lunes, 14 de abril de 2008

Por la lectura y contra los cánones

Una amiga, Isabel Guerrero, me hace llegar este manifiesto de José Luis Sampedro donde se asombra de la razón por la que la SGAE pretende ahora cobrar un canon a las bibliotecas por préstamo de libros. No hace falta añadir mucho. Con Sampedro yo me callo.


POR LA LECTURA


Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.


Muchos años después hice una visita a una bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.


Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.


Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.


Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.


Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?


Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos?
No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

escritor y filósofo
(Si estas de acuerdo, pásalo).

domingo, 13 de abril de 2008

Conozco a Miranda

Conocí a Miranda en una fiesta en casa de mi mejor amiga. Yo entonces era afán de sirena y había encontrado en una aquella brújula que perdí de niño en los ojos de Medusa. Era primavera para todos y hombres y mujeres reían en la terraza. Bebían líquidos espumosos y de colores. Fumaban plantas viejas que hacen reír. Podían reír sin ellas, pero era tarde de sirenas, brújulas locas y primavera. Mi amiga Silene miraba a su hombre con la distancia de quien recibe más heridas de las que necesita. Silene es delicada y tierna, estricta consigo y busca una perla que no sabe si perdió algún día. Silene tiene el poder del sabor y la delicadeza. De un vegetal moribundo, de unos granos de sal y unos cuencos de agua Silene construye naves que alimentan al corazón y a la memoria del paladar. Ese día, Silene lloraba sin notarse y nosotros, sus amigos, la consolábamos sin hacer ruido.

Llamaron a la puerta. Y salí a abrir. Medusa estaba descalza sentada en un sofá, con su voz de tiniebla seductora, con sus ojos de haber perdido un niño en un pantano.
Aparecieron tres mujeres detrás del timbre. Conocía a una de ellas. Ella no quería reconocerme. Las otras dos se movían como dos ninfas sensuales. Unos vestidos simples moldeaban sus cuerpos. Se parecían ambas. Entraron detrás de la mujer que conocía que ni me saludó. Reían demasiado, atropelladamente y juntas las dos mujeres sensuales. La risa de una de ellas me hizo sonreír, pero la voz de campana antigua de Medusa me hizo volver la cara.
-Tráeme una copa, cariño.
Me dirigí a la cocina a prepararle sus pócimas a Medusa. De esa manera podía dosificarle las cantidades. Yo era entonces afán de sirena y brújula encontrada, ya recuerdan. Así que dejé que la risa que acababa de entrar se perdiera en la terraza, donde reinaba el hombre de Silene. En la terraza sonaban carcajadas como en coches de choque. En el comedor, reíamos suave, al compás de esa tristeza de Silene que no se notaba. Sólo se notaba el estruendo seductor de Medusa y sus arcanos como una invocación al temblor.

Mientras Medusa leía las runas a Silene y ésta quería creer y encontrar bálsamo a su tristeza invisible, decidí entrar en la terraza. Volví a encontrarme con esas dos mujeres parecidas, que reían sin parar y enseñaban los dientes cada vez que lo hacían, ya un poco más libres ambas de la tercera mujer que no me saludaba.
-Hola, ¿alguien me presenta?
Así le dije a otro amigo común, Ramiro, antiguo compañero de crónicas escritas. Ramiro es desgarbado, casi una caricatura. Sabe convertirse en un dibujo animado para observar a la gente cuando no saben que nadie les mira. Tiene un zurrón donde guarda chistes que lanza a las conversaciones como un payaso lanza confeti en las fiestas infantiles.
-Aquí Ariel, escritor y periodista. Ella es Sara y ella…
-Miranda.
-Hola, encantado.
-Miranda es fotógrafa.

Miranda me miró por primera vez. Sin mirarme siquiera. Pero en ese pequeño fogonazo de sonrisa entre maléfica e infantil vi tres cosas en ella: sus ojos de gata, su voz Amadeus y una extraña energía que volaba a su alrededor invitándote a no separar la mano.
Miranda se dio la vuelta y siguió riendo con la chica tan parecida a ella. Eran hermanas, apuntó Ramiro antes de lanzar confetti. Apareció la mujer que no quería reconocerme y me dio la espalda. Disimulando, seguí hablando con la terraza antes de volver al redil de Medusa y Silene.

