sábado, 3 de mayo de 2008
Hace 45 años...
jueves, 1 de mayo de 2008
Camino a Eleusis
A lo largo de milenios, Eleusis ha sido el centro espiritual más importante de la antigüedad Griega. Los misterios de Eleusis tienen su origen en la diosa del grano, la diosa Démeter; ella originó estos misterios como agradecimiento por haber vuelto a encontrar a su hija Perséfone. Perséfone había sido secuestrada por Hades, el dios del Tártaro, y como muestra de agradecimiento la diosa del grano regaló a la humanidad los cereales, así como los Misterios de Eleusis.
En estos misterios se enseñaron una serie de reflexiones sobre la vida y la muerte del hombre; se sirvieron como ejemplo del mismo grano del centeno; el grano del centeno es plantado en la tierra y muere allí para dar pie a nueva vida. Forman parte de estos misterios toda una serie de personajes conocidos en la antigüedad: Píndaro, Cicerón, Platón, todos estos personajes fueron allí en peregrinaje y les estaba prohibido decir lo que allí habían visto, era un secreto; pero lo que sí les estaba permitido era contar cual era la importancia que para ellos tenían los Misterios de Eleusis; y de forma unánime todos manifestaron que allí les había sido permitido comprender los mismos orígenes de nuestra vida, y también habían logrado vislumbrar el final de la vida: habían empezado a comprender de dónde venían y adonde iban.
Se sabía que los adeptos que peregrinaban a Eleusis después de largos preparativos, al final de su viaje recibían una bebida sagrada; esta bebida es la que les proporcionaba la iluminación, y de siempre había sido un problema para los investigadores y para la ciencia el averiguar los ingredientes de esta bebida sagrada capaz de iluminar la mente humana. Se formularon las más diversas hipótesis y teorías, y yo, conjuntamente con unos amigos -con el señor Wasson y el señor Ruck- he formulado la hipótesis que tenía que haber una combinación del tipo de LSD que estaba contenida en esta bebida sagrada. Llegamos a esta conclusión por la razón siguiente: cerca de Eleusis, y en realidad en todo el ámbito del mediterráneo, crece entre la hierba salvaje un cornezuelo de centeno muy especial, y en este cornezuelo de centeno nosotros descubrimos sustancias -combinaciones muy cercanas a la LSD. En realidad sólo están caracterizadas por una variante química mínima, muy poco importante, y por consiguiente me parece probable que los sacerdotes de Eleusis fuesen recogiendo este cornezuelo de centeno; lo tenían muy cerca, no tenían mas que triturarlo, y es muy probable que sea ésta la sustancia que se mezclaba en la bebida sagrada para convertirla en una bebida completamente psicodélica. (del griego psico/psique, alma-mente-espíritu y delos, visible patente, por lo tanto, reveladora del alma, relativo a la manifestación de elementos psíquicos que en condiciones normales están ocultos.)
Por otra parte hemos dicho que la diosa Démeter era la diosa del grano, y esta es una razón de más por la que el principio activo de Eleusis posiblemente creciera del grano. Hasta ahora por parte del mundo de la ciencia todavía no ha habido ninguna voz de oposición en contra de esta teoría. Parece ser por consiguiente que esta hipótesis es más que probable.
Fernando S.D.: Fernando Savater, tu turno.
Fernando Savater: Bueno, en primer lugar, yo quisiera también, aunque sea un poco, unirse al coro de las justificadas alabanzas que estamos oyendo decir que e... para mí también es muy importante encontrarme aquí con el Dr. Hofmann, e... al que considero digamos un creador en el sentido de impulsor espiritual, de persona capaz de desarrollar energía espiritual, con el mismo título con que consideramos a los grandes poetas, a un Rimbaud, a un Hölderlin, que han hecho esa misma función, esa misma función de expandir la conciencia humana e... En una ocasión... hay una anécdota que no sé si alguna vez la habré contado a los oyentes aquí mismo: Stendhal paseaba con un amigo e... por Roma, pasó por San Pedro en el Vaticano, Stendhal elogiaba enormemente la cúpula famosa de San Pedro, y entonces el amigo, de un modo muy positivista, muy "pied à
terre" (con los pies en la tierra) dijo, "pero esto en el fondo para qué sirve", y Stendhal le contestó: "eso sirve para conmover el corazón humano". Bueno, yo creo que el corazón o el espíritu humano es un poco como los crecepelos -que hay que agitarlo antes de usarlo, hay que moverlo antes de usarlo; y el arte es uno de esos estimulantes que sirven para agitar el corazón humano y el Dr. Hofmann, también.Yo creo que le debemos uno de esos estimulantes para agitar y para utilizar el corazón humano, de los más importantes, de los más interesantes que este siglo ha visto. Mi pregunta se centraría en torno a una persona, para mí muy querida, que en mi adolescencia fue muy importante para mí -como lector- que es Aldous Huxley.
