lunes, 21 de julio de 2008

Histrión Teatro y aquellos maravillosos años: la memoria como terapia


Tras la representación de Dios, de Woody Allen. En el salón de actos del Instituto de Martiricos. Hace 27 años.

Llegados a cierta edad solemos hacer balances de nuestra vida. Relamemos los días vividos, lo que recordamos de ellos hasta limpiarles las aristas, los dolores de articulaciones, el disgusto mortal de un fracaso, las envidias o el insomnio y nuestras torpezas. Hacemos nuestro Director Final Cut con las películas de nuestra vida hasta dejarlas impolutas, perfectas, casi salidas de un guión.

-¿No te acuerdas de aquel día a la salida del instituto? Nos lo pasamos de puta madre. Tú no parabas de reírte con mis ocurrencias.

-¡Pero si te llamábamos el lacio por la poca gracia que tenías! Eras capaz de convertir un chiste descojonante en un pésame...

Así la memoria. Total, ya los neurobiólogos y los psicólogos nos llevan contando con experimentos lo que ya sabíamos: cambiamos hábilmente los autorrelatos de nuestra vida desde el mismo instante en el que se produce para que se adapte a la visión del director, para evitar vergüenzas, sentimientos de culpa, decepciones o dolores.



Al acabar la histrioneida. Casi 30 años después.



Viene esto a cuento porque hace una semana nos reunimos en casa diez supervivientes de lo que hace muchos años fue un grupo de teatro amateur. Yo hoy tengo 45 y cuando entré en el grupo de teatro del instituto de Martiricos, 17, así que pueden hacer las cuentas. Nos reunimos después de muchos años sin vernos o bien muchos años de apenas saludarnos por la calle con un gesto fugaz. Las vidas de cada cual han elegido caminos muy diferentes pero parecidos en el fondo. Las arrugas, las grasas o las canas se nos han instalado a cada cual con diferente generosidad. Nos sigue gustando charlar, reír, imitar, contar y refelxionar. Lo cierto es que la reunión dejó una impresión común: nos lo pasamos todos de puta madre. Todos nos reconocíamos.

-Joder, parece que estuve hablando contigo anteayer. ¿Sigues con tu chico? ¿Cuánto hace ya que os presenté? ¿Diez o doce años, no?

-Ahora cumplimos 19 años juntos.

-Me cago en la puta... Cómo pasa el tiempo, qué fuerte.



Hace una semana. Y no perdemos el apetito...

El grupo de teatro se acabó llamando Histrión. Nació en el Instuituto de Martiricos, ya dije. En el curso 1979-1980. De la mano del profesor del la Escuela de Arte Dramático y actor malagueño, Leo Vilar, fallecido hace muy pocos años. La afición al teatro dejó su huella en casi todos. Varios estudiamos Arte Dramático y tuvimos un tiempo de vida teatral. Algunos siguen haciendo teatro. Algunos dan clase de teatro y siguen trabajando en ello. Algunos viven de ello. Alguna hay que se ha convertido en una famosa y respetada actriz, que a punto ha estado de llevarse un goya recientemente. Otros no han vuelto a subirse a un escenario. Pero todos, todos, confirman que aquellos maravilosos años sí fueron, en realidad, maravillosos. Necesarios. Por más que nuestro recuerdo se empeñe en actuar limando aristas y olvidando asperezas. Pusimos en pie cinco obras de teatro: Dios, de Woody Allen; En un nicho amueblado, de Jesús Campos García; Con un cierto olor a Navidad, un recital poético con textos de varios autores; La infancia de Picasso, una animación sobre un texto de un servidor escrita con motivo del primer centenario del nacimiento del pintor; El triciclo, de Fernando Arrabal y Los gemelos, de Plauto). De parte de nuestras cenizas surgió otro grupo de teatro, Brea Teatro, que aún, de tarde en tarde, estrenan piezas originales de la autora Mercedes León. Casi 50 personas colaboraron en algún momento con el grupo que fue, para muchos, nuestro laboratorio de iniciación sentimental, nuestro primer aprendizaje serio de que el trabajo colectivo da frutos y satisfacciones que ningún logro individual consigue y, sobre todo, un espacio donde canalizar las rarezas expresivas de tanto creativo adolescente.



Año 81. Estuvimos en el primer homenaje que la ciudad le hizo a Picasso. Antes de todas las fundaciones y museos.


En la reunión de hace una semana salieron a la luz fotografías y antiguos programas de teatro. Cartas con 25 años de historia que parecían escritas anteayer. Películas de lo hecho anteriormente. Fogonazos de talento, inteligencia y buen humor. Llamadas de teléfono o mensajes con el "ahí estoy con vosotros aunque no pueda ir". Abrazos y risas. Muchas risas. Muchos abrazos.

-Te echo de menos más de lo que podía imaginar.

-Yo también.

-Que esto no se quede aquí, por favor. Sigamos viéndonos.

-Claro que sí. No perdamos el contacto.

-La próxima hago yo de comer. Y llamamos a Carlillos.

-Yo tengo el teléfono de Jotajota. Que si hacemos esto otra vez le avisemos.

-¿Te acuerdas del chiste aquél de la vela que contabas, Washi? Siempre el mismo. No había quien te entendiera. Peor nos desconjonábamos todos.

-La verdad es que no me acuerdo como era.

-Pero nos reíamos todos.

-Sí. Nos reíamos todos.

Después del reestreno del espectáculo Dios. En un bar de Martiricos. Estamos casi todos.




(A Juanan, a Antonio, a Paco, a Nuria, a Rafael y Antonia, a Washi, a Javier, a Juanmi, a Leo, a Carlillos, a Triqui, a Paca, a Deli, a Salud, a Susana, a Arturo, a Cristina, a Casto, a Jotajota, a Jose Rueda, a Adolfo, al coreano, a Manoli, a Alfonso y Aurora, a Mati, a Pedro, a Jose Antonio, a Carmen, a Maricarmen, a Mayka, a Guillermo, a Ana, a Enrique, a Elisabeth, a Rafa... y a todos los que formaron parte, de una u otra manera, de aquella maravillosa aventura).

lunes, 14 de julio de 2008

Zulueta, por fin


Zulueta, acompañado de Eusebio Poncela, en el último Festival de Málaga de Cine Español donde le homenajeron con por Arrebato.