Me tiré toda la noche lanzando miradas a la terraza. Si Miranda entraba en nuestra guarida yo volvía la cabeza hacia Medusa. Medusa, con todo su poder para captar atracciones invisibles, no reparó en Miranda. Yo opté por no encender su alma de Medea. Unas horas después, Medusa y yo estábamos compartiendo saliva y manos. No recuerdo si recordé a Miranda el resto de la noche. No es importante. Ella ya había dejado su primer grano de trigo sin saberlo.

viernes, 4 de abril de 2008

Tres días sin Miranda

Sin Miranda en tres días de horizonte, antes de sucumbir y sin parar de sentirla, releo en la memoria de silicio la crónica de los primeros encuentros con ella. Tiempos donde ella no era más que una inicial, un secreto apenas compartido, un noselodigasanadiesimequieres. Vuelve a desesperezarse aquel tiempo de buscarla, de buscarme. Las señales. Los mensajes encriptados. Las playas abandonadas. Las ruinas. Los aguaceros. La clandestinidad. Las confesiones. Las cáscaras de mandarina. El olor de la especia. La saliva y su boca grande y fresca, sonriendo. Su espalda desnuda y su piel. Su voz de armonio. Su risa y sus ojos de gata. Sus ausencias y apariciones de madrugada. Las llaves de mi casa que le di al segundo día de conocerla. Las manos nuestras, que daban calor de planeta naciendo y sanaban. Sus cuadernos. Sus amores. Los míos. Los hilos enredados. La determinación, la resolución, las dudas, el dolor, el arrebato, la decisión, el color violeta, el palimpsesto en la arena de la playa, la confesión, la pérdida, el miedo y el silencio, el valor. La ruptura de la maldición, la confianza, sus camisas en mi armario, sus caricias en mi almario, el bote de pintura blanca con el que cegó huellas antiguas sobre mi cama... La entrega, la energía haciendo signos de infinito de un pecho a otro, su belleza sin remisión, su mirada enamorada, los rostros de ambos, como espejos multiplicándose, la necesidad de construir, el viaje a la luz, la música de Alasdair Fraser y Natalie Haas para desayunarse, el buenos días, amor, su risa iluminada, su ahora me siento libre, el compromiso, el matrimonio del cielo y del infierno.

Ahora, la ausencia duele y gusta. Es echar de menos compartido. Dos drogadictos conscientes de su adicción, manteniéndola a raya, sabiendo que no tendrán opio para el fin de semana. Dos amantes pidiéndose garantías, atándose al palo mayor de las promesas. Alimentando y encadenando al animal de los celos.

Busco entre los antiguos correos que mandaba a diario a una amiga que sueña en verso, palabras ajenas que le mandé hace meses, cuando Miranda empezaba a convertirse en una presencia que lo iba arrasando, dulcemente, todo. De ese relato diario, ahora tan precioso, dos poemas. El primero es de Yannis Ritsos. El segundo de Raymond Carver. Ambos poetas son imprescindibles.


Debajo del olvido

Lo único concreto que quedó de él, fue su chaqueta.
La colgaron allí, en el gran armario. Fue olvidada,
apretada en el fondo por nuestras ropas, de verano, de invierno,
cada año, nuevas para nuestras necesidades.
Hasta que un día
nos llamó la atención, puede que por su extraño
color,
puede que por el corte pasado de moda. Encima
de sus botones,
quedaban tres paisajes circulares de forma parecida:
el muro de la ejecución con cuatro agujeros, y
en torno, nuestro remordimiento.



ÚLTIMO FRAGMENTO

¿Y conseguiste lo que querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado,
sentirme amado en la tierra.

martes, 1 de abril de 2008

Cuentos

Por las noches, cuando nos acurrucamos, cerca el uno del otro gracias a la piel o a los hilos de cobre, Miranda y yo nos contamos cuentos. Nos gusta que nos cuenten cuentos y leerlos. Nos gusta cómo suenan nuestras voces y parece que los hemos escrito nosotros.
Un día Miranda es Italo Calvino. Otro día es el hombre de la máquina del tiempo. Otro día soy yo un viejo poeta griego. O un escritor uruguayo que cuenta los abrazos. Hasta nosotros mismos hemos sido. Y anónimos también fuimos una noche que nos gustó no tener nombre siquiera.

No vamos a mentir. Ni Miranda ni yo nos hemos entregado a otros seres por primera vez. Hemos amado y nos han amado. Y se nota. Pero ahora, y como suele suceder y así dicen los cuentos, sentimos que todo es distinto y tienen las cosas un brillo especial. Y son bellas y distintas nuestras voces como nunca han sido. Y son en verdad distintas y bellas, porque es la primera vez que Miranda y yo nos encontramos. Es la primera vez que Miranda y yo nos contamos cuentos cada noche.