El Dr. Hofmann conoció bien a Huxley, incluso tuvo e... en fin, fue la persona que le proporcionó y que le introdujo, digamos, en el tema de la apertura de las puertas de percepción, a la cual Huxley dedicó tantas páginas importantes, y creo que finalmente incluso le asistió en el momento de su muerte, al final como... tal como Huxley quería. Me gustaría que si brevemente él pudiera contarnos algo de su relación con Huxley, yo se lo agradecería mucho.
Dr. Hofmann: A mí me impresionó profundamente Huxley. Tres años antes de su muerte, en 1960, Huxley me llamó por teléfono al laboratorio pidiéndome una entrevista y un almuerzo, a mí me alegró mucho esta invitación, porqué tenía conocimiento de sus obras "Las puertas de la percepción" y "Heaven and Hell" ("Cielo e infierno") y así efectivamente nos reunimos en Zurich, y él me contó que estaba trabajando en su novela "Island" ("La Isla"); y en esta novela, decía, se mencionaba una droga muy especial: en esta isla se describe cómo un entorno antiguo es impregnado por la tecnología moderna. Y en esta cultura hay una droga que juega un papel fundamental, la medicina moksha; se trata de la llamada medicina de la iluminación y esta medicina, en esta cultura utópica, es una medicina que se administra en tres ocasiones en la vida; la 1ª vez en el tránsito de la niñez a la pubertad, una 2ª vez en la crisis de la mediana edad, y finalmente poco antes de la muerte, esa, esta gran transición.
A continuación, cuando Huxley terminó su libro, me lo regaló y me lo dedicó. Escribió: al Dr. Hofmann al descubridor original de la Mokshametzina. Y efectivamente, Huxley, aquello que describió en su novela, es lo que él ha vivido en su propia vida. Cuando ya estaba en el lecho de muerte -no hay que olvidar que padeció un cáncer muy doloroso- ya no era capaz de hablar; pues en el lecho de muerte, como digo, escribió unas notas para que las leyera su mujer, indicando 0,1 miligramos de LSD-IM. Su mujer sabía lo que significaba; ella le preparó esta inyección y él murió en paz. Esta experiencia tenía algo de conmovedora, porque con este acto Huxley mostraba que lo que él había descrito en su obra como un literato, como filósofo, era algo que él estaba dispuesto a vivir en su propia vida.
domingo, 27 de abril de 2008
Cassavetes y el mar de La Plata
lunes, 14 de abril de 2008
Por la lectura y contra los cánones
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a una bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos?
No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
(Si estas de acuerdo, pásalo).
domingo, 13 de abril de 2008
Conozco a Miranda
Conocí a Miranda en una fiesta en casa de mi mejor amiga. Yo entonces era afán de sirena y había encontrado en una aquella brújula que perdí de niño en los ojos de Medusa. Era primavera para todos y hombres y mujeres reían en la terraza. Bebían líquidos espumosos y de colores. Fumaban plantas viejas que hacen reír. Podían reír sin ellas, pero era tarde de sirenas, brújulas locas y primavera. Mi amiga Silene miraba a su hombre con la distancia de quien recibe más heridas de las que necesita. Silene es delicada y tierna, estricta consigo y busca una perla que no sabe si perdió algún día. Silene tiene el poder del sabor y la delicadeza. De un vegetal moribundo, de unos granos de sal y unos cuencos de agua Silene construye naves que alimentan al corazón y a la memoria del paladar. Ese día, Silene lloraba sin notarse y nosotros, sus amigos, la consolábamos sin hacer ruido.
Llamaron a la puerta. Y salí a abrir. Medusa estaba descalza sentada en un sofá, con su voz de tiniebla seductora, con sus ojos de haber perdido un niño en un pantano.
