viernes, 27 de febrero de 2009

Man on wire




Me la recomendó mi amigo, el periodista, escritor, novelista, performer, poeta, blogger, viajero y practicante de spoken word Bruno Galindo. "Tenéis que ver esto, chicos. Es un pasote". Y de eso hace un mes y medio o así. Pero no habíamos tenido tiempo de verla. Anoche fue la ocasión. Recién ganado Man on Wire el Oscar al mejor documental y después de una rica cena con crema de calabacines, envuelta Miranda en mantitas y yo a su lado, le dimos al play. Y allá que comenzó la narración y reconstrucción de una de las odiseas poéticas contemporáneas más hermosas que puedan imaginarse. La historia de un hombre, Philippe Petit, de alma y profesión funambulista, y de un grupo de amigos y cómplices que lograron el 7 de agosto de 1974 que el hombre del alambre, Man on Wire, el propio Petit caminase durante 45 minutos por un alambre tendido por el equipo, sin que nadie de la seguridad del World Trade Center se diera cuenta, entre las dos Torres Gemelas de Nueva York.
Hablamos de un acto poético. Visual y conceptualmente fascinante. Hablamos de la determinación de un hombre que sólo sabe vivir como si cada minuto fuese el último de su vida. Un genio del vacío y el equilibrio, un ser romántico. Un poeta guerrero. Un artista sobrenatural que ejecuta el sueño que desde adolescente se marcó como objetivo durante la espera en la consulta de un dentista. Ese día Petit leyó en un periódico que iban a construirse en Nueva York las torres más altas del mundo. Y él, que siempre había soñado con las alturas y el alambre, decidió que no pararía hasta lograr cruzar el cielo de la Gran Manzana mediante un cable tendido entre las dos moles hoy desaparecidas.
Petit, su esposa y su hija en 1988
Más allá del efecto catárquico que sobre los neoyorquinos y estadounidenses, y casi sobre todo el mundo occidental, tenga el hecho de recordar esta hazaña lírica y circense sobre el símbolo de su poderío devastado, Las Torres Gemelas, la acción de Petit es casi un cuento budista. Y el documental de James Marsh, nutrido de imágenes de la época -Petit y sus cómplices sabían de la magnitud de la hazaña y la documentaron perfectamente- y de recreaciones muy logradas, es capaz de mantener a la par el pulso poético de la acción rememorada -no fue la única que hizo Petit, pero sí la más grande y la que culminó su obsesión- y la tensión de filmes de robos o asaltos del tipo Oceans eleven o Atraco Perfecto. Y es también una película de amor. El amor y la admiración que los miembros del equipo de Petit -su novia de entonces, Annie, y uno de los amigos que más luchó por ayudarle y hacerle desestimar de su loco intento- profesaban al hombre que era capz de flotar en el aire. Cuenta Petit en una escena del film cómo para realizar una tarea así es absolutamente fundamental no tener ningún apego ni a la vida ni a las personas. Tanto su novia como su amigo enamorado en secreto de él intentaron toda suerte de "argumentos, ternuras, chantajes, presiones" sin éxito. "Para lograr algo así no hay amor que pueda cruzarse en tu camino", añadía el hombre que caminaba entre las nubes.
Petit y el director del documental, James Marsh, durante la presentación del mismo en el Festival Tribeca de NY.
Y es el filme, en definitiva, una historia sobre la verdadera pulsión humana: el hombre frente a la muerte. La lucha de Petit entre el miedo a perder la vida y la determinación por desafiar su muerte, tan posible como magnífica y llena de justicia poética es la sobrehumana fuerza que le permitió a los 24 años llevar a cabo una de las hazañas más aparentemente inútiles de todas las perpretadas por un ser humano. Aquel hombre casi andrógino en sus rasgos, absolutamente máscara, un mimo superdotado, no permitió a nadie más beneficiarse de sus conquistas, ni siquiera poder repetir lo mismo. Cómo eludieron durante semanas a la vigilancia del edificio sin que nadie sospechara nada en absoluto, más de 30 años después y tras los atentados del 11-S, demuestra hasta qué punto la seguridad es un camelo. Terror o amor son capaces de filtrarse por cualquier fortaleza por inquebrantable que parezca. Es quizás por eso que nos conmueve y nos inspira tanto. Petit pudo haber puesto mil bombas en el edificio. Pero no luchó contra el símbolo. Sólo se inspiró en él para volar. Petit, un poeta, nio destruyó nada: construyó una metáfora en el vacío, un instante de eternidad. Al Qaeda sólo supo crear horror en el mismo lugar. Miranda y yo -que mira que hablo- nos quedamos tan arrobados como silenciosos tras la película. Con una extraña sonrisa que parecía flotar sobre todo. Un instante de levedad, tan similar al paseo entre las nubes de este extraordinario artista, nos devolvió al lugar donde los hombres no temen nada, no esperan nada y crean su único destino: vivir para morir. Id a verla.
Buscando fotos sobre Petit he encontrado un hermoso y documentado post en este blog (http://rrose.espacioblog.com/post/2006/09/24/philippe-petit-y-domadores-del-vacio) sobre la relación entre el vacío y wel arte contemporáneo. Recomiendo su lectura.

Y ahora, dos vídeos: en el primero veis el momento en que recibe el premio al mejor documental en la pasada ceremonia de los Oscar y en el segundo un tráiler subtitulado. A disfrutar.


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