-Un hombre que me amó mucho me decía con cierta sorna y reproche que yo lo que buscaba era alguien que me contara cuentos. Y ahora que lo he encontrado pienso que tenía razón.


Miranda, lo dice y sonríe. Y se acurruca a mi lado aunque esté a 50 kilómetros, aunque esté colmándome la piel. Entonces yo empiezo a contar cuentos. Y siento que están hechos para Miranda. Y voy leyendo, despacito y grave, historias de luciérnagas que se ganaban la vida como luces de semáforo en reinos sin electricidad. O historias de niñas que pintaban sus faldas en el colegio con poemas en rotulador rojo. O versos de mujeres que odian la mentira. O sentencias de hombres que coronaron el himalaya de su alma desnuda. Y escucho a Miranda suspirar profundo mientras se sumerge en el sueño. Y le digo entonces en susurros antes de decirle adios lo mucho que la quiero y le pinto el colorín del colorado, y del malva y de los pocos colores que me sé de verdad.

Y así, cuando la oigo dormir, cierro sus ojos en las tapas del libro y leo nuestros nombres firmar todas las historias. Siempre es el mismo libro: Cuentos para Miranda, la mujer que sabe contar y escuchar.

lunes, 24 de marzo de 2008

Miranda sobre el pecho


Miranda se recuesta en mi pecho. Imberbe y casi femenino, se convierte en la guarida del león, en el lugar donde sanar heridas, en el templo donde nada puede pasarle. Y dos animales fabulosos se posan, invisibles, alrededor nuestro para proteger esta ternura. Mientras se curan sus heridas el sonido que la distingue va renombrando las paredes de la casa.

Durante el zumo, mi hijo adolescente cantaba canciones de cuando niño.

-Hoy tengo el corazón contento, papá.


Sonrío. En el estómago surge aquella olvidada sensación de dulce vértigo que te atrapaba antes de entrar a un escenario. Empieza la travesía. Mientras Miranda hace que el agua resbale por su piel devolviéndole la vida poco a poco, convoco un antiguo poema que ahora tiene sentido:


En el equipaje:

una manta de lealtad

y confianza.

La que no da asco.


Y un botiquín de últimos socorros

para los que llegan tarde.

Dentro, un arsenal de drogas prohibidas por los jerarcas del miedo.


Reglamento para evitar mareos:

prescindir del uniforme. La ilusión del poder se sube a la cabeza.

Se acaba navegando en miseria disfrazada: el uno nunca es otro.


Reza al menos una sentencia de vida:

Lo que teme el miserable es la riqueza sin dueño.


Incluye un neceser de amor.

(No ocupa tanto).


Lleva un traje de recambio para las citas imposibles.

De piel dispuesta y gratuita. En silencio de la guarda.

Un calzado desnudo

para coronar la muerte con ternura.


Protégete de la cobardía con bálsamo de los animales olvidados.


Y no olvides el ángel de entretanto regalando el abrazo.


No, no te hace falta brújula, ni culpa, ni justicia.


Venga, zarpa, ya. Es bueno equivocarse.

domingo, 23 de marzo de 2008

Maniquíes 2 (Tánger, Estambul, Málaga, Estocolmo)

Más maniquíes. Ya dije que me gustaban.



















Buscar trabajo

Ahora busco trabajo.



Siempre he buscado trabajo, pero hasta hoy él me ha encontrado a mí. Ahora no sé qué va a suceder. No negaré que tengo cierta zozobra. Y más con mis años, que en función de la edad todo cuesta más: tengo un hijo de 16 años en plena idiocia y desconcierto adolescente; una empresa que necesita comer tres veces para darme una oportunidad de comer sólo una dentro del sistema económico que hemos ayudado a construir; una casa heredada de mi madre que es muy hermosa pero que gasta seis veces más que mis antiguas casas de alquiler; una hipoteca sobre esta casa que te hace sentir como uno de los judíos a los que señalaban las puertas de sus casas en la Alemania nazi: tarde o temprano vendrán por ti; un buen puñado de proyectos e ideas que son buenas o muy buenas, pero que me resultan difíciles de 'vender' porque las instituciones, que son las que se nutren del tipo de 'productos' que creo desde mi empresa, ya tienen copadas sus cuotas de proteccionismo por seres más afines que yo. Siempre quise ser independiente y que me juzgaran exclusivamente por mi trabajo. Siempre quise hacer mi trabajo de la forma más honesta y libre que supiera. Cuando trabajo de periodista, contar lo que veo. Cuando hago ciclos y proyectos para instituciones, manifestar mi independencia laboral e ideológica y ofrecer al público el máximo de transparencia y conocimiento. Compartir lo que se tiene. Ingenuo, ya sé. Pero si cedo por la dificultad de la empresa, mañana me miraré al espejo con vergüenza. Hoy tan sólo me miro con cierta preocupación. Y, total, lo peor que pueda pasarme no me da miedo alguno.