Veo en casa con Miranda un documental realizado por Andrés Duque sobre Iván Zulueta, IvanZ. Una entrevista hecha durante tres días en el microcosmos del realizador de Arrebato, la casa familiar de Donosti. Ahí estaban los álbumes que saca en la película, hablando a través del personaje que interpretaba -que 'era'- Will More, su alter ego, el peterpan que se negaba a crecer y que para ello se enganchaba con pasión a su memoria, a los amigos y al caballo. A la pausa.



Zulueta y Will More durante el rodaje de Arrebato.

Zulueta (http://es.wikipedia.org/wiki/Iv%C3%A1n_Zulueta), como Rimbaud, como cualquier niño/adolescente muy inteligente que ha tenido demasiado estímulo en su vida infantil y que por ello se proyecta tan sensible como consciente, hizo una obra única, irrepetible, trazo seminal y epitafio al tiempo. Arrebato fue referente de una generación completa que vio en aquella extraña y desasosegante película el principio y el fin del cine español como experiencia de sacudida interior. Entiéndaseme. Hay películas que nos atacan por dentro, independientemente de sus cualidades técnicas, sus habilidades narrativas o su ortodoxia. Lynch tiene algunas. Varias. Arrebato es una de ellas. Y pocas más encontraremos en nuestro cine patrio.





En ésa escena tan citada, -tan similar en su capacidad mitómana al monólogo de Rutger Hauer haciendo de Roy Batty en la escena (semi) final de Blade Runner- donde Will More le enseña el álbum de cromos de Las minas del rey Salomón a Eusebio Poncela -el otro alter ego de Zulueta en este film- se escucha:






"Dime, ¿cuánto tiempo te podías llegar a pasar mirando este cromo?...¿Te acuerdas?...¿Y éste?...Y ¿esta orla?...¿Y esta página?...¡Años, siglos...Toda una mañana...! Imposible saberlo, estabas en plena fuga... éxtasis...colgado en plena pausa...¡Arrebatado!".




Yo, que tenía de casa de mis abuelos ese mismo álbum, y que ahora lo enseño a quien por mi casa se acerca y guarda en su mirada algo de aquel brillo melancólico de saberse demasiado consciente demasiado pronto, entendí mejor que otros lo que significaba el arrebato, el deseo de detenerse, de vivir en la pausa eterna. Dice el propio Zulueta, muy mejorado de años anteriores, en IvánZ en un momento de la entrevista, mientras da detalles de cómo va su situación económica:

-Ocuparse es un coñazo.





Es muy útil para fans este documental sobre el realizador, un fenotipo más habitual entre artistas de lo que pueda parecer. Lucidez y cobardía. Conciencia y dependencia. Sensibilidad, inteligencia y pereza devenida en incapacidad. Hermosa decadencia. Los planos finales de Zulueta como un joven arrugado hablando de su futuro en asilo o en balneario son impagables. Como lo es su casa cubierta completamente de enredaderas y él con un albornoz azul y un cigarrillo hablando de los travellings que le haría a esa fachada si tuviese dinero. Como lo es la aparición de su madre jugando a no enterarse de nada, hablando de perros, con la que entendemos a otros personajes de Arrebato, los que interpretan Marta Fernández Muro y Helena Fernán Gómez (¿sabían que la dobló Pedro Almodóvar en la película?), y su ingenuidad "¿deliberada?".


Zulueta al menos nos dejó dos films (Un, dos, tres, al escondite inglés y Arrebato), dos mediometrajes (Párpados y Ritesti), la realización de un programa de música pop en TVE (Último grito) y varios cortos, la mayoría en Super-8 en los que adelantaba recursos de aceleración de imágenes después explotados hasta la saciedad. Muchos fragmentos de ellos se pueden ver en Arrebato como piezas realizadas por el personaje que interpreta Will More. Como gran artista plástico que era y es, también realizó decenas, centenares de carteles de cine -de las de Almodóvar, varias- y nos hizo más míticos a dos actores fundamentales del cine español contemporáneo: Eusebio Poncela y Cecilia Roth. Y al igual que A las puertas de la percepción de Aldous Huxley es el ensayo del LSD, o Alicia en el País de las maravillas es el relato enmascarado de las alteraciones de la percepción que provocan hongos, hash, opio o láudano, Arrebato es la película de la heroína. Su la cinefilia y la cinefagia. Pero tampoco quiero hacer una tesis.




Encuentro en la edición digital de ADN este texto del realizador del documental, Andrés Duque (vid. entrevista al realizador en http://www.blogsandocs.com/docs/?p=152), que, por ilustrativo, es últil. Ahora, que acaban de sacar una edición especial de aniversario de Arrebato, con dos discos, material inédito y este documental que ya tiene tres o cuatro años, viene a cuento.





"La invitación a escribir un texto sobre mi experiencia haciendo el documental Ivan Z coincidió justo con una llamada del propio Iván. Está muy entusiasmado con la reedición de su Arrebato. Hace siete años que le conozco y nunca le había sentido tan contento y con ganas de hacer películas.


La oferta está hecha, cuando se encuentre en condiciones, me iré a su casa con una veintena de cartuchos de película súper 8, cámara digital y ordenador portátil con la idea de trabajar en alguna idea suya. Hubo un momento en el que perdí las esperanzas de que esto llegase a ocurrir, pero hoy, tuve la sensación de que las ganas le están volviendo a quitar el sueño.


Si hay algo que me intriga es ¿qué querrá filmar hoy Zulueta? A veces me imagino la historia de una doméstica llamada Débora Dora, enganchada a los tebeos y testigo de las excentricidades y tormentos de una adinerada familia atrapada en su propia casa. También me imagino al propio Iván en el ático filmando rincones que él sólo conoce y donde se esconden Freddy Krueger y Blanca Nieves, aliados de un imaginario infantil y perverso. Pero el Iván que todos conocemos es ahora otro.



Así que posiblemente salga con algo que no esperaríamos de él. Tengo pendiente viajar a Donosti y hablaremos sobre esto. Es un reto que quiere asumir. Sin ánimos de esperar resultados inmediatos. Volver a experimentar con la imagen y esperar fotogramas rojos cuando los cartuchos de Súper 8 estén revelados. Coger una cámara digital y entender de qué va todo eso del vídeo. La regla será, tal y como una vez nos planteamos hacer el documental, que no hayan reglas.


