que no sabe todo el mundo, como que el actor estaba entonces aquejado de un cáncer terminal de próstata y sufría dolores agudos de artritis. Luego era el personaje en todos sus estados. Poco después del estreno, cuando el actor consideró que su último viaje simbólico estaba concluido, se disparó en tiro en la sien porque no quería seguir viviendo como carga o parásito.



Richard Farnsworth durante el rodaje

Llevo unos años haciendo selecciones de películas para mi hijo. Ya que no le gusta leer y le cuesta mantener la atención, el cine se revela como una de las pocas ventanas para ofrecerle un aprendizaje no sólo de la belleza intrínseca del objeto artístico, sino de la capacidad que tienen ciertas historias para hacernos ver las cosas desde otra perspectiva. En este sentido A Straight story es una historia necesaria. Mira que adoro a Lynch y a todo lo que hace, pero siempre le estaré agradecido por haber hecho películas como ésta. De aquí a pocos años dejarán de poner Qué bello es vivir por navidades -y no ya porque se acaben las navidades- y dejarán paso a esta historia. Cada vez que la veo me parece más hermosa. Más necesaria.



El auténtico Alvin Straight

"¿Qué es lo mejor de la vejez, Alvin?", le preguntan unos jóvenes ciclistas alrededor del fuego durante su periplo.

-¿Lo mejor? No encuentro nada bueno en estar ciego, tener que andar con dos bastones y que la mayoría de tus amigos hayan muerto.

-Algo bueno tendrá la vejez.

-Bueno, te acuerdas de todo y sabes distinguir entre lo importante y lo accesorio. Sabes lo que vale el tiempo y que no debes perderlo cuando eres joven. Tristemente, cuando eres joven, no te das cuenta de todo eso.

-¿Y lo peor, Alvin?

-Lo peor es que no dejas de pensar en cuando eras joven.



(Y añado una página que desconocía, bastante completa, y en español, para todos los que sean fans, admiradores, seguidores o estén mínimamente interesados en el universo de David Lynch. ¡Ah! Y no comenté que Miranda me regaló estas navidades Atrapa el pez dorado, un libro del propio Lynch sobre sus experiencias sobre la creación y la meditación. Textos breves y llenos de sabiduría. Para cualquiera que desee adentrarse en la creación. Y el link a la página, joder, que mira que me enrollo: http://www.davidlynch.es/).

sábado, 31 de enero de 2009

Televisión: el templo de la nueva ficción

A dos metros bajo tierra. HBO


Big Love. HBO.


El guionista y gurú de series Alan Ball


Mad men. De Matthew Weiner. O cuando se fumaba para ser alguien respetable.

Comencemos con una declaración de principios: hoy en día, en EEUU, la mejor ficción se está haciendo en televisión, en series, y no tanto en cine, salvo el independiente. Primera recomendación: hoy en día ver una serie de televisión doblada y masacrada entre anuncios es como querer hacer dedo para bajara al centro teniendo dinero de sobra para el autobús, salvo que quieras someterte a una experiencia antropológica y hacer un estudio de la desesperación. Teniendo internet, una mínima capacidad de descarga en el adsl y conectándote a la mulita o a las descargas directas que te ofrecen multitud de páginas puedes verlas en versión original con los subtítulos correpondientes apenas unas horas o un día después de que se emitan por primera vez por cable en EEUU. En blogs como Espoiler, una guía que dirige el perioidsta teleadicto argentino Hernán Casciari (http://blogs.elpais.com/espoiler/ y http://espoiler.tv/) tienes referencias artículos, tutortioales, links y diversas fórmulas para descargarte las mismas por bittorrent. O bien te puedes pasar por http://darkville.blogspot.com/ para descargarte los capítulos de tus series favoritas en versiones comprimidas y subtituladas. Así que quien quiera que empiece a darle trabajo a su disco duro. Luego, eso sí, estaría bien tener un buen disco duro para cargar el material y conectarlo a tu televisor para poder cargar sin tino las temporadas completas de las mismas. La resolución y el sonido, aunque normalmente comprimidos, suelen ser bastante aceptables. sí eliminamos la puñetera publicidad y el hecho de hurtar la voz original de los actores, que es algo tan absurdo como cambiarle los colores a un cuadro de Rothko cuando se exhibe fuera de sus país o que Bustamante doble a Bob Dylan cuando éste cante en Las Ventas. Hay quien dice que le cuesta leer subtítulos mientras ve la historia porque le distrae hacer dos cosas al mismo tiempo. Conforme en que al principio puede resultar difícil para el que no esté acostumbrado, pero un poco de esfuerzo -nada que merezca la pena se consigue sin un poco de esfuerzo, amigos- se logra que el cerebro se acostumbre a hacer simultáneamente ambas cosas sin complicación.



