"Cuando se vierte agua en el suelo, ésta evita las partes secas y va hacia las que están húmedas. Si dos troncos se colocan en el fuego, éste evita el mojado y enciende el seco. Todas las cosas rechazan lo que les es distinto y se unen a lo que es igual. Por eso, cuando dos «Chi» son similares, coalescen; cuando dos notas se corresponden, resuenan.
La prueba empírica de esto es muy clara: prueba de afinar un chin. La nota Kong o la Shang de otros instrumentos de cuerda resonarán por si mismas. Del mismo modo, las cosas hermosas llaman a otras cosas en la clase de las hermosas, las repulsivas llaman a otras en la clase de las cosas repulsivas.
Esto proviene del modo complementario en que se corresponden las cosas de la misma clase. Las cosas se llaman unas a otras, lo igual con lo igual, un dragón trayendo lluvia, un abanico apartando el calor, el sitio donde ha estado un ejército, llenándose de zarzas. Las cosas hermosas o repulsivas, todas tienen un origen. Si se cree que construyen el destino es porque nadie conoce dónde esta su origen. No hay ningún suceso que no dependa para su inicio de algo anterior al que responde porque pertenece a la misma categoría y por eso se mueve.
Como he dicho, cuando se toca la nota Kong en el chin, otras cuerdas Kong cercanas reverberan por si mismas en resonancia complementaria; es un caso de cosas comparables, afectadas de acuerdo con la clase a que pertenecen. Son movidas por un sonido no provocado en ellos, y acompañando al movimiento y la acción, describen el fenómeno como un «sonar espontáneo» y, dondequiera que hay reacción mutua sin nada visible para explicarlo, suelen describir el fenómeno como sucedido «espontáneamente así».
Pero en verdad no hay nada «espontáneamente así.» Cada cosa en el universo está sintonizada con ciertas otras, y cambia cuando éstas cambian."
http://es.wikipedia.org/wiki/Dong_Zhongshu
http://fraternidadbabel.blogspot.com/2006/03/el-coleccionista-de-frases-14.html
viernes, 21 de marzo de 2008
Un texto de Dong Zhongshu
miércoles, 19 de marzo de 2008
Miranda se corta el pelo
Selva lame un corazón de azúcar. Miranda me mira mientras le enseño a dibujar casas a Selva. Yo miro a Miranda a través del espejo mientras se corta el pelo. Selva empieza respirar sentada en mis rodillas como quien se entrega a una duna de arena. Miranda ríe, mientras el pelo cae sobre sus hombros. Selva me da un beso y le da el corazón a Miranda. Miranda lame el corazón de todos y sonríe.
martes, 18 de marzo de 2008
Novio de la muerte (jueves santo)
Y desde aquel balcón en la plaza que era de Queipo de Llano, pero ahora no y antes tampoco, yo pensaba cuál de todos esos Cristos era el auténtico. Y desde ese balcón debajo de una manta, pensaba cuál de aquellos nazarenos diminutos desde el balcón era el verdadero Encapuchado. El Encapuchado no era sino el héroe de esas novelas antiguas de detectives de a dos pesetas quincenales que en casa de mi tía –que ni era mi tía, ni era suya la casa– esperaban temerosas mi insaciable curiosidad de mocoso queriendo saber cuál de todos aquellos encapuchados era el verdadero.
Y era el Jueves esperado desde aquel balcón del séptimo derecha. Era el jueves de los legionarios desde el balcón del séptimo derecha del edificio del Zaragozano. El jueves de todos los primos debajo de una manta mientras Tita –que era sobre todo bisabuela– rezaba sin manta y con el chal raído de tanto estar en el balcón en Semana Santa. Tita ilustrándonos los temblores de la noche: Tita anunciando los tambores y ahuyentándonos el frío. Y era que Tita contaba historias de manos de vírgenes de esperanza y los tronos pasando. Y de piernas de Cristo mutilado y los caballos trotando. Historias del rostro escondido de esa virgen y de rojos malvados y los flechas desfilando. O historias del manto de flores de otra virgen y la legión llegando. Y las historias de Tita se callaban de pronto porque ya sonaba la zarpa de acero de la muerte en las voces de los legionarios. Y allí, entre los primos debajo de la manta sólo yo sabía que la muerte de la que eran novios los legionarios era la misma muerte que salía en una portada de aquellas novelas antiguas del Encapuchado de a dos pesetas quincenales.