Iván se planteaba el cine como una razón de vida y no como una razón de sustento. Esto es un principio muy válido pero acabó convirtiéndose en una carrera cuesta arriba. Le llaman autor de "culto" e incluso "maldito", pero dejemos de lado las etiquetas, Iván pertenece a ese grupo de cineastas que no encontraba cabida en las salas de cine españolas por revoltoso y por que hacía, con brillantez, lo que le apetecía. Si de algo estoy seguro es que ese espíritu no lo ha perdido, sí en cambio, la cinematografía española.


Entrar al mundo de Iván no es fácil. Hay que haber sido niño y tener plena conciencia de ello. Hay que entender la psicodelia como un mal necesario y hay que renunciar al siempre bien ponderado decoro. Razones suficientes para que retome sus ideas y se ponga a rodar.


Sobre el documental Ivan Z he contado en varias ocasiones que fue un chispazo que ocurrió después de un primer visionado de la película Arrebato en la Cinemateca de Caracas, cuando era un enano y de pronto sentí cómo la película se dirigía a mí de una manera que no había sentido antes. Me dejó profundamente perturbado, sabía que la película escondía secretos que tenían que ver conmigo y que de alguna manera me invitaba a desvelarlos haciendo mis propias películas. Lo que hago ahora poco tiene que ver con el cine de Zulueta, sin embargo su pasión por el cine fue de gran inspiración para mis primeros trabajos videográficos.


Cuando llegué a España conseguí contactarle a través de un amigo y a partir de entonces creció una amistad que siempre he valorado. Sobre el rodaje, no hay mucho que contar, fueron tres tardes de conversaciones tranquilas sobre temas difíciles de su vida. Confesiones y cinefilia, todo a la vez. Recuerdo verle el segundo día de grabación con una libreta en la mano donde había apuntado cosas que había olvidado contarme y que creía necesarias para el documental. Todo un detalle.


Hay una escena en el documental, que para mí cierra el círculo que se abrió hace dieciocho años y es el momento en el que me enseña sus álbumes de Walt Disney y el de Las Minas del Rey Salomón que aparecen en la película Arrebato. Hay un cromo donde aparece dibujado el mapa del tesoro con una enorme equis. Me grabé poniendo el dedo en la equis y volví a sentir el chispazo que tuve la primera vez que ví la película. Sensaciones como estas son irrepetibles y difíciles de explicar, pero cualquiera que haya visto Arrebato me puede entender. El cine y la vida son la misma cosa".


Efectivamente, cualquiera que la haya visto puede entenderte, Andrés. Hoy he entendido más cosas de Iván tras ver la película. Y de mí mismo, también. Y de la fascinación por el cine. Y de la relación entre el creador y su obra. Al fin y al cabo, me ha dicho varias veces un amigo escritor, José Antonio Garriga Vela, cada persona tiene una sola historia, única, en la cabeza y en su alma. Si la logra sacar fuera y continúa dedicándose a la profesión de contador, lo único que hará a partir de entonces son variaciones sobre el mismo tema.


A Iván Zulueta hay que agradecerle, además, su radicalidad. Supo que sólo tenía una bala en el revolver y la disparó con pasión. Seguir disparando no tenía sentido. Al cabo, había logrado, para siempre, quedarse detenido en una pausa. El éxtasis completo. Y muchos nos quedamos, al menos en parte, allá, absolutamente convencidos de que nos habían retratado desde dentro del espectro.

viernes, 11 de julio de 2008

Feria











La semana pasada, Miranda y yo pasamos de vuelta de un paseo por la Feria de La Cala. Nos vamos quitando la cámara para captar pequeños arrebatos. Me asombra lo mucho que nos parecemos y lo bien que nos complementamos a la hora de mirar. Esta vez me retrata ella junto a los coches de choque. Cada vez hablamos más de hacer cosas juntos. De llamarnos de alguna forma a la hora de trabajar conjuntamente. Me hace feliz, pero quiero que suceda cuando deba suceder, como los amantes que saben sacarle a su deseo la máxima fluidez, intensidad y naturalidad; como lo que hacemos sabiendo que va a suceder y queremos que se entrelace como una danza armónica. La Feria, tan profundamente merdellona, nos sigue transmitiendo inquietud. Una cierta lisergia voluptuosa en su mal gusto, una familiaridad distante. Nos da miedo y atrae a la vez. Caminamos sobre un sueño antes de soñar. No nos montamos en nada. Miramos y nos dejamos seducir.




Daniel Johnston y sus diablos

DJ de adolescente con sus padres. La verdad es que dan todos un poco de miedo.





El diablo y Daniel Johnston. La dirige maravillosamente Jeff Feuerzeig. Le dieron hace dos años un premio en Sundance por ello. Una peli, un documental sobre este personaje (www.hihowareyou.com) que bordea el genio y el delirio: compositor, cantante imposible y obsesivo, autor de canciones tan lúcidas como esquizoides, cantante que deja la nasalidad roedora de Bob Dylan a la altura de un Pavarotti. Dibujante que pinta una y otra vez sus demonios interiores: patos-hidra, capitanes américa recién salidos de una pesadilla, hombres de cabeza cortada y hueca.





Un mundo inquietante e imposible, pero, a la vez, extrañamente familiar. Ahí siguen los freaks que nacen de su mente torturada e imparable: Alienígenas con tentáculos/ojo; diablos terroríficos, peleas de boxeo entre sus propios demonios, versiones deformadas del fantasma Casper, de personajes de dibujos animados. Un talentoso creador inadaptado y maniaco depresivo, nacido en una familia cristiana tejana que un buen día cruzó la línea roja con varios LSD's y exceso de alcohol. Y los ácidos desataron un trastorno bipolar que, tarde o temprano habría de saltar como un perro rabioso.





Hablamos de Daniel Johnston. Que es, asimismo, una leyenda de excepción en un mundo, construido a base de medios de comunicación amplificadores y mixtificadores y listas de éxitos musicales, que devora héroes y víctimas como hace Cronos con sus hijos. Un mundo de ídolos con fecha de caducidad que está necesitado continuamente de nuevos seres diferentes para justificar y disimular su tendencia a la clonación. Y ahí encaja DJ: de pronto viene un geniecillo inadaptado y enloquecido que justifica el sistema. Y qué mejor que un loco, que un tipo medio majara, un orate empastillado que es absolutamente lo que otros en el mundo del rock sólo simulan. DJ sale en la MTV y se convierte en una bandera que agitar porque no juega en nuestra liga. Kurt Cobain usaba unas camisetas que alguien hizo con sus dibujos.