Los Fisher al completo (falta papá).

Brenda baila con Nate. Al fondo David y Keith.



Estamos pues. Tenemos todos los aperos y el cerebro entrenadito. Pasemos ahora a dar un listado de favoritas. Antes que nada, dado que ya acabó hace unos añitos y la considero La comedia humana de la nueva televisión, recomendaría 1. Six feet under, o tal y como en España se ha titulado, A dos metros bajo tierra. Seguro que muchos la conocéis ya: la historia de una familia norteamericana que dirige una pequeña funeraria y que ve desde el primer episodio cómo la muerte trastoca las vidas de sus componentes al fallecer el padre de familia. Esta serie, creada por Allan Ball, el guionista de aquella joya que se llamaba American Beauty, y dirigida por realizadores de la talla del propio Allan Ball, Kathy Bates o Rodrigo García, es un tratado contemporáneo, lleno de inteligencia e ironía sobre la muerte, sus formas, sus efectos y su impacto emocional y metafísico, que se pasea por la comedia, el melodrama, la saga, la tragedia de la mano de un conjunto de personajes que van apegándose tanto a ti como tu propia familia. Aunque cada episodio repite un esquema similar y comienza con una muerte -en los 63 episodios de que consta la obra completa , hemos podido ver todo tipo de muertes, desde las absolutamente descacharrantes a las sobrecogedoras; desde las serenas a las más truculentas-, en realidad lo que nos va arrastrando es la vida y tramas sentimentales de la familia Fisher y sus aledañas, tan aparentemente marciana como profundamente real. Sobresalientes los actores, componen un abanico de personajes afrontando situaciones hasta no hace muchos años vetadas para la televisión -drogadicción, incestos, compulsión sexual, homosexualidad- dibujadas con tanta objetividad como mala leche e ironía. Aquí una lista: Michael C. Hall -el protagonista de Dexter, otra serie muy interesante, también de la cadena HBO- como David Fisher, Frances Conroy como Ruth Fisher, Lauren Ambrose como Claire Fisher, Peter Krause como Nate Fisher, la fabulosa Rachel Griffiths como Brenda Chenowith, Mathew St. Patrick, Freddy Rodríguez, Kathy Bates, Richard Jenkins, James Cromwell, Joanna Cassidy -recuerden el personaje de Zhora, la replicante de Blade Runner, que bailaba con serpientes artificiales-, Justin Theroux, Lily Taylor, Jeremy Sisto y hasta Robert Foxworth (sí, el Chase Gioberti de Falcon Crest). Las dos veces que vi la serie completa -cuando se estaba aún emitiendo y compré la primera temporada en DVD y no pude parar hasta que terminó y este verano en compañía de Miranda, casi del tirón en un par de meses- me quedé luego con el mono de seguir viendo a aquella familia que habías hecho tuya con todas sus aparentes disfuncionalidades.





Sólo por el tema principal de la serie, compuesto por Thomas Newman -de nuevo el compositor del tema principal de American Beauty- merecería la pena ver sus 63 episodios. Pero es que yo creo que es la Comedia Humana del siglo XXI, la serie que demostró que la televisión es sólo un medio y que por sí misma no crea idiotez. La idiotez la tiene ya el espectador o la sirven los que la programan. En tu mano está elegir. Hay quien dice que la mejor serie es Los Soprano. Yo no creo que sean incompatibles. Personalmente yo estoy hasta el capirote de sagas de mafiosos italianos, aunque Los Soprano sea inteligente, divertida, llena de guiños cinéfilos, magníficamente interpretada y precisamente actúe como desmontador de tópicos del género. Así que me quedo con este monumento a la vida a partir de la muerte.




Gabriel Byrne, protagonista de In treatment.



Llevando la terapia de Laura. Ay, la transferencia erótica.