Y fue entonces que entendí –porque tuve una tía que era bisabuela, pero también madrina– que las cosas de Dios y los cristianos eran como las pistas, los fragmentos sueltos de un misterioso enigma de novela de detectives con demasiadas pistas y miedo y misterio. Porque, además de las manos y los rostros de las vírgenes escondidos para que no se lo llevaran aquellos malvados rojos, además de las piernas mutiladas de un Cristo tenebroso, tenían también los clavos de Cristo, la Sábana Santa, los lignum crucis, el paño de la Verónica, la Sábana de Turín, la Túnica Sagrada, el Santo Grial, las reliquias de Fray Leopoldo o el brazo incorrupto de Santa Teresa. Fue entonces cuando me aficioné a los puzzles y a los juegos de encontrar cosas y pistas perdidas en lugares muy raros. Y cuando las reunieras todas seguro que descubrías el enigma. Y fue entonces que yo quise hacerme cristiano en serio. Lo que fuera, con tal de descubrir qué Cristo de todos aquellos era el verdadero.
Y eran los jueves en que Tita me llevaba a alguna iglesia para ponerme aún más difícil descubrir qué Cristo era el verdadero. Entonces yo ya sabía que la disputa estaba entre dos solamente. Y yo dudaba y dudaba entre el de los legionarios –más que nada por la zarpa de acero, el mono y el carnero– y ese otro elegante de un tal Benlliure que movía la mano para echar bendiciones. Y eso era porque yo no sabía nada de mecánica, ni de rojos. Y eso era porque éste todavía no estaba crucificado y, de aguantar así, durarían más las vacaciones en el balcón debajo de una manta.
Y fue que un Jueves Santo, por fin, Tita -que era también madrina- se decidió a enseñarme de una vez dónde estaba el verdadero Cristo. Y no era ninguno de los que yo pensaba. Estaba allí, en un retrato en la Iglesia de los Mártires. Y entendí de repente, que todos ésos que se mecían en sus tronos no eran más que impostores de ése otro que vivía en un retrato en la Iglesia de los Mártires. Y supe entonces que saber cosas da mucho miedo a veces. Y fue que Tita tuvo que llevarme temblando a casa después de ver aquel dibujo aterrador del auténtico Cristo que estaba en la Iglesia de los Mártires. Comprendí entonces que Cristo tenía que ser el Encapuchado protagonista de esas novelas de detectives antiguas de a dos pesetas quincenales. Era por eso que no salía en los tronos: para Cristo era más importante hacer justicia que lucirse.
Y pasaban los años y los jueves en el balcón debajo de una manta. Y seguíamos los primos escuchando el himno de la legión dos veces, en la boca de los legionarios y en el eco del puerto que rebotaba en el balcón. Y todo eso, y ya con menos miedo de Cristo en el cuerpo, se lo contaba yo a mis amigos del cole que no tenían balcón en el último piso del edificio del Banco Zaragozano, donde todos quedaban para verse, y por eso no podían escuchar como yo el himno de la legión dos veces porque no tenían el eco del puerto. Y era por eso que yo me sabía mejor que mis amigos el himno de la legión porque a ellos no les rebotaba dos veces en el estómago el eco de los tambores, ni la zarpa de acero ni la insignia rescatar.
Pero fue que a Tita se le empezó a desordenar poco a poco el calendario de su vida y ya no siempre estábamos los primos en el balcón debajo de la manta, aunque siguiera sonando dos veces en el balcón el novio de la muerte que salía en la portada de una de las novelas del Encapuchado. Y fue que de pronto me di cuenta que la zarpa no era de acero, sino “de fiera”. Y ya nunca fue lo mismo. Y fue que dejó de preocuparme tanto saber cuál de los nazarenos era el Encapuchado. Y fue que empecé a querer estar con mis amigos abajo, en la puerta del Zaragozano, aunque no escuchara dos veces el himno de la legión y aunque Tita siguiera siendo madrina, Rosario y bisabuela y guardando secretos.