Eso, y haber salido en la televisión convirtieron en mito a alguien que, si cantase en la calle, lo llevarían instantáneamente a un frenopático. Bueno, lo cierto es que él ha vivido la mitad de su vida en frenopáticos. Es el peor cantante del mundo. Un instrumentista atroz que aporrea pianos o guitarras como en akelarre. Un cantante necesitado de fama y reconocimiento con pánico a ponerse delante del público sobre un escenario. Un tipo que olvida las letras que hace y cuyo sentido de la melodía es cuestionable. ¿Realmente se pueden cantar su canciones? Quizás no, pero hay algo real: una vez entras en su mundo te deja hipnotizado.



He visto la peli esta tarde, por fin (http://www.avalonproductions.es/danieljohnston/). Y ha merecido la pena. Me conmocionan los creadores que bordean la esquizofrenia o son bipolares o sufren algún tipo de manía o patía severa. Su arte -entendamos arte como código simbólico cifrado que se genera tanto para ser uno reconocido como para realizar un exorcismo inadaptativo- obsesivo y libre de filtros, tan caótico como fascinante, hurga en fibras muy íntimas de todos nosotros. Es puro temor, miedo, deseo y lamento, necesidad de ser amado y miedo terrible al ridículo. Para convertirla además en documento excepcional, la peli está hecha con un material fantástico y real -las miles de cintas y pelis grabadas por DJ desde su infancia donde se recogen conversaciones, peleas, delirios, desvaríos o declaraciones del diario de un genio/loco-, realizada con un talento controlado -el de su director, Jeff Feuerzeig- y entregado con una honestidad absoluta a la hora de intentar entrar en la cabeza terrible de un hombre enfermo que, además, tiene un peculiar talento creativo y un conmovedor deseo de ser escuchado, aunque el Haperidol le haya dejado como a un zombie.


Si no la habéis visto, haceros con ella. Si ya estais de vuelta, os suena a pasado de moda, y la habéis visto dobalda al hindi en el festival de Khapurtala, no levantad tanto la ceja y compartid vuestras impresiones. Sí, ya sabía de Johnston y de su leyenda. He escuchado muchas versiones de sus temas. Pero esta peli es La Peli. Ya sois mayorcitos. No os tengo que decir cómo conseguirla. ¿O sí?

lunes, 30 de junio de 2008

Emoción y geometría: a propósito del fútbol



Bien, ya está aquí. La copa de Europa es nostra. Ganada de una manera en la que aún no habíamos asumido que podíamos jugar. A la holandesa, a lo Barça de Cruyff, tocando y tocando. Con chicos habilidosos, como de fútbol sala. Burreando a tiparracos más veloces, más altos, más fuertes. El juego exquisito. La nueva generación de jóvenes wasp, los sobradamente preparados y no los amísabinoquelosarrollo. Chicos que salen al extranjero y aprenden a hablar en el idioma extraño; que se adaptan a otras culturas y son respetados allá; que se alegran de las victorias, pero no son forofos; que respetan, protegen y luchan por el que, siendo mayor que ellos y estando fuera de onda estética, por ellos se parte la cara. Chicos que hablan y usan lo colectivo con respeto e ingenio. Que se lo creen. Que luchan lo necesario, pero no hacen innecesarios gestos de testosterona a la galería. Que ya que ganan lo suyo, se lo curran. Que son tan bajitos o más que yo. Que pudieron estar en mi banca, al lado. Y ser el mejor en darle patadas al balón sin dejar caer la pelota y no por ello tener que falsificar los nueve suspensos para que tu padre no te partiera la cara. Chicos con inspiración, hombro arrimado y geometría, que hacen del pase, el regate y el desmarque una cuestión estética. Porque a mí, ya está dicho, el fútbol, que me gusta mucho, me gusta por estética, símbolo y épica. Sí, épica también, pero en su grado justo: sin botellazos desde la grada, ni borracheras sin control, ni negrodemierdaveteatuputopaís.




Aquí han estado tres semanas con nosotros y han ganado en su juego. Nos han quitado el sino y el pesimismo. La justificación ontológica. Hacen fútbol de emoción y geometría. Dibujan líneas de pase que evitan las patadas. Ah, las gestas... Empiezo a imaginarme escribiendo crónicas de fútbol de la Eurocopa. Pero sólo escribí una, hace años, en El País. Jugaban el Real Madrid y el Ajax en Málaga, en un torneo veraniego. Mi amiga Esperanza, que era la encargada de hacer la crónica del partido, sintió el miedo escénico y yo me ofrecí para sustituirla. Salté al campo. Me quedó bien, pero era un partido sin trascendencia. Santi Segurola llamó por teléfono y me dijo que estaba bien escrita. Saqué pecho para mí. Y ahí se quedó la cosa.




Sí. Ahora me hubiese gustado escribir un artículo que dijese "España gana la Eurocopa dominando todos los supuestos de un partido de fútbol durante el torneo. Ha sido capaz de superar sus miedos y sinos. Ha impuesto un fútbol estético que entierra del todo los tópicos de la furia, de Viriato y los cercos de Numancia. Ha ganado dos veces de paliza a los que mejor fútbol planteaban, Rusia. Ha metido la puntilla en el último minuto a unos bigardos de dos metros encerrados en su área, Suecia. Ha remontado a la anterior campeona de Europa con los suplentes, Grecia. Ha ganado a Italia en los penaltis y ha pasado de cuartos. Ha dejado a los alemanes sin fuelle ni esperanza y no los ha goleado por milímetros. Y todo ello sin renunciar a la belleza de los toques, los desmarques y los taconazos. Precisión, emoción y geometría. Todo eso con la sensación por vez primera de que no hacía falta la letra de un himno para sentirse representante de tantos todos tan dispares"... En fin, todo eso que se escribe cuando ganas y no necesitas justificar ni tu alegría ni las hipérboles. Blablablabla.