2. In treatment (En terapia). Otra de la HBO. Vale, hay quien anda acusando a esta cadena de ser la televisión para los listillos, los pedantes y que esta serie basada en las sesiones de terapia psicoanalítica que un psiquiatra -excelentemente interpretado por Gabriel Byrne, el de Muerte entre las flores de los hermanos Coen- da a varios pacientes y recibe a veces es alimento para intelectualoides trasnochados obsesionados por el Ello freudiano. Lo cierto es que la serie, recintemente concluida tras 43 episodios de 25 minutos de duración cada uno, es una adaptación -muy mejorada según dicen los que han visto ambas- de la serie israelí Be ' tipul, que fue un éxito masivo y popular en su país (cierto es que los isráelíes están para pasar todos por el diván, con eso de repetir los patrones de conducta sufridos). La cosa va de teatro filmado y producción muy barata basada en guiones inteligentes, actores sobresalientes y muy buenos directores (de nuevo, a la cabeza, Rodrigo García, el hijo de Gabriel García Márquez y autor de dos películas que a mí me encantan y que demuestra su maestría para dirigir actrices: Cosas que diría con sólo mirarla y 9 vidas; Passengers, aún no la he visto). En una época donde los efectos especiales y las explosiones dominan la producción audiviosual, se agradece esta vuelta a lo esencial. Aún no la hemos terminado de ver -vamos por el episodio 14- y lo mismo pasa como con casi todas las series, que de pronto la cosa cae en picado por intentar rizar el rizo de las tramas. De momento, resulta un enganche ver cómo se entrelazan las pesquisas del terapeuta para intentar distanciarse de sus pacientes y ayudarlos y cómo, inevitablemente, mienten, en un desesperado intento de adquirir ventaja y no mostrar su debilidad ante los deseos más profundos que nos estructuran. Además de Gabriel Byrne, el psiquiatra que nos va apareciendo ante nuestros ojos como ora un dios, ora como un pusilánime, ora como un hombre confundido y perdido, aparecen Melissa George, Blair Underwood, Mia Wasikowska (qué actriz, esta chica adolescente), Josh Charles, Embeth Davidtz o Diane Weist (la fabulosa actriz woddyallenesca). Cada capítulo es una sesión de terapia con un paciente -o con dos a la vez, como el caso de Jake y Amy, el matrimonio en crisis-diferente que se repite cada cinco, mientras lo vemos avanzar y retroceder en su lucha por sacar a la luz lo voluntaria o inconscientemente oculto que rige sus acciones. No quiero contar nada más. En los últimos emmys y globos de oro ganaron varios premios. Haceros con ella.




Giamatti de John Adams y Wilkinson de Benjamin Franklin.


3. John Adams. Otra serie muy premiada en los últimos globos de oro y emmys. Creo que la están echando por el Plus. Nosotros ya nos la hemos visto. Es uan miniserie histórica, de siete episodios de uan hora, magníficamente interpretada y amabientada, sobre la vida del que fue uno de los padres de la constitución americana y segundo presidente de los EEUU, el abogado y folósofo político John Adams, aquí interpretado por el inigualable histrión Paul Giamatti (Entre copas, The Man of the moon, American splendor, La joven del agua...). A los que gusten de las series históricas, ésta cuenta con el beneficio de enseñar una historia del origen de los EEUU nada edulcorada y muy lejana a la forma en que desde el cine nos contaron su historia a la manera de vaqueros y forajidos y héroes sin mácula. Me chirría un poco el uso de dos piezas musicales ya usadas con maestría por Kubrick en su film Barry Lyndon -soy de los que lo adoran; luego están los que les parece un coñazo esteticista: para gustos...-, la sarabanda de Haendel y la adaptación que se hizo para la película del segundo movimiento del concierto para piano, violín y chelo op. 100 de Franz Schubert. Es como usar el O Fortuna de los Carmina Burana cada vez que se filma una escena de luchas medievales porque a John Boorman le funcionó en Excalibur. ¿No hay más músicas que puedan ilustrar el espíritu estético y decadente de la trassición entre los siglos XVIII y XIX? Excepto esta pijada, resulta estimulante ver cómo los yanquis -algunos- son capaces de revisarse una y otra vez su historia y de admitir que los hombres no son sólo blancos y negros y que un hombre fundamental para tu historia puede ser a la vez brillante, inteligente, mezquino, feo, huraño, torpe, maleducado y extremadamente vanidoso. Magníficos también los actores John Wilkinson -magnífico en películas como Normal o Michael Clayton-como Benjamin Franklin, Laura Linney como Abigail, la sensata y amorosa esposa de Adams o Sarah Polley -sí, la de Mi vida sin mí de Isabel Coixet- como hija de los Adams.