Y seguían pasando jueves y seguían cantando los legionarios. Hasta que llegó el día en que Tita dejó de salir a aquel balcón, que ya era como suyo, aunque la casa fuese de mis abuelos. Para entonces yo ya no quería ser cristiano. Ni tampoco quería hacer puzzles. Ni leer novelas del Encapuchado. Ni ir a las iglesias los jueves de su mano para aterrarme con la réplica dibujada del paño de la Verónica que había en la Iglesia de los Mártires. Aunque el balcón siguiera en su sitio, en el séptimo piso, y yo siguiese sin saber nada de mecánica.
Ya han pasado varios jueves desde que Tita ya no es ni madrina, ni bisabuela, ni Rosario. Yo ya no sé a dónde fueron a parar aquellas mantas ni las novelas del Encapuchado. Yo ya no recuerdo bien las historias que me contaba aquella mujer buena debajo de la manta. Yo ya no me sé de memoria el himno de legión. Apenas veo a mis primos. He seguido haciendo puzzles de vez en cuando. Me gustan otros misterios. La casa que nunca fue de mi tía ni tan siquiera es ya de mis abuelos, que acabaron siguiéndola en su silencio. El balcón sigue ahí. Y allí seguirá escuchándose dos veces el himno de la legión mientras sigan cantando a esa novia que se llevó a mi tía Rosario.
A veces miro desde abajo con algún amigo, desde el mismo sitio que cualquiera, hacia aquel balcón del séptimo piso. Le cuento que ésa, sí ésa, era la casa de mi Tía Rosario. Que ése era su balcón. Que allí los primos nos reuníamos los jueves santos a escuchar el himno de la legión dos veces y sus historias de brazos, vírgenes, cristos y rojos una y otra vez. Que ése será siempre el balcón donde los jueves Tita Rosario nos ponía una manta para ver a la legión sin que pasáramos frío.
Y acabo confesando un secreto: nunca me he atrevido a contemplar el rostro que hay detrás de un encapuchado.
(Publicado en el suplemento de Semana Santa Especial de Diario 16 Málaga. Marzo 1990).
viernes, 14 de marzo de 2008
El anillo de Miranda
Un anillo. Miranda no quiere un nuevo anillo. Quiere que su anillo de siempre sea distinto. Me adentro en la tierra con el anillo vacío de Miranda buscando la piedra que lo corone.
La dueña de la tierra luce como una vieja y confortable madame que se las sabe todas. Habla por un cable a una amiga de Capadocia, ajena al anillo. Aunque me dedica miradas de ternura que yo finjo no ver. Su hija sonríe y mueve el cuello para mí al darse la vuelta y enseñarme más piedras. Agradezco su coquetería pero me une aún más a la piedra que busco.
-Necesito una piedra violeta. Necesito una amatista.
Nadie en la tierra tiene lo que busco. Me ofrecen granates y circonitas. Me deslizan turquesas y jaspes. Mido turmalinas, ágatas y jades. Y no son las que busco.
-Me parece que no tenemos lo que buscas. Es muy difícil. ¿No es mejor hacer otro anillo?
-No. Miranda quiere que lo de siempre sea distinto. Y yo la entiendo.
-¿Regalarás a Miranda un anillo de otro hombre?
-Regalaré a Miranda el anillo de Miranda.
De pronto, un hombre entra en la tierra y habla con su dueña. Es un hombre bajito y pícaro, de ojos azules y sonrisa serena. Ya gasta canas y entradas profundas. Nos cruzamos la mirada mientras sopeso ónices y me sonríe. Es el hombre que arregla anillos, pule obsidianas y e inventa geometrías en los cuarzos. Trabaja para la tierra.
-Mira, no hacemos esto nunca, pero quizás Rafael pueda ayudarte.
-¿Y qué buscas, hombre?
-Una piedra violeta para el anillo de Miranda.
-¿Una amatista?
Se iluminan mis ojos. Me siento un árbol de repente.
-¡Una amatista, claro!
-El anillo es muy hermoso. Miranda tendrá su anillo.
-¿Y cuándo podré tenerlo?
-Yo te llamaré. Ya que la has encontrado no tendrás prisa, ¿no? ¡Qué digo! El amor siempre tiene prisa. Pronto. Yo te llamaré.