Aparecieron tres mujeres detrás del timbre. Conocía a una de ellas. Ella no quería reconocerme. Las otras dos se movían como dos ninfas sensuales. Unos vestidos simples moldeaban sus cuerpos. Se parecían ambas. Entraron detrás de la mujer que conocía que ni me saludó. Reían demasiado, atropelladamente y juntas las dos mujeres sensuales. La risa de una de ellas me hizo sonreír, pero la voz de campana antigua de Medusa me hizo volver la cara.
-Tráeme una copa, cariño.
Me dirigí a la cocina a prepararle sus pócimas a Medusa. De esa manera podía dosificarle las cantidades. Yo era entonces afán de sirena y brújula encontrada, ya recuerdan. Así que dejé que la risa que acababa de entrar se perdiera en la terraza, donde reinaba el hombre de Silene. En la terraza sonaban carcajadas como en coches de choque. En el comedor, reíamos suave, al compás de esa tristeza de Silene que no se notaba. Sólo se notaba el estruendo seductor de Medusa y sus arcanos como una invocación al temblor.
Mientras Medusa leía las runas a Silene y ésta quería creer y encontrar bálsamo a su tristeza invisible, decidí entrar en la terraza. Volví a encontrarme con esas dos mujeres parecidas, que reían sin parar y enseñaban los dientes cada vez que lo hacían, ya un poco más libres ambas de la tercera mujer que no me saludaba.
-Hola, ¿alguien me presenta?
Así le dije a otro amigo común, Ramiro, antiguo compañero de crónicas escritas. Ramiro es desgarbado, casi una caricatura. Sabe convertirse en un dibujo animado para observar a la gente cuando no saben que nadie les mira. Tiene un zurrón donde guarda chistes que lanza a las conversaciones como un payaso lanza confeti en las fiestas infantiles.
-Aquí Ariel, escritor y periodista. Ella es Sara y ella…
-Miranda.
-Hola, encantado.
-Miranda es fotógrafa.
Miranda me miró por primera vez. Sin mirarme siquiera. Pero en ese pequeño fogonazo de sonrisa entre maléfica e infantil vi tres cosas en ella: sus ojos de gata, su voz Amadeus y una extraña energía que volaba a su alrededor invitándote a no separar la mano.
Miranda se dio la vuelta y siguió riendo con la chica tan parecida a ella. Eran hermanas, apuntó Ramiro antes de lanzar confetti. Apareció la mujer que no quería reconocerme y me dio la espalda. Disimulando, seguí hablando con la terraza antes de volver al redil de Medusa y Silene.
Me tiré toda la noche lanzando miradas a la terraza. Si Miranda entraba en nuestra guarida yo volvía la cabeza hacia Medusa. Medusa, con todo su poder para captar atracciones invisibles, no reparó en Miranda. Yo opté por no encender su alma de Medea. Unas horas después, Medusa y yo estábamos compartiendo saliva y manos. No recuerdo si recordé a Miranda el resto de la noche. No es importante. Ella ya había dejado su primer grano de trigo sin saberlo.
viernes, 4 de abril de 2008
Tres días sin Miranda
Sin Miranda en tres días de horizonte, antes de sucumbir y sin parar de sentirla, releo en la memoria de silicio la crónica de los primeros encuentros con ella. Tiempos donde ella no era más que una inicial, un secreto apenas compartido, un noselodigasanadiesimequieres. Vuelve a desesperezarse aquel tiempo de buscarla, de buscarme. Las señales. Los mensajes encriptados. Las playas abandonadas. Las ruinas. Los aguaceros. La clandestinidad. Las confesiones. Las cáscaras de mandarina. El olor de la especia. La saliva y su boca grande y fresca, sonriendo. Su espalda desnuda y su piel. Su voz de armonio. Su risa y sus ojos de gata. Sus ausencias y apariciones de madrugada. Las llaves de mi casa que le di al segundo día de conocerla. Las manos nuestras, que daban calor de planeta naciendo y sanaban. Sus cuadernos. Sus amores. Los míos. Los hilos enredados. La determinación, la resolución, las dudas, el dolor, el arrebato, la decisión, el color violeta, el palimpsesto en la arena de la playa, la confesión, la pérdida, el miedo y el silencio, el valor. La ruptura de la maldición, la confianza, sus camisas en mi armario, sus caricias en mi almario, el bote de pintura blanca con el que cegó huellas antiguas sobre mi cama... La entrega, la energía haciendo signos de infinito de un pecho a otro, su belleza sin remisión, su mirada enamorada, los rostros de ambos, como espejos multiplicándose, la necesidad de construir, el viaje a la luz, la música de Alasdair Fraser y Natalie Haas para desayunarse, el buenos días, amor, su risa iluminada, su ahora me siento libre, el compromiso, el matrimonio del cielo y del infierno.