Confieso, me repito, que a mí me gusta el fútbol. He jugado al fútbol de niño, claro. ¿Y quién no? Tuve mi equipación del Madrid y mi balón de reglamento entre mis iconos de infancia. No era muy bueno con el control y la hablidad, pero era inteligente, aprendí a tener una resistencia enorme y siempre mostré gran capacidad de sufrimiento. No sabía competir contra los míos, pero era un fiera partiéndome la cara por ellos entre ellos. Así aprendí a tener sitio en el equipo de la clase. En séptimo de EGB ganamos la medalla de oro de nuestra categoría. Yo era interior derecha. Corría la banda. Otras veces fui centrocampista distribuidor. Metí algunos goles. Ganamos ese partido de la medalla de oro por tres cero y una exhibición de clase y unión, a unos de octavo, que también eran mayores que nosotros, como los alemanes, y los suecos y los rusos. También tuve varios juegos de fútbol. Y pequeños futbolines. Y monté varios juegos de chapas poniéndole a los tapones de Colema las caras de Ardiles, Kempes, Resenbrink, Chupitaz o Sotil que recortaba del Marca. Y ya con mi hijo en el mundo he jugado a casi todos los videojuegos conocidos. De niño coleccionaba todas las estampas de Fher de la liga desde el año 69. Y ganaba a las estampas a veces, al juego de los montones.




-Mmmm. Ése...


Y pegabas con miedo y excitación en el montón de la mano izquierda de Martín Cañizares. Y el Cañi daba la vuelta lentamente al montón de repes que habías elegido; cruzabas los dedos: te estabas jugando treinta estampas, muchas de ellas faltas, y tu madre no te daba el dinero que Cañi gastaba para comprar sobres. Si ganabas, eras la hostia. Si no, al pozo de los derrotados.


-Pero, niño, ¿dónde están tus cromos?



-Me los ha ganado el Cañi a los montones.




-Pues no juegues más a los montones, que yo no te voy a dar una peseta más para estampas.



Y ahí estoy, con el Cañi. Rodeado de amiguitos. Tensos y expectantes, como años después esperando a que Casillas le pare a Di Natale el penalti. Cañi gira mi montón de estampas y...


-Siete. Sacas siete, Amancio. A-m-a-n-c-i-o.


-("Mal rollo. Como le salga a él en el otro montón, Martí Filoxía o Zubiarraín, mamá me echa la bronca. Que le salga Re, que le salga Re...").


-¡Mierda! Búa...


-Venga, dame mis estampas.


El resto de la clase lo festeja como si hubiéramos pasado a semifinales. Cañi se pone bravo.


-Venga, una revancha a cuarenta.



- No, yo me planto.


-Eres un cagao y un moña. Hay que dar la revancha.


-Que no, que uno puede plantarse cuando quiera.



-¡Moña, moña! Gafitas cuatro ojos capitán de los piojos...

Y ahí, cuando la rabia me iba a obligar a jugármela de nuevo, aparece el padre Alcaide con su silbato disolviendo el casino infantil.



-Venga a filas, que se ha acabado el recreo.



(-Como mañana no te la juegues, te enteras.


-No sabes perder, Cañi. Yo me había plantado.)









No. Ninguno de nosotros vimos ganar a España con goooool de Marcelino a Rusia. Sí, lo vimos en el NODO muchas veces. Como aquel gooool de Zarra frente a la Pérfida Albión, o sea, Inglaterra. Sí. Sí que vimos el gol que le coló Platini a Arconada por debajo de las piernas. Y el 12-1 a Malta. Y el goooool con gallo incluido de Rubén Cano a Yogoslavia. Y el botellazo a Juanito, que ahora se ha reencarnado en Villa. Y el codazo de Tassotti a Luis Enrique que le dejó la cara ensangrentada y lloró como cuando llorábamos de niños por una patada injusta que el que hacía de árbitro no pitaba. Nuestras fueron su rabia e impotencia, sus lágrimas de niño despojado. Y vimos con el alma al suelo el fallo del penalti de Raúl frente a Francia. Raúl ya nunca volvió a ser el mismo siendo siempre ejemplar. Y el gol de Michel a Brasil que entró dentro y nos lo pitaron fuera. Y el fallo de Cardeñosa. Y el de Salinas. Y cientos de partidos con España luchando por encima de sus posibilidades. Partidos en los que te daban un baño y nosotros respondíamos con huevos. Muchos huevos. Pero no teníamos más que furia española, sudor, huevos y patas de conejo, ristras de ajo y rezos al cielo. Muchos santos pero ningún virguero. No teníamos ni a Zico, ni a Sócrates, ni a Cruyff, ni a Maradona, ni a Keegan, ni a Platini, ni a Rossi, ni a Best, ni a Zidane. Tuvimos a Pirri, que era un machote. Y a Iríbar, que era buenísimo, pero sólo valía para parar siete de cada ocho y morir de pie, que le decían El Chopo. Bueno, y para protagonizar aquel chiste donde al final le daba una patada y despejaba a un niño que había salvado antes de un incendio. Osea, ná de ná. Al final te la metían -siempre injustamente, que para reconocernos inferiores no andábamos sobrados- y ale, a casa, y a darle un bocinazo a la señora y a echarle la culpa al árbitro en el bar de Fermín, ponme otro machaco. Claro, qué te quedaba: eras de España a regañadientes. Sí, tenías tu equipo que al menos ganaba algo: una liga, una copa, un ascenso, un torneo veraniego, una UEFA... Pero, ¿sentimiento nacional? ¿Ondeando la bandera que se ponían los fachas en el polito? ¿Quién tenía huevos de ponerse la camiseta tras la democracia, como hacían los de Brasil, los de Italia, los de cualquier país menos el nuestro? Éramos aficionados con sentimiento de culpa y sentido del ridículo. Empezábamos los torneos con la boca pequeña; luego, con los dedos cruzados, la vela a san Antonio y el lexatin; para acabar, siempre, con el sentimiento trágico de la vida y la fuerza del sino y culminar, siempre, con la riña a garrotazos y resucitando a Torquemada con algún seleccionador al que triturábamos. Ser de España era un peso, una vergüenza, un gatillazo permanente. Un trágico sino. Un muermazo.





