miércoles, 22 de octubre de 2008

Pacífico (Teoría de la desgracia)


José Antonio Garriga delante de un reloj. A él le gusta detener el tiempo con las palabras.


Mi buen amigo, crítico y escritor Miguel Ángel Martín -Miguel Ágel Oeste, es su alias- acaba de devorarse la última novela de mi compadre José Antonio Garriga. Como él no tiene blog y aún no sabe si se atrevería a esto de exponerse al público me pide si puedo hacer un post con la crítica que él ha hecho de la novela de su admirado Garriga, Pacífico. Cómo no, le digo, ésta es tu casa. Así que, sin más, mientras cuento las horas para el regreso de Miranda, le damos la palabra al queridísimo Miguel Ángel.



Éste es Miguel Ángel. Ya le he dicho que en este blog no tiene mucho sentido ocultarse




TEORÍA DE LA DESGRACIA


APUNTES SOBRE PACÍFICO de JOSE ANTONIO GARRIGA VELA


Por Miguel Ángel Oeste




UNO. Dice el narrador de esta absorbente, magnífica novela que “La mano caliente de mi padre ahuyentaba el miedo de mi cuerpo”. Y sí, nacemos niños e inocentes hasta que la vida nos va cambiando y empezamos a sentir frío, y nuestro primer héroe, nuestro padre, un día deja de serlo. Y entonces el mundo empieza a ser más frío y más extraño y empezamos a hacer (y hacernos) preguntas. Pero las respuestas que recibimos son diferentes a las propias.

Y ése, y no otro, es el momento exacto en el que el niño que había pensado ser santo decide ser escritor.

DOS. El niño es el narrador de Pacífico. El niño cuenta la historia de su familia: su hermano Sebastián, un hombre tranquilo que construye barcos y sueña con Marta y es enviado al infierno por no hacer nada. De su madre, una comadrona que vive entre dos hombres en la misma casa. Porque su marido (un vendedor de perfumes) persigue el deseo de mujeres más jóvenes. Marido y amante combaten sin puños por esa mujer. De su padre que huye hacia delante. Hasta que se arrepiente y promete volver a ser el que alguna vez creyó que era. Pero no. Porque vuelve a huir a la mayor de las velocidades hasta que se estrella. Y ya no puede moverse. Entonces es el mundo el que se mueve y él que está quieto, aunque continúa corriendo sin moverse del mismo lugar. De Fernando Nogueira, un periodista deportivo que tiene alquilada una habitación en esa casa de Calle Comercio que funciona en la novela como un microcosmos universal que se proyecta sobre el universo. De Marta con el cuerpo de Estelita Raval. La Mujer del Alambre. Y de un perro, Chivato, un animal sin memoria que juega con los designios de la vida como si fuera Shakespeare. Y de otros personajes secundarios entrañables (todos lo son) como el entrenador Alcántara o el maestro Linares.

TRES. Pacífico es una novela soberbia que se lee en un sosiego expectante, mientras paulatinamente crea una tempestad en nuestras emociones. Y también: Pacífico es un libro para leer bajo una luz tenue, de noche, en calma, porque su fulgor es fuerte y su intensa fuerza de arrastre es mayor.

Pacífico, la novela, es mayor que ese océano homónimo.

Jose en el cementerio de Montparnasse, en París, junto a la tumba de su escritor favorito, Samuel Beckett



CUATRO. Estamos ante una historia triste escrita bajo la templanza de una voz narradora melancólica y suave. Una templaza que a cada párrafo explota en múltiples y profundas cuestiones humanas, morales… sobre la rara a la par que vibrante existencia de un mundo cerrado o contenido en Calle Comercio, pero abierto y expansivo en pensamientos y deseos.

CINCO. José Antonio Garriga Vela consigue algo muy complicado: nos introduce dentro de este rotundo libro, y cuando sales de su interior, lo haces por un lugar distinto al que se entró. Y mejor (o más importante): sales más sabio, más humano, con ganas de vivir (aunque la vida huela mal), y de querer a tus seres queridos aunque sepas que son éstos los que te ponen límites.