También voy a cumplir 45 años. No los aparento, parece. Pero yo sé que los tengo. Y eso es mala cosa en este juego social. Nadie te quiere en un trabajo si ya te las sabes todas, has aprendido a decir lo que piensas o sabe que vas a ser menos manipulable que otros. Y esos otros suelen ser siempre jóvenes. Básicamente habría que definir la juventud en la sociedad postcapitalista como un estado temporal, mental y jurídico del ser humano donde puede ser manipulado y explotado con patente de corso. Yonquis de las propias necesidades que crea el mercado. Yonquis en la precariedad. Dóciles ciudadanos que eligen entre pastillas rojas y azules fabricadas por el mismo laboratorio.



Mala cosa tener casi 45 años para poder seguir siendo independiente. Mal ejemplo para mi hijo cuando quieres educarle en la cultura del esfuerzo. Es natural que quiera seguir queriendo ser niño. Parecer adulto sólo para tener acceso a los nuevos placeres de la edad: el sexo, la diversión y las drogas. Niño para no tener que preocuparse por las consecuencias del uso y el abuso de los mismos. Es natural. Con sólo un vistazo al mundo adulto no entran ganas de entrar en él. En el mundo adulto no te respetan más. Al contrario.



Recuerdo, cuando tenía 20 años y me marché a Madrid a hacer teatro dejando mis estudios universitarios por aquella vocación en forma de oportunidad que acabé en un grupo donde la mayoría eran bastante mayores que yo. La mayoría ya eran adultos hechos y derechos y, desde luego, mucho más retorcidos de colmillo y hechos a la metrópoli y a la precariedad que aquel pipiolo de provincias. Al principio todos me acogieron con los barzos abiertos y me ofrecían sus casas. Me llevé mi dinero ahorrado en aquellos años -unas 120.000 pesetas del año 1983- y entre todos se lo bebieron y comieron en apenas una semana. "Hoy por ti, mañana por mí", decían. Y yo acaté las reglas de la extraña y maravillosa tribu aquélla, como quien entra por vez primera en un vestuario de veteranos jugadores a los que admiras o es admitido en una sociedad secreta. A los diez días ya sólo una persona aceptaba, a regañadientes que me quedara en un colchón en el suelo de la casa donde su novia le acogía. Si ya no tenía dinero para beber y comer, qué podía aportarles. Era sólo un actor más. Un estorbo. Recuerdo las palabras de uno de los miembros responsables del grupo, hoy actor reconocido, ante el estupor que le producía a aquel chaval tan crudito ése donde dije digo digo Diego:



-La vida son patadas en los huevos, tronco. Y mejor que ta las dé yo, que me caes de puta madre, que te las dé alguien que no te conoce de nada, porque ése te los va a reventar. Por lo menos, de mis patadas te levantas y esta lección te la estoy dando gratis.

-Gratis no, que me habéis dejado sin pasta.

-¡Ja, ja! Qué jodío, ¿ves como de todo se aprende?



Me acuerdo de las palabras de Pepo, Pepo Oliva, y de aquellos días hace 25 años. Ayer estuve buscando en la red nombres y fotografías de los antiguos compañeros. Encontré algunas. Ví obituarios del director del grupo, el gran Roberto Villanueva. Murió hace tres años. Era un hombre absolutamente sabio. Me dejó un libro de Roland Barthes y el piso que compartía con su compañero en Antón Martín durante un par de meses, con la colección fantástica de discos que tenían (la mayoría de sus discos eran de José Paéz, que era también director de teatro y músico), su biblioteca y muchos cómics de El Víbora y Cairo. La verdad es que yo me sentía un poco incómodo porque sentía que le gustaba a ambos y a mí no me gustaban los hombres. Lo intenté en su día, pero, quiá, ése no era mi camino. Seguramente le hubiera ido mejor a mi carrera. Pero, en eso estamos en lo mismo. No quiero que mi polla consiga lo que mi talento no alcanza.