Pues yo, esta Eurocopa del cambio de ciclo la recordaré como la Eurocopa de Miranda. Veamos: a Miranda no le gusta el fútbol. Y a mí me gusta mucho Miranda. Pero mucho, mucho. Y el fútbol, vamos... que sí, que me gusta, pero de esa forma que decía. Sólo he ido unas diez veces a un campo -eso sí, vi en el Bernabéu el 5-1 del Madrid de la Quinta del Buitre al Anderlecht- y muchas de ellas, por motivos de mi profesión periodística. Como aquel año que, trabajando en El País, nos enteramos que el Frente Bokerón del Málaga, equipo que aún estaba en Segunda B, iba a sortear una invitación al Escándalo bajo el lema, "Todos a por la guarra". Sí, así, siempre fuimos muy surrealistas y exageraos en esta tierra. Y me infiltré entre los hinchas ultras en un partido contra el Elche para hacer un reportaje. Por aquello de que tuve un pasado como actor, me metí en el papel y me gané la confianza de los hinchas salvajes, que me cantaron la traviata. Saqué un magnífico reportaje muy amparado por Soledad Gallego, hoy subdirectora del periódico, que acabó en la primera página de El País. Pero por la noche, en el resumen de televisión de Canal Sur me morí de vergüenza al verme gritando detrás de la portería del Elche gooooooool y todos a por la guarra.



-Hijo, que te he visto... vaya pinta que tenías. ¿Todo eso tienes que hacer para sacar una noticia?



Mamá era muy comprensiva, pero había cosas que no le cuadraban.



Esta Eurocopa, la de Miranda, la recordaré porque apenas he visto partidos cuando más merecía la pena verlos. Del primero, contra Rusia, cachitos de resúmenes y en directo por radio hasta el primer gol. Estaba en la playa con Miranda. En bolas y solitos. No había color. Del segundo, contra Suecia, el final del segundo tiempo y el gol de Villa. Estaba haciendo gazpachos para irnos al día siguiente a la playa. Del tercero, contra Grecia, vi los goles dos días después por Internet. Sí que vi el Italia-Francia en un día tonto, qué le vamos a hacer. Del de cuartos contra Italia, vimos Miranda, Yolanda, Valentina y yo la primera parte de la prórroga cenando bocatas en un bar de Salobreña. Se emocionaron tanto las niñas que en el coche escuchamos los penaltis por la radio del loro que nos habíamos llevado al Cabo de Gata. Valentina, que es una cocinera italiana muy guapa y no tiene traumas con el fútbol como los españoles, quería quedarse a ver el final del partido en aquel bar de Salobreña, pero íbamos a llegar a las tantas a Málaga, así que no. La voz se iba y venía pero gritamos mucho, aunque a mí me dio nosequé por Valentina. De la semifinal, contra Rusia, vi bastante más. Pero Miranda llegó al descanso para irse con unas amigas a cenar y yo tenía tantas ganas de estar con ella después de todo el día currando, que me perdí dos goles en directo.



-Pero, tío, quédate viendo el fútbol.



-Te prefiero a ti que a Iniesta.





Éste es Iniesta.

Y ésta Miranda durante el primer partido con Rusia. ¿Me comprenden o no?


Luego, al acabar la semifinal salí a la puerta de mi casa, justo al borde la la carretera y reviví ese extraño sentimiento de pasión y rechazo. Decenas de chavales rapados, con la camiseta colgada del pantalón paraban a los coches y los zarandeaban gritando A por ellos y Españaspaña. Haciendo sonar bocinas y estruendos. Berreando un rato y cortando el tráfico.




Cuando pararon el autobús de línea del Rincón de la Victoria y abrieron las puertas cerradas, me asusté con la cara de terror de uan señora que viajaba dentro. No, no entiendo ese tipo de celebraciones. Poco después llegaba la policía y aquello me recordaba a los encapuchados del país vasco corriendo por todos lados. No hubo botes de humo, pero casi.




Y ésta es La Marea Roja...


Y, por fin, la final. Miranda me había dicho que iba a verla conmigo y con algunos amigos de los míos, de ésos medio moñas que no rompen papeleras y son capaces de hablar media hora de la sinestesia en un regate de Henry o del cuatro-cuatro-dos en la poesía de José Ángel Valente. Gente que cuenta historias y grita gol mientras parodia los gestos de los hinchas. Gente que ríe. Tras descartar posibilidades, quedamos en la casa de Nacho, el médico. Nos hacía la cena. "Traeros a quien queráis", dijo. Básicamente, era una excusa para no estar solos. Una excusa para celebrar no se sabe qué. Incluso, pensé, una excusa y yuna oportunidad para enseñarle a Miranda por qué y qué me gusta del fútbol.



-A mí el fútbol no me gusta porque me recuerda a mi padre. Empezaba a gritar y nos mandaba callar. La radio me ponía de los nervios. El fútbol era mi padre excluyéndome.





Eso contó Miranda mientras se alzaba la copa de Europa. Habíamos llegado seis minutos antes del final a casa de Nacho. Antes, habíamos pasado el día en la playa con sus sobrinas. Nos habíamos quedado atrapados en un atasco de regreso a casa. Para colmo, ella tuvo que regresar a sus sobrinas a casa de su madre y nuestra amiga Eva, que nos iba a acompañar, había decidido volver a Granada antes de que acabase el partido. Mierda de plan.


-No te preocupes, te espero en casa y cuando vuelvas, si te apetece, vamos a casa de Nacho o no, según lo reventada que estés, le dije, desplegando toda mi compresión de chico meritorio de esosqueyanoseencuentran.



En casa ya había logrado ver el primer gol de Torres: el gol, vamos, que el resto fueron postes y uuiras. Luego, estuve mirando la tele un rato mientras hablaba con Nacho por teléfono, que también se había quedado cortado con la caravana, y nos quitaba presión.


-Venid cuando queráis. Yo es por estar con vosotros. ¿Has visto qué baño le estamos dando a los alemanes? Es el triunfo de la técnica sobre la fuerza bruta. (Ya dije que mis amigos y yo hacemos una categoría aristotélica de un cuesco a destiempo).



Llegó Miranda a casa, ya con las niñas en su olivo, y pitó desde el coche. "Venga, vamos a casa de Nacho". Tenía la radio puesta para que no me perdiera el partido. Qué mujé. Pero yo estaba en sintonía solidaria con ella y sus compromisos con la familia, amigos y la humanidad completa. A esas horas el partido me importaba casi una mierda. Estaba siendo como esas películas de tele 5 que te echan dobladas y encima las cortan 27 veces: no hay quien se forofe. Total, estaba seguro que íbamos a ganar y tampoco sentía una emoción especial.