Los principales protaginistas de Mad men.


4. Mad Men. Ésta es de la NBC, dirigida y creada por Matthew Weiner, y se han emitido hasta ahora dos temporadas. Ahora mismo la están echando por Canal Plus, si no me equivoco. Con una producción visual exquisita, cuenta las tramas sentimentales e intrigas palaciegas en una compañía de publicidad estadounidense en el inicio de los años sesenta. Hubo quien definió las técnicas publicitarias como el arte de separar a la gente de su dinero -hay una serie documental muy buena presentada por Dennis Hooper que se llama precisamente así- y en esta serie vemos el inicio de técnicas publicitarias que han mantenido el capitalismo que hemos sufrido hasta hoy así como el envés del American Way of life que con tanto terrón de azúcar nos vendían en las películas de Doris Day y Rock Hudson. Es una serie que cuenta con un actor principal -Jon Hamm- que es casi el prototipo del hombre que derrite a las mujeres con sólo encender el cigarrillo.




Don y Betty Draper: tras el matrimonio modelo se esconde mucho secrerto de estado.


Una especie de Cary Grant de planta pero en macho heterosexual y lleno de secretos. En la serie apenas existe un plano donde los actores y actrices no estén fumando y bebiendo -signos de distinción del hombre moderno de entonces: ¡cómo hemos cambiado!- para hacer caulquier cosa. Es una serie sobre quién eres realmente, qué se esconde tras las apariencias. Y, sobre todo, sobre la ambición. Seis emmys, dos globos de oro, un elenco excelente, las curvas venusinas de la actriz Christina Hendricks, y unos títulos de crédito excelentes la avalan. Una serie que ilustra con precisión en qué nos hemos convertido después de casi 50 años de que la imaginación y la creatividad se pusieran en manos del mercado para generar deseos e insatisfacción. Otra que hay que ver.





5. Y, bueno, a mí me gusta Lost. Para un chaval que flipaba con El túnel del tiempo, Tierra de Gigantes, Los Thunderbirds, Perdidos en el espacio, Viaje al fondo del mar y luego con las series y pelis de ciencia-ficción de los sesenta y setenta (Espacio: 1999, UFO, Star Trek, Galactica, El planeta de los simios...) llegar a los 2000 con una serie tan capaz de entredar tramas y jugar como un mago entre flashabacks, falsas apariencias, fastforwards para contarte la historia del accidente de unos náufragos en una isla, Lost, que aaba de empezar su 5º teporada en los EEUU, asegura un buen rato de entretenimiento. Sí, los actores están siempre guapos -salvo Hurley, el gordísimo chicano y Ben Linus, el malo más inquietante que he visto en los últimos tiempos en televisión- y mantener el nivel durante tantos años es muy difícil. Pero Lost es muy adictiva y entretenida y juega con los géneros y el suspense con mucha maestría. Marcará época, seguro. Además es la resposnable del fenómeno de enganche colectivo a una serie a través de la red mayor desde que Internet se inventó. Dentro de unos años, quien no sepa qué es la Inciativa Dharma será tan despreciado como quien no sepa quién es el capitán Kirk en una convención de trekkies.

Big Love: papá y sus increíbles esposas.

6.Big Love. Acaba de empezar su tercera temporada. Otra de HBO. Otra que dirige en algún episodio Rodrigo García (¡levántense!). Una producida por Tom Hanks. Otra vez un punto de arranque marciano: un hombre maduro, empresario americano, trabajador, familiar y honesto, vive y mantienen relaciones con tres mujeres de edades diferentes. Es, al pronto lo descubrimos, polígamo según su condición de mormón. Al pobre Bill Paxton -Bill Henrickson en la ficción- pasamos en apenas 40 minutos de enviadiarlo -"¡hala, tres tías para él solito! Y cada noche le toca con una..."- a tenerle una lástima terrible: "¿cómo puede sobrevivir a tres mujeres conspirando continuamente por su lugar en el (poli) matrimonio y luchando entre ellas?". Los actores -y es cosa habitual, ya vemos- vuelven a brillar con un elenco donde sobresalen el propio Paxton, la intrigante Chlöe Sevigny -pero qué tía más mala malísima-, la abnegada Jeanne Tripplehorn (¿os acordáis de la verdadera asesina en Instinto básico?), la perturbada y magnífica Grace Zabriskie (en Inland Empire de David Lynch ponía su rostro imposible, resentido, histriónico y salido de cien años de alcoholismo al servicio de la pérdida de olla de Laura Dern) o el único Travis verdadero de Paris-Texas, Harry Dean Stanton. Intrigas familiares, miedo al que dirán, leyes frente a ¿libertad? de culto, fe contra razón y, sobre todo frente a ambición de poder y deseo, el poder que se esconde tras las religiones, y el deseo del protagonista de actuar conforme a sus principios religiosos y a su acentuado individualismo yanqui crean una serie muy recomendable que se cisca en el matrimonio desde todos los ángulos. No es una obra maestra, pero nunca baja del notable.





