martes, 26 de febrero de 2008

"Haga un bello poema en la piel de su padre"


Como hijo nunca pude hablar tranquilamente con mi padre, de hombre a hombre. Ni de hijo a padre. Tan sólo de sometido a tirano. Pero no olvido un solo día la conversación imposible que mantuvimos la tarde del día que me marché de casa (1).


Siendo yo adolescente, aquel hombre, antes de rompernos el uno al otro para siempre, me contó, quizá sin saberlo, las claves de su miedo y su locura.


Yo solía decir "mi padre y yo nunca hablábamos". Ahora sé que lo exacto sería decir: "sólo intentó hablarme una vez; y quizá fue suficiente".


Al entenderlo todo, no entendí lo que realmente quería decir. Un hombre conocido suyo, un profesor de dibujo, alcohólico como él, bohemio y poeta -no como él- hizo de mi padre una vez, cuando ya mi padre real y yo estábamos separados. "Su padre de usted le quiere, y le necesita; pero ni lo sabe, ni sabe decirlo. Perdónele usted en su corazón. Y, usted que escribe y es poeta, haga un bello poema en la piel de su padre. ¿Entiende lo que le digo, verdad? Será su mejor poema, un poema sobre la piel de su padre". Asentí emocionado. Sobrecogido. Pensé que había llegado un extraño padre arcangélico para ayudarme a recuperar a mi padre. A veces sentía que el que era el padre de mi padre era yo. Otras, que cómo un adolescente humillado y combatido por su propio padre podría ahora acercarse y acariciarle. Demasiado rencor acumulado. Sí, las palabras, sí. Ahí sí podía. Pero las caricias... Eso sí que era complicado.


Nunca volví a ver a aquel hombre. Casimiro, se llamaba. Desapareció de la vida de los dos. Yo nunca hice aquel poema. El día de la muerte de mi padre en la residencia, muchos años después, yo estaba triste y sereno. Mientras, mi madre lloraba con contención y profundidad diciendo "me da tanta lástima la mala suerte que ha tenido este hombre; se ha muerto sin dolor, pero se ha muerto tan solo, Héctor, tan solo". Yo, que me llamo como él, sólo quise ponerme sus zapatos. "Un hombre guarda su alma en sus zapatos", me decía a mí mismo por dentro, como un mantra que no sabía de donde llegaba. Los cogí y los guardé hasta que se destrozaron o alguna compañera de mi vida los tiró. Las chicas a veces no saben interpretar nuestros altares secretos. Es una lástima porque si violas los suyos se sienten a morir. A veces les cuesta admitir al otro como un semejante.


Cogí todas las cosas que guardaba en los cajones de la habitación de su Residencia, todas las porquerías, cajas de medicinas, paquetes de tabaco vacíos, pilas usadas y cromos que compraba para acabar los álbumes de recuerdos y fotos que no pude ver hasta hace un año y lo metí todo en bolsas grandes de basura. Por aquel entonces me relacionaba mucho con el arte. Pensé en hacer una instalación con todo aquello, reproducir aquella habitación, guardar la memoria y el espíritu de aquel hombre con las cosas absurdas que guardaba. Guardé aquellas bolsas en el almacén de la perfumería de mi abuela. Mi hijo estaba a punto de nacer. Lo haría un mes y cuatro días después de la muerte de mi padre. Mi padre nunca supo que iba a tener un nieto. No quise decírselo. Vendieron de improviso la perfumería de mi abuela. Tiraron todas las cosas. No me avisaron. Sentí, una vez más, no haber estado a la altura de las expectativas. No ser capaz de hacer un bello poema sobre su piel. Ni siquiera un poema torpe sobre su mano. El orgullo y el rencor, por más razones que lo justifiquen me habían apartado de aquel hombre. De cerrar en paz tantos años de enfrentamiento.


Ahora, que mi hijo tiene la edad que yo tenía cuando mi padre y yo dejamos de hablarnos y nos peleamos, comienzo a perdonarme. Comienzo a verlo en mí. A verlo a él también en mi hijo. A tener miedo de mi hijo como él tenía. Yo he discutido mucho con mi hijo. Pero nunca he dejado de hablar con él. Él, que no se llama como yo y hace unos meses que se fue a vivir con su madre, nunca ha tenido problemas en hacer bellos poemas sobre mi piel. Y hace poco más de un mes ha vuelto a vivir conmigo, tras una temporada de desconcierto. Uno de los últimos sms que me mandó antes de volver decía:"aunque nos peleemos, y sigamos peleando... te quiero".


Hace unos años estaba intentando rematar una suite poética. Varios metros y estilos para una especie de travesía. Incluía un poema a mi hijo del que me siento orgulloso (2). Me faltaba el final de la suite. No lo encontraba. Sólo pude hacer esto: "el día de mi muerte/ no voy a tener miedo".


Hoy vivo en la casa que fue de mi madre, muy cerca de la casa de donde rescatamos a mi padre en su día entre las basuras y la locura. En la casa de donde me marché de adolescente. Mi padre nunca pudo reponerse del abandono de su hijo y del resto de su familia. Hoy, sobre la chimenea, luce una pequeña foto enmarcada en un pequeño cajón donde mi padre pega sonriente su cara a la mía. Yo tenía 11 meses y acabábamos de llegar a Málaga. Ahí, no cabía duda alguna, éramos el poema. El poema olvidado.


Yo lo había escrito muchos años antes, sin saberlo. Mi hijo me da un beso cada día.
(1) V. Yo nunca he estado con mujeres malas.
(2) V. Mi hijo pinta un mundo.

2 comentarios:

nacho dijo...

Que historia más triste y bonita a la vez...
Vaya tatuaje mental amigo!
abrazo

...antidoto esencial dijo...

Tienes valor. Yo nunca me he atrevido a diseccionar la relación con mi padre. Ni superficialmente. Cierto es, no obstante, que empiezo a enfrentarme a esa relación bajo otro prisma: el del que me muestran mis hijos. Saludos nocturnos.