También guardé ayer en el disco duro las fotos de Fernando Suárez que vi en su día entre mis manos, ahora convertidas en un documento digital. Hace 25 años. Encontré en Youtube vídeos de mi compañero de piso y amigo, un músico y un hombre bueno, con una voz de bajo hermosa y el alma limpia, Justo Lera. Y vi una foto de su novia y compañera de grupo, Aurora Montero, haciendo de hada azul en la obra Pinocho, allá en la sala san Pol donde actué por última vez antes de dejar Madrid y abandonar aquella aventura teatral. Aurora, aquella chica de ojos de toro, con las cuerdas vocales tocadas que era todo fuerza y corazón. Un animal de escenario. Me enteré hace poco que siguen viviendo juntos y tienen una hija. Viven en Corcubión, en Galicia, en el pueblo del clan Lera. Con Justo escuchaba discos de Héctor Lavoe, de Miles Davis, de Golpes bajos, de Neil Young. Ahora, 25 años después, con la mujer que amo, escucho canciones de otro cantante mismo hombre que aprendí a escuchar por entonces, Amancio Prada. Entonces escuchaba a san Juan de la Cruz en su voz, recordando a mi amigo y compañero de banca, instituto, confidencias y poesía, Pepe Mesa. Ahora escucho a Amancio Prada canatar a Leo Ferré Cuando tienes veinte años. Si ya era melancólico entonces, imagínense ahora.




Foto de una representación de La mandrágora. Obra de Nicolás Maquiavelo interpretada por Espacio Cero. En la foto, Pepo Oliva y Aurora Montero. Dirección: Roberto Villanueva. Fotografía: Fernando Suárez. Año 1984.

También estoy enamorado, ya digo. No voy a extenderme sobre este particular. No voy a contaminarlo con conflictos laborales. Quiero cuidar mi amor como quien tiene un tesoro. Sólo apuntar que estar enamorado y sentirse correspondido da unas fuerzas y un optimismo que equilibran el sinvivir provocado por esta crisis de la que llevo cinco años hablando entre los amigos. No sirve de mucho decir ahora: tenía razón. Bien, ya lo hemos visto. Es otra cosa que sé hacer: mirar a la realidad, al entorno y contar las cosas que veo. Lo sabemos hacer todos, sólo que quizás a mí me dé menos miedo que a otros decir lo que veo cuando lo que veo no es lo que me gustaría escuchar.


Ya me pasó hace 15 años. Era una crisis económica similar a ésta. ¿Tras el 92, recuerdan? Del lugar donde trabajábamos nos echaron a mí y a la madre de mi hijo. Él tenía 1 año. Nos hablaron de la crisis que afectaba a su colectivo, que lo sentían mucho, que les encantaba nuestro trabajo pero que tenían que prescindir de nosotros. Nos hicieron firmar un papel donde se especificaba que no reclamaríamos nada y que estábamos conformes. Y nos dieron una compensación económica ridícula. Pero, en fin, ellos nos dieron trabajo, ellos nos lo quitaban ahora. Lo peor de todo es que nos dieron de alta de autónomos para que ocupáramos un puesto laboral que en realidad exigía ser contratados bajo nómina. Pero, ya saben, las empresas hacen trampa porque la ley se lo permite. Se comprometieron a pagar directamente nuestros impuestos. No lo hicieron y las multas de Hacienda mías y de la madre de mi hijo las tuve que asumir a traición después de que firmáramos la renuncia a reclamar por nuestros hipotéticos derechos. Pagué nuestras deudas a Hacienda trabajando como una mula en medios de comunicación diversos y en proyectos culturales y artísticos. Así que sé bien lo que es pasarlas canutas.


Prosperé dentro de mi precariedad: seguí pagando mis impuestos y aprendí a decir "de puta madre" cada vez que me preguntaban cómo me iba. Y seguí manteniendo la costumbre de comportarme económicamente como si fuese el último día de mi vida. Si salía a la calle, pagaba yo. Si me gustaba un disco, un libro o una película, me gastaba dinero en tenerlo. Si alguien con menos dinero que yo salía conmigo, le invitaba. Nunca quise que la falta de dinero impidiese a nadie estar al menos unas horas tranquilo y alegre, charlando y disfrutando de la compañía de otros. Hace muchísimo tiempo que no tengo contratos laborales, ni nóminas ni nada de eso. Hago trabajos, los cumplo y en paz. Pago mis impuestos y doy lo acordado a la gente a la que le ofrezco trabajo. Al principio da un poco de miedo. Luego te acostumbras. Te acostumbras a no esperar nada de nadie. Te acostumbras a que mañana puede no suceder y que cada día nuevo que sucede es un regalo. Aunque no sea un gran regalo, aparentemente. Total, normalmente ni en tus cumpleaños te regala nadie algo que realmente quieras, te guste o necesites. Y la vida siempre exige empezar a vivirla, que decía un poeta.