Por avanzar: ya ha acabado el partido. Estamos en casa de Nacho que nos ha preparado una rica cena. Miranda hace comentarios sarcásticos sobre el fútbol. Parece que de esa manera se desahoga del cansancio de tanto día D.



-El fútbol me recuerda lo peor de mi padre. Cuando nos apartaba de su lado.


Y, entonces, Nacho y yo recordamos justo lo contrario. Recordamos cuando el fútbol nos servía para hacer amigos. Cuando era un motivo para estar cerca de nuestros padres. Para cuando me di cuenta de que ni sabiéndome de carrerilla la alineación del Madrid yeyé que ganó la sexta copa de Europa iba a estar cerca de él, ya le había cogido afición y conocimientos al juego y sus aledaños. He jugado muchos partidos en el callejón donde vivía con mi hermano y una pelota gorila; o en el pasillo de mi casa, solo, con una pelotilla de las de botar sin fin; o en mi cabeza, dándole patadas a una bola de papel con los dedos, haciendo comentarios radiofónicos en voz alta para sentirme arropado. Tú solo, rugiéndote un estadio en tu pecho marcando el gol de Marcelino, el de Rubén Cano, el de Maceda a Alemania, el de Cardeñosa que nunca entró. He leído miles de crónicas deportivas. He matado la soledad o el tedio con miles de tardes de radio y Carrusel Deportivo. Aún hoy me leo el As y el Marca por internet antes de repasar El País y mis blogs favoritos. Hace años que no juego al fútbol. Si chuto al balón y me da en el juanete, veo las estrellas. Sé bastante de fútbol y me encantan las crónicas de estilistas como Julio César Iglesias, Segurola, Valdano, Sámano, Miguélez, Trueba, Gonzalo Suárez... Me joden los forofos, aunque sean de mi equipo. Si son de mi equipo, más todavía.



Pero Miranda seguía sarcástica:


-Qué emoción más grande. Siento el espíritu de la roja correr por mis venas. ¿Ahora hay que ir a la Cibeles a bañarse? (*).



Al fin, bajamos el volumen a la tele, Nacho puso un disco de Loussier interpretando a Satie en clave de jazz y otro de las cubanas Las hermanas Márquez (http://www.puertopadre.com/marquez.htm). Miranda y yo bailamos un son y ya empezamos a sentirnos donde queríamos estar. Luego, Nacho, en plan maestro de ceremonias, sacó un libro que le había regalado su bisabuela inglesa y que estaba fechado en 1906. Peter Pan in Kensington gardens. El primer libro que Barrie escribió sobre el personaje, ilustrado por Arthur Rackham. Una maravilla. Acabamos ideando una exposición sobre Peter Pan. Soltamos ideas y unimos nuestras manos haciendo un pacto de juntos podemos. Propongo un título, Tejiendo alas. Se discute y sale adelante.




Ilustración de Arthur Rackam para Peter Pan in Kensington gardens.


Pensé que, aunque fuese por ósmosis, algo había calado en todos de esa celebración del triunfo de esa España inédita. Era nuestra manera de bañarnos en la Cibeles. Miranda y yo regresamos tarde a casa, con una sonrisa de oreja a oreja. Otro motivo, digo, para que me siga gustando el fútbol, auqnue prefiera a Miranda. Ya digo, más allá de nuestros padres, cuando es emoción, memoria y geometría.


(*): Dice Miranda que no dijo exactamente eso y que recreo cosas y las adorno. Que esa frase me pega más a mí. Y que los periodistas y los escritores inventamos siempre. Es verdad, dijo más cosas y otras durante la noche. Pero yo me justifico argumentando que el realismo es una ilusión óptica, una apariencia, un recuerdo. Como la ilusión de tres dimensiones en pintura o de movimiento en el cine. Es eso, ilusión. No sé quién dijo que el cine era una mentira muy bien contada. Poseso. Pero, que le salga a Casillas un chancro blando si miento, todo lo que he contado es rigurosamente cierto. Bueno, rigurosamente...

"Papaaá, ese payaso no tiene gracia!"

Paco de la Torre, alcalde de Málaga, en el Festival Ja, je ji, jo, ju del pasado sábado


Es sábado 28 de junio. Estamos en Málaga, en ése Palacio de Ferias y Congresos que se parece muchísimo a un Frank Gehry. ("¡Ah, sí, por ahí dicen que el arquitecto lo copió de verdad! ¿Cómo se llama? Ah, Ángel Asenjo. Vale, vale..."). Ya son casi las nueve de la noche. Estamos sentados en el público, viendo el Séptimo Festival de magia y Humor Ja, je, ji, jo, ju. Recibí un correo de mi admirado Ángel Idígoras, uno de los miembros más activos de esa asociación ejemplar que se llama AVOI, y que organiza eventos como éste para recaudar fondos para alegrarles la vida a niños enfermos de cáncer (http://www.avoi.info/). He invitado a las sobrinas de Miranda, Selva y Luna, que acaban de llegar de Madrid. Y a la madre de Miranda. Y a la hermana de Miranda, madre de Selva y Luna. Y a la chica que cuida a las sobrinas de Miranda. Y también han venido dos amigas de Miranda. Y ahí estamos todas. Yo con un cachito de cromosoma Y entre tanta equis.


-Te lo vas a pasar muy bien, ya verás, me dijo Idígoras el otro día por teléfono. Son todos muy buenos. Lleva a todo el mundo que puedas porque no se van a arrepentir y todo lo que recaudemos le viene bien a los críos.


Hay bastante público en este salón del Palacio. Familias con niños, sobre todo. Me alegro por la recaudación y los de AVOI, que son ejemplares. Estoy decidido a participar con ellos. Ya ha salido el payaso francés Jean Philippe, que hace figuras instantáneas con globos y presenta la gala; y el malabarista Raúlez que es muy canijo y se pinta un bigote y pone cara de tanguero arrastrado y juega con pelotas blancas; y el payaso Kaíto, un gordito encantador que le saca chispa y encanto a antiguas rutinas de payaso y que se ríe tan perfecto que querrías poner esa risa de aviso de llamada en tu móvil. Los niños han flipado con Kaíto que ha tocado el saxofón y ha tirado al público decenas de elefantes-globo gigantes y todos nos hemos vuelto locos dándole porrazos a los elefantes que se balanceaban sobre la tela de una araña y tal.


