sábado, 30 de mayo de 2009

Catálogo de novedades ACME

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La canción es "Eugene" de Andrew Bird. La animación de John Kuramoto. Los dibujos de Chris Ware.

Acaba de salir editado por Mondadori en una edición exquisita y soberbiamente traducida por mis amigas María Eloy-García y Rocío de la Maya el catálogo de Novedades ACME de uno de los genios más torturados y torturantes del mundo del cómic, Chris Ware. Me enteré por la página de mi admirada María-Eloy, poeta con habilidades performáticas y plena en su capacidad de combinar inteligencia e histrionismo (http://mariaeloy.blogspot.com/2009/05/hablemos-de-ware.html). Así que corrí a hacerme con mi dosis. Joder, que una editorial como Mondadori se decida a sacar cómics y, encima la edición sea propia de un libro de artista, es para celebrarlo, al menos entre la caterva de cuarentones entre la que me incluyo que tuvieron que leer tebeos bajo el gesto de conmiseración de los adultos de entonces que consideraban que te reblandecían el cerebro, de la misma manera que hoy los adultos consideran que el videojuego idotiza indefectiblemente a cualquier chaval que lo usa sin mueca de desprecio.





Pero es que Ware (http://es.wikipedia.org/wiki/Chris_Ware) es de todo menos alguien capacitado para reblandecerte el cerebro, más bien lo contrario, una especie de espeleólogo de automiserias disfrazado de línea clara altamente dispuesto a freírte el bienestar con muñequitos perfectamente trazados mientras tú te asombras con lo mal que puede llegar a hacerte sentir. En este catálogo de novedades ACME, Ware, tal y como antes había hecho en el fabuloso Jimmy Corrigan, el niño más listo del mundo, otra joya deliciosamente editada, esta vez por Planeta, te exige como lector una implicación física y emocional para la que sólo estamos capacitados cuando somos aún niños o adolescentes. Sus personajes son ruines, crueles, mezquinos, ignorantes, cretinos, borderlines y, aun así deliciosamente dibujados con todos los recursos más simples de la expresión artística, eso sí, con un nivel de precisión que denota la personalidad maniática y perfeccionista del autor. Colores planos, líneas definidas, círculos y líneas rectas trazan personajes que acaban siendo una suerte de clicks de Famobil o muñequitos de Lego actuando en una película gore o de porno zoofílico.

Ésta es María Eloy-García.

Ware convierte en mundo único posible un universo personal y onírico derivado de las viejas revistas llenas de anuncios insólitos del tipo "haga crecer el pelo de su calva con nuestro maravilloso producto" o "aprenda ua profesión de futuro en 15 días con nuestro método único". Sus simulaciones de esas páginas de anuncios llenas de letrillas minúsculas -por ahí radica una de las exigencias físicas que Ware impone al lector que busca penetrar en sus historietas, impidiéndole materialmente leer uno de sus cómics pensando en otra cosa que no sean las múltiples capas de lectura y las cargas de mala leche que pueblan cada palabra y cada rinconcito de su edidiciones- son manifiestos políticosociales antisistema usando las apariencias que el sistema capitalista utiliza para entontecernos y entretenernos.




Debe ser un tipo muy difícil este Ware. Su mjer revelaba en alguna ocasión lo complicado que es convivir con un tipo tan obsesionado por la perfección y por voluntad de decir y expresar exactamente lo que desea y cómo a su vez le conmovía en lo más profundo esa lucha titánica de creador con sus demonios interiores, esa voluntad de ser honesto admitiendo todos los venenos originales que poblaron su personalidad desde la infancia.


Desde hace unos meses estoy disfrutando el placer de actuar como psicopompo iniciático para Miranda en el mundo del cómic, ahorrándole caminos que no llevan a ninguna parte y llevándole directamente a piezas maestras y fuentes originales. Verla disfrutar con ello y consultarme luego pidiendo un "¿y qué leo ahora?" es algo que me hace sentirme acompañado y tremendamente útil. Cuando compré el ACME, ella me preguntó si debía empezar por ese libro y le recomendé que antes lo hiera con el Jimmy Corrigan. Una semana después no para de decirme lo depresivo que le resulta sin dejar de admirar la perfección y honestidad de su propuesta. A mí, el ACME me está revelando, entre otras cosas que ya tengo vista cansada y me obliga a quitarme una y otra vez las gafas y a ponérmelas, a no dejar ningún rincón del libro, ni sus fajillas siquiera sin hurgar, tal y como hacía de niño con los cajones llenos de libros y juguetes antiguos de casa de mis abuelos.



No voy a insitir más. Ante Ware hay que rendirse. Rendirse ante su reutilización de recursos estéticos y representativos de la historia del cómic y la historia del arte. Rendirse ante su propia rendición al esto es lo que hay detrás de la máscara, esto es realmente Matrix. Es como el Lynch que va señalando capas subterráneas de suciedad y crueldad de pesadilla bajo la aparente felicidad del american dream de los anuncios y las ilustraciones de Norman Rockwell. Big Tex, Quimby the Mouse (que es casi la venganza y el triunfo del ratón Ignacio de Krazy Kat), Jimmy Corrigan, Rocket Sam, Rusty Brown o Frank Phosphate son algunos de los personajes de las tiras que guarda y compila este fabuloso volumen. Como todo arte grande, el de Ware no permite que nadie se fíe de sus apariencias. Te exige, naturalmente, dedicación plena, que te olvides de la fastfood culture. Pero eso ya presupone a un autor que no te toma por imbécil. ¿O sí?