Sale Rafael de la tierra. Parece burlón y feliz. Me miran cómplices la dueña de la tierra y su hija. Ésta me venderá antes de marchar dos tornillos de plata por una moneda.
-¿Sólo una?
-Sólo una. Es suficiente.
Guarda la plata en un sobre de oro y me lo entrega.
-Ya tienes el anillo de Miranda.
Sonrío y miro a madre e hija. Doy las gracias. Salgo de la tierra como quien encuentra un tesoro. Recuerdo unas palabras dichas anteanoche:
-Estoy deseando zambullirme en tu alma. Celebrar frente a todos. Quiero lo real. Lo real imaginado.
Y todo se hace violeta de repente.
Miranda y el mar
Hablo de Miranda porque es ella. Es casi mediodía y Miranda conduce con el hilo de la voz uniéndonos mientras cruza la Estepa. Si alguien nos escuchara sentiría a una pequeña orquesta de cámara mezclando chelo y piano en nuestras voces. Viaja Miranda a buscar a sus niñas que no son suyas. Y, mientras, en este estar aparentemente lejos, dos pechos se sienten cada vez más cerca e tanto las distancias en kilómetros se estiran y se alejan.
-Bueno, amor. Que me están pitando y van a multar. Luego te llamo.
Treinta minutos después, Miranda vuelve a llamar.
-¿Estás en casa?
-Sí.
-Coge el disco de Amancio Prada de Leo Ferré. El de Vida de artista. Yo tengo mi copia aquí en el coche y la estoy escuchando.
-Espera, lo busco.
-Está en el montón de la izquierda de los cedés.
-¡Qué memoria visual! Ahí estaba.
-Pon el corte once, cuando vaya a sonar, cortamos el teléfono y lo escuchamos a la vez juntos.
-Ya...
(Y entonces la voz de cristal de Amancio y la guitarra de Josete sustituyen al pipipi del teléfono móvil. Y dice Amancio interpretando a Leo Ferré):
La marea en el corazón
me zarandea como un cisne
me muero en cada canción
de una inocencia al aire libre (...)
Soy el fantasma de luna
que sale en noches de escarcha
para abrazarte en la bruma
y recogerte en su marcha (...)
Se hundió la mar se acabó
la arena bala en la playa
como rebaño infinito...
La mar pastora me llama.
Una hora después, Miranda vuelve a llamar. Digo, holamiamor pero no me contesta. Está hablando con sus niñas que no son suyas. Sólo me ha invitado, invisible, a estar con ellas, a escucharlas y hacerlas reales. Luna, la mayor, canta una canción de broma. Selva, la salvaje india chiquinina, repite el eco de las palabras de su hermana en algunos finales. Yo también la acompaño, entre risas arrobadas, aunque nadie me escucha ni lo sabe. Miranda ríe feliz y desbordada, con esa risa de madreniña que gasta, ante cada paso de baile que no puedo ver pero que estoy viendo. Ríe porque son suyas las niñas que no son suyas y quiere que sean, en este instante, en este sólo momento, mías con ella. Y que mía a su lado sea también esta pertenencia del amor que tiene sin poseer. Esta felicidad por el fruto que crece libre y bello. Este jardín de alegría, tan lejos, tan cerca, tan por teléfono, tan azul envolviendo, tan eso quiero, amor, no sé hasta cuándo, pero en este instante sin dudarlo para siempre.
Y Miranda, aquí, a mi lado cuidando nuestros pasos. Haciéndose visible en lo invisible. Llenando de luz la ciénaga y la distancia. Con su voz cristalina, que es todas las cosas buenas que recuerdo.
El dedo de mi padre
El dedo de mi padre
Se esconde en un cajón y está amarillo.
Yo encuentro el dedo de mi padre
Yo conozco a mi padre porque sé su secreto.
Ahora guardo el cajón y ya no hay dedo.
Mi padre sigue siendo sus secretos.
Ya no puede asombrarte con un truco de magia.
Miranda y la energía
Intensidad. Ésta es la palabra. Alejarse Miranda y caer en un agotamiento repentino, en un recital de calambres, agujetas y entumecimientos donde antes, hasta hace apenas treinta minutos sólo había ligereza, luz azul y energía. Dice que ella lo mismo. La creo. Y no la creo. Pero la siento y la creo.