Ahora, la ausencia duele y gusta. Es echar de menos compartido. Dos drogadictos conscientes de su adicción, manteniéndola a raya, sabiendo que no tendrán opio para el fin de semana. Dos amantes pidiéndose garantías, atándose al palo mayor de las promesas. Alimentando y encadenando al animal de los celos.
Busco entre los antiguos correos que mandaba a diario a una amiga que sueña en verso, palabras ajenas que le mandé hace meses, cuando Miranda empezaba a convertirse en una presencia que lo iba arrasando, dulcemente, todo. De ese relato diario, ahora tan precioso, dos poemas. El primero es de Yannis Ritsos. El segundo de Raymond Carver. Ambos poetas son imprescindibles.
Debajo del olvido
Lo único concreto que quedó de él, fue su chaqueta.
La colgaron allí, en el gran armario. Fue olvidada,
apretada en el fondo por nuestras ropas, de verano, de invierno,
cada año, nuevas para nuestras necesidades.
Hasta que un día
nos llamó la atención, puede que por su extraño
color,
puede que por el corte pasado de moda. Encima
de sus botones,
quedaban tres paisajes circulares de forma parecida:
el muro de la ejecución con cuatro agujeros, y
en torno, nuestro remordimiento.
ÚLTIMO FRAGMENTO
¿Y conseguiste lo que querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado,
sentirme amado en la tierra.
martes, 1 de abril de 2008
Cuentos
Por las noches, cuando nos acurrucamos, cerca el uno del otro gracias a la piel o a los hilos de cobre, Miranda y yo nos contamos cuentos. Nos gusta que nos cuenten cuentos y leerlos. Nos gusta cómo suenan nuestras voces y parece que los hemos escrito nosotros.
Un día Miranda es Italo Calvino. Otro día es el hombre de la máquina del tiempo. Otro día soy yo un viejo poeta griego. O un escritor uruguayo que cuenta los abrazos. Hasta nosotros mismos hemos sido. Y anónimos también fuimos una noche que nos gustó no tener nombre siquiera.
No vamos a mentir. Ni Miranda ni yo nos hemos entregado a otros seres por primera vez. Hemos amado y nos han amado. Y se nota. Pero ahora, y como suele suceder y así dicen los cuentos, sentimos que todo es distinto y tienen las cosas un brillo especial. Y son bellas y distintas nuestras voces como nunca han sido. Y son en verdad distintas y bellas, porque es la primera vez que Miranda y yo nos encontramos. Es la primera vez que Miranda y yo nos contamos cuentos cada noche.
-Un hombre que me amó mucho me decía con cierta sorna y reproche que yo lo que buscaba era alguien que me contara cuentos. Y ahora que lo he encontrado pienso que tenía razón.
Miranda, lo dice y sonríe. Y se acurruca a mi lado aunque esté a 50 kilómetros, aunque esté colmándome la piel. Entonces yo empiezo a contar cuentos. Y siento que están hechos para Miranda. Y voy leyendo, despacito y grave, historias de luciérnagas que se ganaban la vida como luces de semáforo en reinos sin electricidad. O historias de niñas que pintaban sus faldas en el colegio con poemas en rotulador rojo. O versos de mujeres que odian la mentira. O sentencias de hombres que coronaron el himalaya de su alma desnuda. Y escucho a Miranda suspirar profundo mientras se sumerge en el sueño. Y le digo entonces en susurros antes de decirle adios lo mucho que la quiero y le pinto el colorín del colorado, y del malva y de los pocos colores que me sé de verdad.
Y así, cuando la oigo dormir, cierro sus ojos en las tapas del libro y leo nuestros nombres firmar todas las historias. Siempre es el mismo libro: Cuentos para Miranda, la mujer que sabe contar y escuchar.