SEIS. Una apreciación personal y subjetiva. Mientras lo leía tuve la sensación que imaginaba a Garriga Vela escribiendo, subido a uno de esos alambres por los que Estelita Raval hacía equilibrios por el alambre, pues su prosa, o la cadencia de sus oraciones, parece caminar por esa fina cuerda, seduciéndonos igual que si mirásemos el número de un funambulista.

Escribir es hacer funambulismo con los pensamientos y con la imaginación y con la memoria. Eso parece decirnos este acróbata de las letras. Un maestro en un número imposible que hace posible, mientras el público (nosotros) abrimos la boca (la mente).

SIETE. La literatura de José Antonio Garriga Vela es un recorrido por las debilidades del hombre sobre la manifestación o agotamiento de los sentimientos en esta derrota que es el tiempo.

OCHO. Pacífico nos muestra enseñanzas tan básicas, tan necesarias, tan humanas, y que, sin embargo, nos llevan a errar una y otra vez, ya sea por dejarse arrastrar por el deseo o por las vueltas y revueltas que da la vida o por simple azar o por lo que sea.

Y también, por sus páginas, se oyen los tambores-ecos de Kafka, de Faulkner, de la trágica extrañeza azarosa de los personajes de Auster…, de las verdaderas miserias de la vida por erosionantes y sentidas en un grupo de personajes entrañables con sus grandes defectos y mínimas virtudes como todos nosotros.

NUEVE. Pacífico es una sutil historia de tristeza, de inmensa tristeza, pero a la vez es una especie de canto a la vida, a compartir cualquier momento, a sentir, y a amar de la mejor de las formas. A la vez, Pacífico muestra las dos caras de esta vida con sus incontables matices; a pesar de esa diáfana dualidad de los polos: positiva para el narrador, negativa para Sebastián.

DIEZ. Un día se es niño y la mano caliente del padre ahuyenta los miedos. Otro, de repente, sin avisar, todo cambia. No hay un día preciso. Pero todo comienza a cambiar, porque las respuestas del padre a las preguntas del niño sobre la vida empiezan a diferir de las del niño. Estamos escuchando hablar a ese padre sobre el mundo y sus héroes (sus dueños lo llama él); el niño lo mira, le surgen dudas y entonces le pregunta: “Y nosotros, papá, ¿de qué somos dueños?”. “Nosotros, hijo, somos dueños de la desgracia”, le contesta el padre.

Y ése, y no otro, es el momento crucial en el que el niño descubre que ni Dios ni los Santos existen. Por lo que empezará a escribir la historia de su familia como la forma inequívoca de constatar su memoria, aunque los mexicanos afirman que el océano Pacífico no tiene memoria, a diferencia de esta maravillosa novela, Pacífico, que no sólo tiene memoria, sino que se queda en la memoria y nos acompaña a ese paso inevitable, a esa “extraña forma de vida”.


Éstos somos Jose y yo, en París. En Montmartre. Hace ya cinco años


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena critica, Miguel Angel. Coincido contigo en casi todo, a mi esta novela tambien me sigue acompañando despues de leida.

Lupe dijo...

¿Valen frivolidades?
Qué muchacho más bonito...

Ginebra dijo...

Jamía, Lupe, eso mismo le dije yo al H. pero por SMS para que no me pusieran a caer de un burro por poco profunda y eso.

miguel ángel oeste dijo...

Gracias anónimo. Creo que Pacífico es una novela espléndida, la verdad. Y gracias a Héctor por dejarme su casa, su espacio para mostrar mis comentarios.

EVA dijo...

..por eso me gusta tanto este Blog....aunque a veces no tenga una mucho tiempo de comentar........

Agradecer que nos muestres nuevos libros........nuevas gentes............

me pido este!