He hecho muchas cosas en mi vida. Para tristeza de mi madre, ya espíritu benéfico o recuerdo alentador, nunca me saqué el título universitario para el que estaba sobradamente capacitado. Yo, que recibo varios currículums a la semana de jóvenes que quieren trabajar, algunos que quieren trabajar específicamente en mi empresa y me mandan para ello unos documentos con sus capacitación laboral y disponibilidada instantánea, leo mi propio currículum y no puedo sino decir: joder, qué de cosas has hecho en tu vida. A mí me han servido. No sé si me sirven ahora para encontrar trabajo en lugares donde gente más aterrada y menos capacitada malviven con unos pocos euros.


Me queda dinero para seis meses, más o menos. Entra dentro de lo bastante posible que cierre mi empresa. No querría hacerlo, después del trabajo que me ha costado que me respetaran por las cosas que hacía. Que me respetaran por mi trabajo. El problema es que no sé mostrarme como esclavo. Y en los sitios donde ahora se da trabajo que te muestres capacitado como esclavo y chitón gana puntos. Las personas que se sienten libres causan problemas. A veces puedo parecer chulo. Sí, me lo han dicho muchas veces. Es en legítima defensa, no crean. Si te van a aplastar de todas formas, al menos que se lo piensen un ratito. Luego, se dan cuenta todos de que no tengo ni media hostia. Que soy un canijo con gafas. Pero al menos he ganado tiempo.

Estoy volviendo a tener que pedir después de muchos años de dar y ofrecer. Es más fácil dar que pedir, eso es obvio. Compensa mucho más. Y cuesta. Hay gente que me ha visto y cuando le he contado la situación laboral en la que me encuentro ahora se ha avergonzado. Me ha pesado y conmovido más su vergüenza que mi necesidad. Seguro que les había acostumbrado a pensar lo contrario de mí. Lo bueno es que no es la primera vez que cambio de vida. La precariedad y la vida de artista tiene esas cosas. Te hace a la metamorfosis, vives más vidas en una. Llegas más sabio a las cosas, más sencillo y desnudo al dolor, la pérdida o a la carencia. Ya has perdido muchas cosas importantes, has perdido a personas que creías que no iban a irse jamás y ya ves, sigues vivo y no eres más infeliz esencialmente. Al contrario. Soy un hombre alegre y melancólico, apasionado y vehemente. Sí, tengo carácter. Soy apasionado. Defesa propia, ya decía.


Además, ya dije, estoy enamorado y me siento correspondido. Tengo muy buenos amigos que son muy buena gente. Tengo un buen hijo al que quiero ayudar a enseñar a ser independiente y honesto consigo. Tengo muchas cosas que me han hecho feliz por dentro: músicas, historias, pensamientos, conocimientos, imágenes, memorias, palabras oídas, leídas o escritas. Me siento un privilegiado por poder decir esto. He conocido a muchas personas que jamás soñé que iba a poder conocer y me han dado mucho. Espero poder haber contribuido a darle algo de lo recibido a otras personas. Ése sería mi mejor balance de cuentas.


Y ahora, busco trabajo. Sé hacer muchas cosas que no sirven para nada. Me cuesta mucho trabajo mentir. Escribo, pero eso lo hace mucha gente. No sé conducir. Gracias a eso, he evitado accidentes de tráfico, he contribuido menos que otros al calentamiento global y la explotación de recursos energéticos, le he dado de comer a taxistas y nunca he puesto en peligro la vida ajena por conducir ebrio. Si alguien quiere mi currículum, que me lo pida. Si alguien me conoce y sabe de algo para mí, no prometo nada, pero le quedaría muy agradecido. Ahora busco trabajo. Está la cosa mala. Sí, ya lo estábamos viendo. Pero yo sigo diciendo cuando me preguntan "¿cómo te va la vida?":


-Me va de puta madre. Si te enteras de algo en lo que pueda trabajar, avísame.