7. True Blood (+ Studio 60, Californication, Heroes, Damages, House, Life on Mars y otras). Hablaría también de Studio 60, un melodrama que no pasó de su primera temporada, a pesar de su calidad, sobre el mundo de la televisión; Damages, con Glenn Close estupenda de abogada; la divertida y rockera Californication protagonizada por un David Duchovny en estado de gracia; la recién estrenada -lleva tres episodios- United States of Tara, que está producida por el mismísimo Spielberg...



Life on mars (versión británica, la buena).




... de House, a pesar de que cada episodio es casi un calco del anterior, ¡cómo me gusta Hugh Laurie cuando dice sarcoidosis o cuando le vacila a Lisa Cuddy!; de Life on Mars -la versión británica- serie de 26 episodios donde un detective de policía, tras un accidente, se despierta en el año 1973 y acaba en una comisaría de policía de Manchester pillando a criminales y todo sin saber si está loco, soñando o ha viajado por el tiempo: bien interpretada y ambientada, aunque para mí el final es algo decepcionante; o incluso de Heroes, a pesar de que lo prometido en la primera temporada ha ido decreciendo con las dos siguientes, resultona para los que le gusten los superhéroes sin capa, mallas ni antifaz. Y, cómo no, de True Blood, que ha acabado su primera temporada en los EEUU y habla de vampiros. De entrada, es una serie donde nada es lo que parece -aunque los listillos siempre acertemos en algo, claro, para eso llevamos siglos vampirizando ficciones- y donde se habla del miedo a lo que desconoces, de adicciones, de deseo, de dominación y de sexo, mucho sexo. Comparto la opinión también de los que dicen que a los personajes, estando bien dibujados e interpretados en general, les falta un hervor interpretativo. Pero logran engancharte. True Blood apunta maneras de serie de largo recorrido que va a ir cogiendo altura a medida que avance. Yo apostaría algo. Y si bien es cierto que el episodio piloto fue de una sosería importante y tampoco me encuentro entre los devoradores de vampiros, al llegar acabar la priemra temporada resulta innegable que hay que darle una oportunidad. Al cabo se trata de una serie sobre las ideas preconcebidas con respecto a lo otro, lo que nos parece diferente y extraño. Yo veo una serie sobre la xenofobia en un sur yanqui donde los vampiros se han convertido en los antiguos esclavos negros. Una serie sobre los prejuicios y la paranoia yanqui. Mención aparte merece el personaje del hermano de la protagonista, un jovencito cachas semioligofrénico obsesionado por su potencia sexual, que empieza representando el odio cerril hacia estos seres extraños y va queriendo poco a poco convertirse en uno de ellos. Es un cretino al que le vas cogiendo cariño por su absoluta simpleza. Y, cosas de freakies, el actor que intepretó en Blade Runner a JF Sebastian, William Sanderson, hace el papel de sheriff del pueblito sureño. Además el tema de cabecera es un blues tomwaitsiano espléndido (Bad Things, magnífico: quiero hacer cositas malas contigo, dice la letra). Vale, se huele que la cosa va de que el más raro aparentemente, el vampiro protagonista, al final va a resultar el más humano. Y se ve también que tampoco pasarán muchos episodios para que veamos que el dueño del bar, el jefe de Anna Panquin, buen mozo enamorado de ella, (Sam Merlotte) se nos revele como licántropo o así y acabemos viendo una rivalidad a muerte entre los dos monstruos por conseguir a la chica. Allan Ball, (el de Six feet under, creador también de esta serie) es un realista paródico. No está a la altura de esa obra maestra que coronó el post, pero es muy entretenida. En fin, ya tienen un menú suficiente. Guarden sitio en el disco duero y en su ocio o desesperación hipotecaria y dejen de ver Gran Hermano, Fama y CSI, por dios, que menudo coñazo.