Selva y Luna, cuatro y diez años, ríen con diferente desparpajo. Y Miranda y Valentina y Eva ríen. Luna me mira de reojo un poco aviesa porque aún no me conoce y teme que le robe a su tita. Selva aplaude, da gritos de risa y pone mohínes y a Miranda se le pone cara casi de madre feliz o de niña que adoraba a Fofó y le gustan las sombras chinescas y hacer voces de susto para que las niñas peguen un grito o le digan:


-¡Teté, no hagas más tonterías, que pareces una niña!

Tras Kaíto ha salido de nuevo Jean Philippe y, cambiando un poco el tono de voz a otro más solemne, pide un aplauso para el señog alcalde la ciudad que ha venido a veg este ggan espectáculo del festival jojejijaju.


Y el cañón se enciende e ilumina al alcade. Y algunos pensamos: "vaya, no es mal apoyo para la asociación. No sabía que a Paco de la Torre le gustara la magia". Pero el Major se siente hoy indómito y como sabe que para un alcalde mejor foto sin honra que hilillos de Prestige, o algo así, se viene arriba y se sube al escenario. Le ponen el foco y habla.


(Nuestro alcalde habla con la fluidez de un rapero pero con el tono de un diácono de seminario. Habla ora pro nobis sin pausa alguna).


Serán sólo cinco minutos. Pero mientras los mayores ya nos echamos miraditas y levantamos cejas, los niños se impacientan y no entienden nada. Selva se remueve en los brazos de Miranda. Delante de nosotros otra niña le dice a su padre, para que lo escuche:


-Papáaaa, que se quite este payaso que no tiene gracia.


Debe haberlo escuchado el Major of the City porque acelera su discurso y se despide del público. Mientras Jean Philippe hace entrar al mejor payaso/mago de la noche, el argentino Mirko (se parecía al jugador argentino Carlitos Aimar, al que apodan precisamente El Payaso, pronunciado con esa y griega que suena a ché con ola surfeante), el alcalde sale con tres guardaespaldas por el pasillo, cumplida su función de estar allí y hacerse la foto, agradeciendo sin gracia. La cara de nuestro alcalde es la de un payaso triste, de ésos que tienen poca gracia y que salen con los graciosos para que parezcan más graciosos todavía. Véanlo si no en esta foto impagable de la última campaña electoral que adjunto.
Mirko, un payaso que tiene el Premio Mandrake de Magia, más tarde -entre chistes minimalistas del tipo: "vaya, qué hace aquí este bumerán, creí haberlo lanzado antes"- hará una alusión a la intervención del alcalde -"viene, se sube al escenario y se va, noooo, looco, qué fuerte"- y bastantes mayores aplaudirán espontáneamente.


Luego saldrá Miguel, el hombre del fuego; y Jean Philippe hará un cuento de príncipes y princesas con globos y dos niños del público; por fin, Xavier Tapias convertirá un montón de latas, botellas de plástico, cajas de cartón y trozos de papel de aluminio arrugados en personajes animados que se mueven como robots de manera inexplicable. El público aplaudirá mucho y saldrá al hall a hacerse fotos con sus héroes. El alcalde ya no estaba allí. Mientras cada cual rememora lo que más le ha gustado y Mirko acapara las simpatías de las chicas adultas, Selva dirá a Teté poniéndose melosa:


-A mí no me gustaba el payaso sin gracia.


Luego pensé, una vez más, lo necesarias que son personas como Idígoras que dan ejemplo tenaz y modestamente regalando su talento y su tiempo para que otros se beneficien. Y me grabo a fuego que tengo que unirme como sea a ese voluntariado. Por fin, acabamos todas las X, y yo con toda mi Y a cuestas, comiendo pescaíto en el Paseo Marítimo. Al menos no nos atendió el alcalde, que cuando le entra la electorálisis aguda resulta imparable. Sí, fue en el Chiringuito Gutiérrez. Recomendable. Pero eso ya es otra historia

sábado, 28 de junio de 2008

Oh capitán, mi capitán



Con el joven Adriá, con Miranda y con el Gran capitán de la Bañera de Ulises, Emilio Garrido, posamos felices tras hacer Emilio de Fernando Alonso entre las carreteras de Urueña y Valladolid permitiéndonos llegar a tiempo a Miranda y a mí para coger el tren a nuestra ciudad, Málaga. Esto fue unos meses atrás. Emilio, periodista, director y voz del programa de Radio 3 La Bañera de Ulises durante cinco años, acaba de acogerse al eufemístico expediente de regulación de empleo de RTVE, que echa a la calle, bajo apariencia de jubilación anticipada, a más de 4000 trabajadores del ente público. Entre ellos algunos de los genios de Radio 3. Él, junto a Ordovás o Carlos Faraco, es uno de estos genios del micrófono que ya no tienen sitio en RTVE.

En el momento en el que escribo estas líneas, Emilio está emitiendo en directo su último programa de La Bañera. Desde él, músicas, historias, textos, voces, gastronomías y políticas ancestrales y actuales del Mare Nostrum han tenido su espacio y cubierta. Hoy, el capitán, Nuestro Emilio 'Ulises' Garrido, se despide para navegar desde otros lugares. Pronto estará en la Red y desde aquí lo anunciaremos y lo recomendaremos. (http://labaneradeulises.blogspot.com/ y http://www.labaneradeulises.org/). Porque él es de los que no se quedan en casa lamentándose, comparte con nosotros lo que sabe y nunca encuentra tiempo para tirar la toalla.

Gracias, capitán, gracias, amigo. Nos vemos en los puertos libres. Tomaremos absenta (poquita, que ya estamos mayores) y celebraremos la amistad que regalas cada día. Cantaremos en corso o en gadita, pero cantaremos.

"¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!,
nuestro espantoso viaje ha terminado,
la nave ha salvado todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas,
el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave..."


Vamos a darle la vuelta a los versos de Withman. En esta versión que cantaremos, llegas a puerto, sí, pero nunca yacerás frío. En estos viajes, los héroes no deben morir para ser recordados. Un abrazo, amigo. Y para todos los que quieran seguir escuchando una y otra vez las bitácoras del navegante, esta página impagable. Aquí está su viaje todo: http://www.profesionalespcm.org/sonoro/BaneraUlises.php).





Emilio en Urueña. Marzo de 2008.